Diego Luna: cuando el cine se atreve a nombrar lo que duele

Hay momentos en la historia cultural de un país donde ciertos creadores se atreven a sostener un espejo incómodo. Diego Luna, con su trayectoria de director y activista visual, ha decidido hacerlo nuevamente. En vísperas del estreno de su más reciente film, vuelve a poner sobre la mesa un debate que América Latina no puede eludir: cómo hemos permitido que el miedo a lo desconocido se transmute en narrativas de odio.

La película que presenta estos días en las salas de cine, seleccionada para competir en el Festival de San Sebastián, no es un gesto menor. En tiempos donde los discursos más crudos encuentran amplificación en redes sociales y espacios públicos, cuando políticos construyen plataformas sobre la angustia económica de las poblaciones, un filme que cuestione estas dinámicas representa algo más que entretenimiento: es un acto de responsabilidad cívica.

Lo que resulta particularmente provocador en las reflexiones que Luna ha compartido es su observación sobre cómo el rechazo a los migrantes ha adquirido una especie de legitimidad social. No se trata únicamente de prejuicio antiguo, sino de algo más sofisticado: un sistema donde el miedo se ha convertido en un bien altamente comercializable. Los políticos lo venden, los medios lo amplifican, y las redes sociales lo democratizan. El resultado es un contexto donde expresar xenofobia ya no requiere vergüenza, sino solo encontrar el algoritmo correcto.

Para América Latina, esta conversación toca nervios muy específicos. Décadas de migración intrarregional, desplazamientos forzados por violencia, búsqueda de oportunidades económicas: son realidades que han forjado identidades complejas. Millones de latinoamericanos tienen historias personales de migración, familias dispersas entre países, remesas que sostienen economías locales. Cuando se normaliza el discurso de odio contra migrantes, se está hiriendo una fibra colectiva, aunque muchos prefieran no reconocerlo públicamente.

El cine, en este sentido, mantiene un privilegio que otras formas de expresión han perdido: la capacidad de contar historias que humanicen a quienes son presentados como amenaza. No mediante sermones morales, sino a través de narrativas que permiten al espectador reconocerse en rostros que la política preferiría mantener invisibles. Luna entiende esta responsabilidad de forma intuitiva, como alguien que ha visto cómo sus propias historias latinoamericanas ganaron resonancia internacional precisamente porque rechazaban la simplificación.

Lo que su intervención pública nos recuerda es que el orgullo —ese sentimiento que menciona con especial énfasis— es quizás el disfraz más efectivo del miedo. Cuando decimos «no queremos migrantes», frecuentemente estamos diciendo «tengo miedo de perder lo poco que tengo». Ese miedo es legítimo como emoción humana, pero las políticas que construimos sobre él raramente resuelven nada. Solo generan más sufrimiento, más fragmentación social, más historias de personas tratadas como descartables.

El festival donde compite su película es uno de los espacios más relevantes del cine mundial. Que desde ahí Luna amplíe estas conversaciones no es casualidad, sino necesidad. En un momento donde el nacionalismo resurge con fuerza, donde las fronteras se endurecen y los derechos humanos se negocian como mercancía política, las voces de creadores comprometidos se vuelven más valiosas.

Cuando el cine se atreve a esto, cuando un realizador de la envergadura de Luna pone su plataforma y su talento al servicio de visibilizar lo invisibilizado, algo se mueve. No transforma realidades de la noche a la mañana, pero siembra preguntas. Y en tiempos de respuestas fáciles y peligrosas, las preguntas bien formuladas son actos revolucionarios.

Información basada en reportes de: Europapress.es