Cuando el miedo se convierte en moneda de cambio
Diego Luna ha aprendido, a lo largo de una carrera que alterna el cine con la reflexión política, que existen ciertos temas que trascienden las fronteras nacionales. La xenofobia es uno de ellos. En el contexto de la presentación de su película Ceniza en la boca en festivales internacionales, el cineasta mexicano ha vuelto a plantear una pregunta incómoda que recorre el continente americano y buena parte del mundo: ¿cuándo la construcción del odio hacia los migrantes dejó de ser un sentimiento espontáneo para convertirse en una estrategia comercial?
La participación de Luna en la 74 edición del Festival de San Sebastián no es un evento menor. Es la oportunidad de llevar una perspectiva latinoamericana a un espacio europeo donde estas tensiones también bullen bajo la superficie. Y es desde esa plataforma donde el director ha elegido alzar la voz sobre algo que observa con preocupación: la normalización de discursos que estigmatizan a quienes buscan mejores condiciones de vida cruzando fronteras.
El ecosistema del miedo como producto
Lo que Luna señala va más allá de la xenofobia clásica. Identifica un sistema donde el miedo opera como instrumento de lucro político y mediático. En tiempos de fragmentación informativa y redes sociales, estos discursos encuentran terreno fértil. Se amplifican, se monetizan a través de clicks, se convierten en votos. Los políticos que los articulan ganan poder; los medios que los difunden, audiencia; los algoritmos que los distribuyen, datos valiosos.
Desde México, un país que experimenta tanto la migración interna como la internacional, Luna observa cómo estas narrativas se propagan incluso entre quienes también son víctimas de dinámicas migratorias. El fenómeno no es nuevo, pero su velocidad y alcance sí lo son. Hace una década, estos discursos tenían canales limitados. Hoy proliferan, se hibridan, encuentran nuevas formas de expresión.
La película como espejo incómodo
Ceniza en la boca emerge en este contexto como un acto de resistencia artística. Sin que sea necesario conocer los detalles específicos de su trama, la presencia de Luna en San Sebastián sugiere una intención clara: narrar historias que pongan rostro humano a quienes la retórica política deshumaniza. El cine tiene esa capacidad única de generar empatía donde el discurso construye indiferencia.
El cineasta entiende que no basta con señalar el problema. La cultura, en este sentido, debe ofrecer alternativas narrativas. Si el miedo vende historias de invasión y caos, el arte puede contar historias de complejidad, de dignidad, de la búsqueda universal por vivir sin violencia.
Una advertencia desde el continente americano
Lo que distingue la voz de Luna es que no proviene de la comodidad europea. México vive la migración de manera visceral: como país de origen, de tránsito y de destino. Sus ciudadanos migran hacia el norte buscando oportunidades; centroamericanos transitan por su territorio hacia Estados Unidos; migrantes de todo el mundo llegan a sus ciudades. Esta complejidad da autoridad moral a sus palabras.
Su advertencia sobre la rentabilidad del odio es particularmente relevante en un momento donde el discurso antimigrante ha dejado de ser marginal para ocupar espacios de poder. En América Latina, donde millones dependen de remesas enviadas por familiares en el extranjero, esta contradicción es aún más aguda.
El rol del artista en tiempos de polarización
Hay una responsabilidad que asume Luna al hablar en estas plataformas internacionales. No como un activista que denuncia desde fuera, sino como un creador que comprende que su trabajo es parte del tejido cultural que moldea percepciones. Si los discursos de odio tienen capacidad viral, también la tienen las historias de humanidad bien contadas.
La presentación de su película en cines coincide con esta intervención pública. Es una estrategia coherente: no solo hablar sobre el problema, sino ofrecer un producto cultural que invite a pensarlo de otra manera. En un ecosistema donde el miedo es rentable, la empatía es un acto revolucionario.
Mientras el mundo discute sobre fronteras, soberanía y seguridad, creadores como Luna nos recuerdan que detrás de cada número, cada estadística de migración, hay historias que el cine puede rescatar de la frialdad de los debates políticos. Esa es su apuesta: transformar el lugar del miedo en el lugar de la comprensión.
Información basada en reportes de: Europapress.es


