México en la carrera económica: ¿por qué se queda atrás?

Si comparamos el desempeño económico de México con el de sus principales socios comerciales en los últimos años, la fotografía no es alentadora. Mientras Estados Unidos, Canadá y otras naciones latinoamericanas han logrado recuperarse y crecer con mayor dinamismo después de la pandemia, México enfrenta un crecimiento acumulado proyectado de apenas 7 por ciento hasta 2026. Esta cifra posiciona al país como el de menor expansión económica en todo el continente americano desde 2019.

¿Qué significa esto para tu bolsillo? Un crecimiento económico lento se traduce en menos empleos, salarios que no avanzan al ritmo de la inflación, y menos recursos para inversión en servicios públicos como educación y salud. Cuando la economía no crece, el pastel se queda del mismo tamaño: no hay para repartir más.

El contexto latinoamericano: una región que avanza a ritmos distintos

América Latina ha experimentado una recuperación desigual tras la crisis sanitaria. Mientras algunos países logran tasas de crecimiento acumulado del 15, 18 o incluso 20 por ciento en el mismo período, México se mantiene rezagado. Esta brecha no es trivial: representa la diferencia entre economías que generan oportunidades y aquellas que luchan por mantener el ritmo.

El análisis económico reciente señala un fenómeno paradójico en la región: políticas de gasto público expansionista que, lejos de fortalecer el crecimiento, terminan alimentando dinámicas inflacionarias y debilitando la confianza empresarial. Esto crea un círculo vicioso donde, paradójicamente, el debilitamiento institucional termina favoreciendo los mecanismos de mercado menos regulados.

¿Qué frena el motor económico mexicano?

Los economistas identifican varios factores críticos. Primero, la volatilidad política y la incertidumbre sobre las políticas económicas desalienta la inversión privada tanto nacional como extranjera. Las empresas necesitan saber cuál será el marco regulatorio en los próximos años para comprometer recursos.

Segundo, la inversión en infraestructura y educación ha sido insuficiente. Otros países de la región han priorizado estos rubros, aumentando la productividad de sus trabajadores. México se queda rezagado en este aspecto crucial.

Tercero, la economía informal representa casi el 60 por ciento del empleo en México. Esta característica reduce los ingresos fiscales y limita la capacidad del Estado para invertir en servicios que impulsen el crecimiento de largo plazo.

El impacto en la vida diaria de los mexicanos

Un crecimiento económico tan modesto tiene consecuencias tangibles. Los salarios reales —lo que realmente puedes comprar con tu dinero— han crecido poco o nada en muchos sectores. El desempleo estructural persiste, particularmente entre jóvenes. Y aunque la inflación ha bajado desde sus máximos de 2022, la capacidad adquisitiva de las familias de clase media y baja sigue siendo frágil.

Las pequeñas y medianas empresas, que son el corazón del empleo en México, reportan que la demanda interna es débil. Cuando la gente no tiene confianza en sus ingresos futuros, reduce el consumo, lo que a su vez desalienta la inversión empresarial.

¿Hay salida?

Los expertos coinciden en que México necesita atacar los problemas estructurales: mejorar la calidad de la educación, invertir en infraestructura moderna, fortalecer las instituciones y crear un ambiente predecible para los inversionistas. Sin estas reformas, el país seguirá siendo el rezagado de la clase.

La buena noticia es que estos cambios están al alcance. Requieren decisión política y horizonte de largo plazo, pero son posibles. Otros países de la región lo han logrado. México tiene el tamaño, los recursos naturales y la población para hacerlo también.

Información basada en reportes de: El Financiero