Cuando la ley se suaviza: el dilema de castigar el abuso de poder

En América Latina, existe un fenómeno que debería preocuparnos más de lo que parece: la tendencia a reconfigurar los tipos penales relacionados con el abuso de autoridad de manera que termina favoreciéndolos. No se trata necesariamente de impunidad explícita, sino de algo más sutil y quizás más peligroso: la redefinición de los crímenes para hacerlos prácticamente imposibles de probar.

Cuando los legisladores acotan los delitos por elementos tan específicos que requieren pruebas casi imposibles de obtener, crean una ilusión de justicia. La ley sigue existiendo en los códigos penales, pero en la práctica se convierte en letra muerta. Es como construir una prisión con paredes de vidrio: se ve que está ahí, pero nadie puede entrar.

Las recientes modificaciones en materia de abuso de autoridad nos presentan este escenario. Al estrechar las definiciones y limitar las interpretaciones que los jueces pueden hacer, se logra algo aparentemente técnico pero profundamente político: se vuelve casi imposible condenar conductas que, en esencia, vulneran la confianza pública y el ejercicio equitativo del poder.

La falsa precisión del lenguaje legal

Hay un argumento que suena razonable en la superficie: una ley precisa es una ley justa, porque elimina la arbitrariedad. Es cierto, hasta un punto. Pero existe una diferencia crucial entre precisión y obstrucción. Cuando esa precisión se usa para crear tantos requisitos que la conducta delictiva se vuelve teóricamente indefendible en la práctica, hemos cruzado una línea.

En México, en Colombia, en Perú y otros países de la región, hemos visto cómo reformas similares han funcionado como válvulas de escape para servidores públicos que cometieron abuso. El abogado defensor simplemente argumenta que, técnicamente, no se cumplieron todos los elementos del tipo penal reformulado. Es perfectamente legal, perfectamente técnico, y perfectamente impune.

El contexto institucional que facilita esto

No podemos entender estas reformas sin mirar el poder que las impulsa. Un senador que propone cambios en leyes de abuso de autoridad no actúa en el vacío. Responde a presiones políticas, a coaliciones, a intereses que a menudo buscan proteger espacios de discrecionalidad en el ejercicio del poder público.

Es aquí donde la geografía política latinoamericana juega un papel importante. En regiones donde la captura del Estado es común, donde las instituciones están debilitadas, estas reformas legales se convierten en herramientas de supervivencia política para grupos en el poder. No es conspiración; es mecánica institucional.

¿Qué se pierde en el camino?

Lo que se pierde es confianza. Cuando los ciudadanos ven que las leyes contra el abuso de poder se flexibilizan en lugar de fortalecerse, aprenden una lección clara: el poder tiene un espesor de piel que los ciudadanos corrientes no poseen. Las consecuencias legales funcionan de manera diferente dependiendo de quién seas.

Esta no es una observación hipotética. Es la experiencia cotidiana de millones en la región. Policías que torturan, funcionarios que roban, autoridades que extorsionan. Y luego, reformas que hacen que sus castigos sean más evasivos.

La pregunta que deberíamos hacer

¿Queremos una ley de abuso de poder que sea real o una que suene bien en el Diario Oficial? Porque esa es la verdadera elección. Las reformas que acotan excesivamente los delitos, que eliminan interpretaciones «subjetivas», que crean requisitos imposibles de cumplir, nos dan lo segundo.

Una democracia funcional necesita leyes que protejan al público del abuso de autoridad. Esto no significa leyes arbitrarias, pero tampoco significa leyes tan sofisticadas en su inutilidad que parecen escritas para no aplicarse nunca.

La próxima vez que escuches sobre una reforma que «mejora» las leyes sobre abuso de poder, pregúntate: ¿mejora para quién? Si la respuesta implica que será más difícil condenar a funcionarios, entonces sabemos exactamente cuál es el verdadero propósito detrás de esa «modernización» legal.

Información basada en reportes de: El Financiero