El grito latinoamericano por energía en la ONU: por qué importa para México

Mientras el mundo enfoca su atención en crisis geopolíticas inmediatas, una voz desde Latinoamérica ha resonado en los pasillos de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas con un mensaje que toca el núcleo del desarrollo regional: la urgencia de fortalecer las infraestructuras energéticas. Esta intervención ante casi 190 países representa algo más que un reclamo diplomático; es un diagnóstico de una región que enfrenta el dilema de crecer sin energía suficiente y confiable.

Para México, esta conversación global cobra relevancia inmediata. El país es parte de una región que ha estado históricamente subordinada en las cadenas globales de valor, en buena medida porque sus infraestructuras no han permitido sostener operaciones industriales de envergadura, garantizar conectividad digital masiva o proveer servicios básicos como agua potable sin interrupciones. El mensaje elevado en la ONU pone sobre la mesa un problema que mexicanos y latinoamericanos viven a diario: sin energía confiable, las economías locales quedan atrapadas en una trampa de bajo desarrollo.

El triángulo energía-agua-digitalización

La intervención en Naciones Unidas conecta tres desafíos que están profundamente interconectados en la realidad latinoamericana. La energía no es solo electricidad para los hogares; es el motor que mueve bombas de agua en zonas rurales, que alimenta los servidores de internet en ciudades, que impulsa las plantas de manufactura que podrían competir globalmente. En México, aproximadamente 3 millones de personas aún carecen de acceso a electricidad confiable, cifra que se multiplica cuando se considera la calidad y estabilidad del suministro.

El nexo agua-energía es particularmente crítico. En contextos de cambio climático y creciente presión hídrica, bombear, purificar y distribuir agua requiere energía sostenible. América Latina concentra el 32% de los recursos hídricos mundiales, pero paradójicamente muchas comunidades sufren escasez. Una infraestructura energética débil complica enormemente la solución de este acertijo. Para México, que enfrenta sequías en el norte y contaminación hídrica en centros urbanos, esta conexión es urgente.

Digitalización como factor de competitividad

La tercera pata del triángulo—la digitalización—ha dejado a Latinoamérica rezagada en la economía global del siglo XXI. Sin energía estable y abundante, no hay data centers, no hay computación en la nube masiva, no hay Internet de las Cosas que permita a pequeñas empresas integrarse a mercados globales. México, con su geografía favorable para el nearshoring y su proximidad con Estados Unidos, tiene un potencial digital que permanece semicapturado por limitaciones en infraestructura energética.

El dilema de la financiación

El llamado diplomático de Enrique Riquelme en la ONU toca una realidad incómoda: los gobiernos latinoamericanos, México incluido, no pueden financiar por sí solos la transformación energética que necesitan. Se requiere cooperación internacional, pero también una pregunta más profunda: ¿bajo qué términos? La experiencia histórica de la región con deuda externa y condicionalidades genera desconfianza legítima. Latinoamérica necesita no solo dinero, sino esquemas de financiación que no reproduzcan dependencias, que respeten soberanía energética y que reconozcan el rol de estas economías en la mitigación del cambio climático.

Contexto global que explica el reclamo

Este mensaje en la ONU no surge en el vacío. Los precios de la energía se han volatilizado tras la guerra en Ucrania, los combustibles fósiles enfrentan presión política por cambio climático, y los fondos verdes globales están concentrados en pocas manos. Mientras tanto, China e India avanzan en infraestructuras energéticas masivas. Latinoamérica, con menor poder de negociación, ve cómo la brecha se amplía.

Implicaciones para México

Para el país azteca, este debate se conecta directamente con decisiones internas sobre reforma energética, rol de energías renovables, participación privada en infraestructura, y posicionamiento en negociaciones internacionales. Una América Latina con infraestructuras energéticas robustas sería un México con más oportunidades de atracción de inversión, generación de empleo y reducción de vulnerabilidades.

El reclamo en la ONU es, en esencia, una demanda por justicia en desarrollo. No es sensacionalismo ni populismo: es la expresión de una realidad que millones enfrentan diariamente cuando sus hospitales se quedan sin luz, sus escuelas no tienen internet, o sus empresas no pueden expandir porque no hay energía. El mundo debe escuchar, y México debe asegurarse de que esta voz sirva para traducirse en políticas reales.

Información basada en reportes de: Elconfidencial.com