La propuesta que divide: trabajar menos días, pero más horas

En Costa Rica está sobre la mesa una iniciativa que podría cambiar radicalmente cómo organizamos nuestra semana laboral. Se trata de un modelo conocido como jornadas 4-3: cuatro días de trabajo con jornadas de 12 horas seguidas de tres días de descanso consecutivos. Aunque suena revolucionario, esta reforma toca un tema que preocupa tanto a empleadores como a trabajadores: el verdadero costo de mantener empleados formales en el país.

Imaginemos el impacto inmediato en su bolsillo y rutina diaria. Si trabaja en un empleo formal, esta reforma significaría potencialmente tres días completos libres cada semana. Para muchos, esto abre posibilidades: tiempo para un segundo ingreso, educación continua, cuidado familiar o simplemente recuperación del cansancio acumulado. Pero hay un reverso: jornadas maratónicas de 12 horas pueden afectar la salud, la productividad y el equilibrio vida-trabajo que hemos tardado años en reconocer como fundamental.

¿Por qué ahora? El dilema del trabajo formal

Costa Rica enfrenta un desafío estructural que comparte con muchos países latinoamericanos: el costo de la formalidad laboral es tan alto que muchas empresas prefieren mantener trabajadores en la informalidad. Los gastos asociados a un empleado formal incluyen salarios, cargas sociales, contribuciones de seguro, beneficios y cumplimiento normativo. Esto representa entre el 30% y el 40% adicional sobre el salario base, según cálculos de instituciones como la CEPAL.

Esta propuesta de jornadas 4-3 intenta resolver un acertijo económico: ¿cómo reducir los costos fijos de la formalidad sin recortar salarios? La respuesta teórica es eficiencia operativa. Con cuatro días concentrados, una empresa podría reducir gastos en servicios: menos luz, agua y electricidad por día de operación, menor necesidad de supervisión diaria, y potencialmente menos accidentes laborales si la concentración permite mejor control.

Los números detrás de la reforma

El proyecto apunta a hacer más competitiva la inversión en empleo formal. Si una empresa puede mantener operaciones con menos días, pero igual o mayor productividad por jornada, teóricamente podría contratar más personal o invertir esos ahorros en mejores salarios. En teoría, esto podría reducir la informalidad laboral que afecta a aproximadamente el 40% de la fuerza de trabajo costarricense.

Sin embargo, las cifras reales dependen de factores clave: ¿funcionaría igualmente en sectores de servicios que requieren atención diaria? ¿Qué sucede con las industrias de turismo, comercio y salud, donde la continuidad es crítica? Un trabajador en comercio minorista con jornada 4-3 podría enfrentar rotaciones complejas; un médico o enfermera tendría que revisar cómo esto afecta la calidad asistencial.

Lecciones de otros países

Islandia y Nueva Zelanda han experimentado con semanas de cuatro días con resultados mixtos. En Islandia, la iniciativa piloto de 2019-2021 mostró que productividad se mantuvo o mejoró, mientras que el bienestar de trabajadores aumentó significativamente. Pero esos países tienen contextos muy distintos: sistemas de salud universal consolidados, nivel educativo alto y economías menos dependientes de sectores informales.

En América Latina, Uruguay ha discutido reformas similares, así como algunos países europeos como Francia (con su histórica jornada de 35 horas). La diferencia crucial: en nuestros países, millones de personas ni siquiera tienen empleo formal estable, lo que complica estas transiciones.

¿Quién gana y quién pierde?

Los potenciales ganadores son claros: empresas con operaciones concentrables reducen costos; trabajadores con necesidades de tiempo libre lo obtienen; el Estado podría aumentar recaudación si la formalidad crece. Los perdedores potenciales: trabajadores agotados por jornadas largas; sectores donde continuidad es esencial; pequeñas empresas sin capacidad de reorganizarse; trabajadores con empleos múltiples que pierden flexibilidad.

El verdadero debate

Esta reforma no es realmente sobre las horas. Es sobre cómo Costa Rica, como economía emergente competitiva, puede hacer sostenible el empleo formal sin perder competitividad global. La pregunta verdadera que debe responderse en las próximas semanas de debate legislativo es: ¿estamos listos para reorganizar cómo trabajamos, o seguimos parcharando un sistema que no funciona?

Lo que sí es seguro: cualquier reforma laboral será tan buena como sus detalles de implementación. Transparencia en costos, protecciones de salud ocupacional y evaluación genuina del impacto serán cruciales para determinar si esto es innovación o simplemente una jornada maratónica con mejor nombre.

Información basada en reportes de: Nacion.com