Cuando el cine respira en octubre
Valladolid se prepara nuevamente para abrir sus puertas a ese ritual que se repite cada octubre desde hace siete décadas. La 71 edición de la Semana Internacional de Cine no es un número más en el calendario: es un pulso que toma a la industria audiovisual global, una conversación que comienza el 23 de octubre y nos recuerda por qué seguimos yendo a las salas oscuras.
Este año, la ceremonia inaugural reposa en manos de Lili Horvát, la directora húngara cuyo trabajo ha navegado con naturalidad entre lo íntimo y lo especulativo. Su película de apertura, My Notes on Mars, propone un viaje que no es meramente espacial sino emocional. En tiempos donde la ciencia ficción se ha convertido en espejo de nuestras ansiedades colectivas, Horvát trae una aproximación diferente: una historia de amor que respira bajo la sombra de lo cósmico, donde los personajes no buscan conquistar el espacio sino entenderse a sí mismos a través de él.
La elegancia de la apertura
Elegir a Horvát para esta responsabilidad denota una intención curatorial clara. Su cine rechaza los grandilocuentes efectos especiales para bucear en la psicología de los afectos. My Notes on Mars parece ser exactamente eso: notas, fragmentos, observaciones sobre cómo nos vinculamos cuando el mundo se reduce a dos personas y el universo se expande fuera de la ventana. Es una metáfora del cine moderno: menos espectáculo, más verdad.
Desde Latinoamérica, no podemos evitar notar cómo Europa sigue siendo ese espacio donde las narrativas más introspectivas encuentran plataforma. Aunque la industria audiovisual latinoamericana crece con fuerza, festivales como Valladolid siguen siendo puertas principales hacia una circulación internacional que nuestros creadores merecen.
El cierre que nos devuelve a tierra
Si la apertura mira hacia el cielo, el cierre regresa con los pies en el barro. Gael García Bernal, quien cerrará la 71 Seminci con Hombre al agua, encarna perfectamente esa dualidad latinoamericana de mirar tanto hacia adentro como hacia fuera. Su presencia en Valladolid es casi simbólica: el actor mexicano que se ha convertido en constructor de narrativas, que entiende que el cine es, antes que nada, un acto de empatía.
El título de su película cierra un ciclo interesante. Si comenzamos viendo a dos personas observar un planeta distante, terminamos sumergiéndonos en la densidad de la existencia cotidiana. Hombre al agua suena a urgencia, a inmediatez, a la materialidad de estar vivo en este preciso momento. Contrasta deliberadamente con la apertura, creando un arco narrativo que atraviesa toda la muestra.
Un festival que respira con nosotros
La Seminci no es solo un espacio de exhibición. Es un documento vivo de cómo pensamos el cine en cada momento. Que abra con ciencia ficción reflexiva y cierre con realismo inmediato sugiere que buscamos, simultáneamente, escapar y confrontar. Que quienes presiden estos momentos sean una directora centroeuropea y un intérprete mexicano refleja el cine que queremos ver: sin fronteras firmes, dialogante, dispuesto a cruzarse a sí mismo.
Para quienes siguen desde Latinoamérica este tipo de festivales, la lección es clara: nuestras historias tienen lugar en estas salas. No como exotismo, sino como parte integral de la conversación. La 71 Seminci lo demuestra con su programación, aunque sea entre líneas.
Ritmo festivalero
Cada película que se proyecte entre estas dos obras marco llevará su propio peso, su propio argumento. Pero hay algo en la estructura misma, en la inteligencia curatorial de elegir dónde se abre y dónde se cierra, que nos habla sobre qué esperamos del cine hoy. Esperamos que nos haga pensar mientras nos hace sentir. Esperamos que nos trasporte y nos devuelva. Esperamos, en última instancia, que el cine siga siendo ese milagro cotidiano de ver la vida a través de los ojos de otros.
Valladolid, una vez más, se posiciona como guardianes de esa conversación. Y nosotros, desde acá, seguimos mirando hacia octubre.
Información basada en reportes de: Europapress.es


