La otra cara de vivir más años en México

Don Roberto tiene 68 años. Trabajó durante cuatro décadas en la construcción, cotizó al IMSS como tantos otros mexicanos, y hoy se enfrenta a una realidad incómoda: su pensión no alcanza para sus medicinas, menos aún para los cuidados que pronto necesitará. Su historia no es excepcional; es la radiografía de millones de mexicanos que están experimentando una transformación demográfica silenciosa pero irreversible.

México está envejeciendo más rápido de lo que imaginábamos. Mientras en 1970 apenas el 5% de la población superaba los 60 años, hoy esa cifra se aproxima al 13% y las proyecciones indican que para 2050 uno de cada cuatro mexicanos será adulto mayor. Este cambio, que debería celebrarse como un logro de la medicina y mejores condiciones de vida, está generando una crisis silenciosa que toca todos los órdenes de la vida nacional.

El sistema de pensiones: un castillo de naipes

Nuestro sistema de pensiones fue diseñado para otra época. Cuando se creó el IMSS en 1943, la esperanza de vida en México rondaba los 37 años. Los actuarios calculaban que pocos llegarían a los 65. Hoy, quienes alcanzan esa edad tienen una expectativa de vivir 20 años más. Las cuentas que funcionaban entonces simplemente no cierran.

El Instituto Mexicano del Seguro Social enfrenta un dilema fiscal que afecta a toda la población económicamente activa. Hay menos trabajadores cotizando por cada jubilado, las pensiones se erosionan por inflación, y el fondo de reserva se agota año tras año. Mientras tanto, millones de mexicanos informales nunca cotizaron, condenados a llegar a la vejez sin red de contención alguna.

En América Latina, el problema es común pero las respuestas varían. Chile experimentó el colapso de su sistema privado de pensiones, lo que provocó protestas masivas hace apenas cuatro años. Uruguay, en cambio, invirtió temprano en su sistema público. México aún está a tiempo de aprender de estos ejemplos, pero el tiempo se agota.

Salud: el costo invisible del envejecimiento

A mayor edad, mayor gasto en medicinas. Enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y Alzheimer requieren tratamientos costosos y prolongados. Los sistemas públicos de salud, ya saturados, deberán triplicar su capacidad para atender a esta población. Las farmacias se llenan de ancianos sin dinero. Los hospitales atienden a adultos mayores con enfermedades que los mantienen en camas meses enteros.

Las mujeres, como siempre, cargan desproporcionadamente con esta tarea. Son ellas quienes cuidan a sus padres, abuelos y suegros, frecuentemente sacrificando empleos y oportunidades. El cuidado de adultos mayores en México sigue siendo fundamentalmente trabajo no remunerado, invisible en las estadísticas económicas pero absolutamente central en la sobrevivencia de millones de familias.

El mercado laboral en transformación

Menos jóvenes significa menos demanda de ciertos productos y servicios, pero explosiva demanda en otros. La construcción de vivienda se verá afectada. Pero surgirán empleos en geriatría, cuidado domiciliario, y servicios especializados. El problema es que estos empleos, mal pagados frecuentemente, no compensan la pérdida de dinamismo en otros sectores.

Las empresas mexicanas comienzan a enfrentar jubilaciones masivas de empleados experimentados, junto con una menor entrada de trabajadores jóvenes. En algunos municipios rurales, la emigración de jóvenes ha dejado comunidades enteras pobladas por ancianos sin sustento económico suficiente.

Un futuro que exige decisiones urgentes

La transformación demográfica de México no es un fenómeno del futuro; ya está aquí. Requiere decisiones valientes: reformar urgentemente el sistema de pensiones, invertir en infraestructura de salud gerontológica, reconocer y apoyar el trabajo de cuidados, y crear oportunidades laborales para trabajadores mayores que deseen permanecer activos.

Envejecer dignamente debería ser un derecho, no un privilegio de los ricos. El México que está por venir dependerá de las decisiones que tomen hoy sus gobernantes, sus empresarios y la sociedad civil. Porque vivir más años no debería ser una condena a la precariedad, sino la oportunidad de cosechar una vida bien vivida.

Información basada en reportes de: El Financiero