Cuando Lowan Stewart comenzó a promover el uso de ketamina como tratamiento para la depresión en los servicios de salud de Noruega, pocos lo tomaron en serio. Tras 17 años trabajando como médico de emergencias, tenía la experiencia clínica, pero enfrentó escepticismo. Sin embargo, su persistencia logró lo que parecía imposible: que un país escandinavo financiara públicamente una terapia que muchos aún consideran experimental o marginal.

¿Qué es la ketamina y por qué despierta interés médico?

La ketamina es una sustancia anestésica que, desde hace décadas, se utiliza en quirófanos y servicios de emergencia. Lo revolucionario en los últimos años ha sido el descubrimiento de que, en dosis muy controladas e inferiores a las utilizadas como anestésico, puede tener efectos significativos en pacientes con depresión resistente al tratamiento convencional.

Esta ketamina contra depresión funciona a través de mecanismos distintos a los antidepresivos tradicionales. Mientras que medicamentos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) pueden tardar semanas en mostrar efectos, algunos estudios sugieren que la ketamina puede generar cambios en el estado de ánimo en horas o días. Para personas con depresión severa o ideación suicida, esta rapidez puede ser determinante.

La investigación en centros académicos de distintos países, incluyendo Estados Unidos, ha documentado efectos prometedores en pacientes que no respondieron a otros tratamientos. Organizaciones como la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense han aprobado formulaciones específicas de ketamina para este propósito, aunque el acceso sigue siendo limitado.

Ketamina contra depresión: la batalla de Stewart en Noruega

Stewart no fue el primero en investigar esta posibilidad. Sin embargo, su rol fue traducir hallazgos científicos internacionales en una política pública financiada. Durante años trabajó simultáneamente como médico de emergencias y como gestor dentro del sistema sanitario noruego, acumulando datos y experiencias clínicas propias que le permitieron argumentar que esta terapia no era una fantasía médica, sino una herramienta necesaria para pacientes con opciones limitadas.

El camino no fue lineal. Stewart describe cómo sus colegas y administradores lo trataron inicialmente como un visionario demasiado optimista o, en sus propias palabras, como alguien que «estaba loco». Esto refleja un patrón común en la medicina: las innovaciones que desafían el statu quo enfrentan resistencia inicial, incluso cuando tienen bases científicas sólidas.

Lo que distingue a Noruega es que, eventualmente, su sistema de salud decidió escuchar. El país incorporó la ketamina como opción terapéutica financiada, un paso que implica no solo autorización clínica, sino convicción institucional sobre su efectividad y seguridad.

¿Qué significa esta terapia para México y América Latina?

En México, la depresión es un problema de salud pública significativo. Según datos del Instituto Nacional de Psiquiatría, la depresión afecta a millones de mexicanos, y solo una fracción recibe tratamiento. Entre quienes lo reciben, muchos no responden adecuadamente a los antidepresivos disponibles, quedando en una situación de vulnerabilidad especial.

El acceso a ketamina contra depresión en México es actualmente muy limitado. Algunos centros privados ofrecen la terapia, pero representa un costo prohibitivo para la mayoría. El sistema de salud público aún no ha institucionalizado esta opción, aunque hay grupos de investigadores mexicanos interesados en el tema.

El ejemplo noruego sugiere una ruta posible: cuando hay evidencia clínica convincente y defensores dentro del sistema de salud dispuestos a hacer el trabajo de advocacy, es posible cambiar políticas. Esto no significa que ketamina sea una solución mágica ni que deba reemplazar otros tratamientos, pero sí indica que México podría beneficiarse de explorar opciones para pacientes con depresión grave refractaria.

¿Cuáles son los desafíos pendientes?

Aunque Stewart logró que Noruega financiara la ketamina contra depresión, esto no resuelve todos los interrogantes. La terapia requiere supervisión médica cercana, múltiples sesiones, y no funciona para todos. Algunos pacientes experimentan efectos secundarios. Además, la investigación sigue siendo activa: se desconocen los mecanismos exactos de acción, la duración óptima del tratamiento, y cómo identificar quiénes son los candidatos más adecuados.

En América Latina, los desafíos son aún mayores. Más allá de la aprobación regulatoria, existe el reto de capacitar profesionales, establecer protocolos de seguridad, integrar la terapia en contextos donde ya hay escasez de recursos para salud mental, y asegurar que el acceso no sea exclusivamente para quienes tienen capacidad de pago privada.

La historia de Lowan Stewart en Noruega es, en esencia, una sobre cambio institucional. Muestra que la medicina progresa no solo porque surjan descubrimientos científicos, sino porque hay personas dentro del sistema dispuestas a cuestionar lo establecido, presentar evidencia, y persistir frente al escepticismo inicial.

Para México y la región, la pregunta relevante es si tenemos médicos y gestores dispuestos a jugar ese rol con respecto a la depresión y otras condiciones de salud mental. Porque, mientras Noruega ya ofrece ketamina a sus ciudadanos, en América Latina millones de personas siguen sin acceso a tratamientos efectivos simplemente porque nadie se atrevió a plantear que eran posibles.

Información basada en reportes de: Eldiario.es