México: cuando los números ocultan el miedo cotidiano de millones

Las cifras de homicidios en México comienzan a mostrar un descenso. Es el dato que circula en los reportes oficiales, en las conferencias de prensa presidenciales, en los análisis de seguridad que llegan a las portadas. Pero detrás de esos números —que sin duda representan vidas salvadas— existe una realidad más compleja y perturbadora que no aparece en los boletines de prensa: millones de mexicanos viven bajo un régimen de terror cotidiano que va más allá de la estadística de muertes.

La actual estrategia de seguridad ha logrado algo que parecía imposible hace algunos años: frenar la escalada de asesinatos. Pero este logro parcial ha dejado visible un problema que siempre estuvo ahí, acechando en la sombra: la violencia se ha transformado, no ha desaparecido. Se ha adaptado. Ahora toma formas más sutiles pero igualmente devastadoras: llamadas de extorsionadores, desapariciones que dejan familias destrozadas, un miedo que no aparece en las morgues pero que habita en cada hogar.

La otra cara de la violencia: lo que no se cuenta en las ruedas de prensa

En ciudades como Monterrey, Guadalajara y zonas del Estado de México, comerciantes pequeños reciben llamadas amenazantes cada semana. Taxistas y transportistas pagan cuotas invisibles. Padres de familia no dejan que sus hijos salgan solos. Esta es la violencia que no mata en el sentido tradicional, pero que mata la libertad, la dignidad, la posibilidad de construir un futuro sin angustia.

La extorsión se ha convertido en un negocio prácticamente industrial en varias regiones. No discrimina. Toca al comerciante formal, al vendedor ambulante, al dueño de negocio pequeño. Es un impuesto de terror que cobra quien tiene poder de fuego, y que destruye economías locales, desalienta emprendimientos y obliga a miles a abandonar sus comunidades buscando seguridad en otras ciudades o, en muchos casos, fuera del país.

Las desapariciones forzadas, por su parte, son quizás la herida más profunda. Familias completas quedan suspendidas en la incertidumbre. No hay cuerpo que velar, no hay cierre. Solo preguntas sin respuesta, noches de insomnio y una búsqueda que nunca termina. Colectivos de madres y esposas de desaparecidos recorren fosas clandestinas, excavando ellas mismas porque el Estado no lo hace con la urgencia que merece.

El dilema de una estrategia incompleta

La administración actual ha apostado por un enfoque diferente al de los años anteriores: menos confrontación directa, mayor énfasis en la prevención y en reducir el reclutamiento. Y los resultados en homicidios son medibles. Pero una estrategia que solo mira hacia un indicador es, por definición, una estrategia ciega.

Combatir homicidios sin combatir extorsión es como tratar la fiebre sin diagnosticar la infección. Puedes bajar la temperatura, pero el paciente sigue enfermo. Las redes criminales que extorsionan son las mismas que desaparecen personas. El crimen organizado no es una estructura vertical con departamentos separados; es un ecosistema donde todas las formas de violencia se alimentan mutuamente.

La coordinación federal-estatal: el eslabón faltante

Un obstáculo crucial que persiste es la falta de coordinación real entre el gobierno federal y las entidades estatales. La seguridad en México requiere que policías, fiscalías y autoridades trabajen de manera integrada, compartiendo información, recursos y estrategias. Pero en la práctica, muchos estados actúan como islas, con sus propias dinámicas, sus propios acuerdos implícitos con grupos criminales, sus propias limitaciones presupuestarias.

Esta fragmentación deja grietas por donde se cuela la impunidad. Un criminal puede huir de una jurisdicción a otra y encontrar refugio. Investigaciones que avanzan en un estado se truncan cuando el sospechoso cruza fronteras administrativas. Los recursos que llegan desde la federación no siempre se usan de manera eficiente porque no hay una verdadera sinergia en el trabajo operativo.

Aprendizajes desde la región

Otros países de América Latina han enfrentado dilemas similares. Colombia, por ejemplo, después de décadas de violencia extrema, aprendió que la solución no viene solo de números de detenidos o incautaciones, sino de atacar simultáneamente múltiples frentes: financiamiento del crimen, reclutamiento, extorsión, desapariciones. Requiere coordinación, inteligencia compartida y, fundamentalmente, presencia estatal en territorios donde el crimen tiene control.

El Salvador ha tomado un camino más controversial pero igualmente revelador: que la violencia solo se controla cuando el Estado recupera monopolio territorial. Esto no significa que sea el modelo a seguir, pero sí ilustra que ningún país ha resuelto este problema enfocándose en una sola manifestación de la violencia.

Lo que falta en la conversación

Mientras celebramos la reducción de homicidios, necesitamos hacer preguntas incómodas: ¿Cuántas personas están siendo extorsionadas? ¿Cuántas desapariciones se registran realmente? ¿Por qué las cifras oscilares dependiendo de quién las reporte? ¿Cuántas comunidades están bajo control territorial de grupos criminales?

Necesitamos que el debate público incluya las voces de quienes viven esta violencia invisible. Las asociaciones de comerciantes, los colectivos de búsqueda, las comunidades indígenas y campesinas que pagan cuotas a grupos criminales, los transportistas que trabajan con miedo, los padres que no duermen tranquilos.

Un camino más largo que lo que muestran las estadísticas

La seguridad en México no se resuelve con una sola estrategia, ni se mide con un solo indicador. Reducir homicidios es importante, es un avance real que salvó vidas. Pero es solo el primer escalón de una escalera mucho más larga. Los mexicanos no solo necesitan que no los maten; necesitan vivir sin miedo, sin pagar tributos a criminales, sin perder a sus seres queridos en desapariciones.

Para eso, el Estado necesita una estrategia integral que ataque simultáneamente todas las formas de violencia, que coordine realmente entre niveles de gobierno, que invierta en inteligencia criminal y en recuperación territorial, que atienda las causas profundas que alimentan el crimen: desigualdad, falta de oportunidades, presencia estatal débil en comunidades olvidadas.

Los números son importantes. Pero no son la historia completa. La historia completa es la de millones de mexicanos que siguen viviendo bajo acecho, esperando un verdadero cambio que vaya más allá de las estadísticas.

Información basada en reportes de: Latercera.com