Gobiernos que creen saber más que la sociedad

Los gobiernos, sin importar su orientación ideológica, comparten un problema fundamental: actúan según lo que creen que es mejor para la sociedad, ignorando lo que realmente importa a la población. Este es el punto de quiebre donde comienza la decepción ciudadana. Cuando las soluciones prometidas no se ejecutan de manera efectiva, la confianza se erosiona rápidamente.

La situación se agrava cuando los gobernantes rodean de incondicionales en lugar de personas capaces. Parece que en México se necesita «el chicote o la amenaza velada» para que funcionarios de menor rango hagan su trabajo. Lo correcto, que debería ser simple, se convierte en complicado cuando se politiza cada acción con fines egolátricas.

El fracaso de Morena: política exitosa, gobierno inefectivo

El fenómeno es claro con el movimiento Morena. Como fuerza política, funcionó. Como gobierno, no. Quienes llegaron al poder, muchos sin capacitación requerida, colocaron a sus allegados en gabinetes y eliminaron personal experimentado bajo el pretexto de combatir la corrupción. El resultado: errores que van desde quienes ordenan hasta quienes obedecen. Nadie hace lo que debe; todos hacen lo que creen.

Este modelo ha generado un círculo vicioso de incompetencia e impunidad. Funcionarios sin experiencia toman decisiones sin entender sus consecuencias. La diferencia entre saber mandar y conocer las implicaciones de las órdenes es abismal, y esa ignorancia ha costado caro a la sociedad en seguridad, economía, educación y salud.

El centralismo como herramienta de control

Un elemento crucial es el centralismo extremo. Cuando el poder se concentra en una sola persona, se convierte en dictadura. Morena prometió que «el pueblo manda», pero la realidad muestra lo opuesto: el control ideológico y la dominación son totales. Se hace lo que creen, no lo que se debe.

El discurso inicial era noble: quitar privilegios a la clase dominante que se enriquecía a costa de los demás. Sin embargo, cayeron en una incongruencia grave. En lugar de trabajar para ayudar, continúan con las mismas prácticas, solo que ahora beneficiando a nuevos actores.

De críticos a cómplices: el ejemplo de Noroña

El legislador Gerardo Fernández Noroña ejemplifica esta contradicción. Durante años denunció los abusos del poder. Hoy, como autoridad, posee una casa valuada en 12 millones de pesos, viaja en primera clase constantemente y disfruta de beneficios que sus críticas jamás permitirían. Como él, la mayoría de políticos morenistas ha caído en lo que combatían: la corrupción y el enriquecimiento mediante intereses cruzados con empresarios y personajes del dinero.

Las promesas no se convirtieron en realidad. La población espera respuestas urgentes en seguridad, economía, educación y salud. Las garantías individuales se ven coartadas por el ejercicio egoísta del poder. Mientras tanto, la sociedad permanece sumida en depresión.

La adicción al poder es más fuerte que cualquier ideología

Observemos el patrón: directores, regidores, síndicos, alcaldes, diputados, senadores y gobernadores que llegaron «con una mano delante y otra atrás» salen de sus cargos con autos nuevos, negocios diversos y posesiones que nunca imaginaron. Lo más grave: quieren seguir pegados al presupuesto porque se ha convertido en adicción.

El avance individual que algunos ciudadanos logran se debe solo a educación y esfuerzo personal. Morena y la Cuatro T combaten eso porque no concuerda con su idea de «igualdad»—una igualdad que solo beneficia a quienes ostentan el poder.

Reflexión final

Como señaló Henry Kissinger: «El poder político es el afrodisíaco más fuerte». En México, esa adicción ha reemplazado a la competencia, la capacidad y la honestidad. Mientras la sociedad siga deprimida y sin respuestas a sus necesidades básicas, el avance real será imposible. La perdedora en todos los sentidos seguirá siendo la población.