Cuando la educación trasciende los números: la otra cara de PISA en México
La prueba PISA, ese examen internacional que cada tres años genera expectativa y desazón en las secretarías de educación de América Latina, vuelve a colocar a México en la mira pública. Pero esta vez, desde las aulas de municipios como Nezahualcóyotl, surge una voz diferente: la de maestros y maestras que cuestionan si realmente estos números capturan lo esencial de lo que ocurre en las escuelas.
«Aquí hay un hogar», dice con orgullo una docente de esta demarcación del Estado de México. Y esa frase, simple pero profunda, abre una puerta a una reflexión que los indicadores internacionales rara vez visibilizan: ¿qué significa educar en contextos de vulnerabilidad social? ¿Cómo se mide el éxito cuando los estudiantes llegan a clases sin desayunar, cuando hay violencia en las calles, cuando la precariedad toca a las puertas de cada hogar?
PISA y sus limitaciones: una conversación pendiente
Desde hace dos décadas, el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) se ha convertido en una especie de brújula global para definir la calidad educativa. Países enteros reformulan sus currículos, gobiernos presionan a escuelas y docentes, y se destinan recursos según estos resultados. En México, donde el sistema educativo enfrenta desafíos estructurales como financiamiento insuficiente, infraestructura deficiente y contextos de marginalidad, estas pruebas suelen generar culpa entre los maestros sin cuestionar las raíces del problema.
Lo que los reportes de PISA no cuentan es que en muchas escuelas mexicanas, especialmente en zonas periféricas, los maestros funcionan como trabajadores sociales, psicólogos improvisados y hasta nutricionistas. Atienden a menores que viven en orfandades económicas, que han presenciado violencia, que cargan traumas silenciosos. En esos contextos, lograr que un estudiante asista regularmente a clases es ya un acto de resistencia educativa.
La pedagogía del acompañamiento comunitario
La maestra de Nezahualcóyotl habla de algo que trasciende métricas: de un trabajo colaborativo, «hombro con hombro», donde docentes y comunidades se reconocen como aliados. Este enfoque rompe con la idea de que la educación es un asunto únicamente escolar, encerrado entre muros y calificaciones.
En municipios densamente poblados como Nezahualcóyotl, donde conviven realidades contradictorias —esfuerzo y precariedad, creatividad y limitaciones—, algunos maestros han entendido que el verdadero aprendizaje ocurre cuando existe una red de contención. Cuando padres, vecinos, autoridades locales y docentes reconocen que la educación es una tarea colectiva.
Esta visión conecta con movimientos pedagógicos latinoamericanos que, desde Paulo Freire, han cuestionado el modelo de educación bancaria donde se depositan conocimientos sin considerar la realidad vivida de los estudiantes. La pedagogía crítica y comunitaria busca justamente lo opuesto: partir de los saberes, experiencias y luchas de las comunidades.
¿Qué miden realmente las pruebas internacionales?
Es crucial preguntarse qué queda fuera cuando se reduce la educación a competencias en lectura, matemáticas y ciencias. PISA no mide creatividad comunitaria, resiliencia ante adversidades, capacidad de organización colectiva, ni el compromiso de un maestro que permanece en su escuela a pesar de salarios insuficientes y reconocimiento limitado.
En contextos de desigualdad profunda como los que caracterizan a México, estas pruebas pueden convertirse en instrumentos de culpabilización hacia docentes y estudiantes, sin considerar que la brecha de aprendizaje es también —y fundamentalmente— una brecha de acceso a recursos básicos.
Historias que PISA no captura
En Nezahualcóyotl y en miles de escuelas mexicanas similares, ocurren transformaciones cotidianas que nunca aparecerán en un reporte internacional. Estudiantes que descubren en la escuela un espacio seguro. Maestros que median conflictos barriales a través de proyectos escolares. Comunidades que se fortalecen porque sus hijos están aprendiendo a leer críticamente.
Estos hallazgos —otros hallazgos, como sugiere el título original— merecen ser visibilizados con la misma urgencia con que se publican los rankings de PISA. Porque la verdadera medida de una educación transformadora no es solamente académica, sino humana, comunitaria, política.
Hacia una educación que reconozca realidades
No se trata de descartar evaluaciones internacionales, sino de complejizar la lectura que hacemos de ellas. México necesita diagnósticos claros sobre qué está fallando en educación, pero también necesita sistemas de reconocimiento para lo que está funcionando: para maestros que enseñan con pasión en contextos difíciles, para comunidades que se apropian de sus procesos educativos, para estudiantes que aprenden resiliencia además de matemáticas.
La pregunta que deja esa maestra de Nezahualcóyotl es provocadora: ¿en qué tipo de educación queremos invertir? ¿En la que produce números comparables internacionalmente, o en la que construye hogares, sostiene esperanzas y transforma realidades locales?
Quizás ambas sean posibles. Pero mientras eso ocurre, vale la pena escuchar a quienes están en primera línea, trabajando no por resultados de pruebas, sino por el futuro concreto de sus estudiantes y sus barrios.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx


