Padres desbordados ante conductas adolescentes: existe solución

«Empiezo a pensar que esto no tiene solución. La conducta de mi hijo es incomprensible y lo triste es que siempre ha sido un niño feliz, pero ahora… Todo esto me hace sentir muy mal; pienso que no he sabido educar bien a mi hijo y ya no sé qué hacer».

Este pensamiento es casi universal entre los padres de adolescentes. Sin embargo, expertos en psicología familiar advierten que los conflictos aparentemente irresolubles no carecen de solución, sino que requieren de estrategias adecuadas y una metodología sistemática para abordarse correctamente.

El problema surge cuando los padres agotados intentan soluciones ineficaces una y otra vez. Cada fracaso genera sentimientos de indefensión y desesperanza que, paradójicamente, dificultan la búsqueda de nuevas alternativas. Es un ciclo vicioso que termina en malestar crónico para toda la familia.

¿Por qué algunos padres tienen más éxito que otros?

La realidad es que algunos padres manejan con eficacia los conflictos con sus hijos adolescentes, desde pequeñas frustraciones hasta traumas importantes. Otros, en cambio, se sienten desbordados por el más mínimo obstáculo. La diferencia no está en la suerte, sino en la capacidad de resolver problemas de manera sistemática.

Según investigaciones en psicología conductual, una gran parte de los conflictos familiares es resultado de una conducta ineficaz: el sujeto es incapaz de resolver ciertos problemas situacionales y sus intentos inadecuados generan efectos indeseables como ansiedad, depresión y problemas secundarios adicionales.

La clave está en cambiar la perspectiva: en lugar de ver la vida como «situaciones extremas imposibles», hay que verla en términos de «soluciones inapropiadas». El objetivo, entonces, es hallar soluciones nuevas y apropiadas.

El método de resolución de problemas en 5 estrategias

La metodología de resolución de problemas busca modificar la forma en que los padres abordan situaciones sin salida. Su aprendizaje aumenta la eficacia general mediante el entrenamiento en aptitudes y habilidades que permiten enfrentarse autónomamente a los desafíos diarios. Las cinco estrategias son:

1. Desarrollar una orientación general para reconocer el problema
Lo primero es realizar una lista de problemas con su hijo. Analice sus opiniones, creencias y expectativas generales sobre estos problemas. Pregúntese: «¿Cuál es mi capacidad para solucionarlos?». Luego, sea específico: anote exactamente qué conductas le molestan.

2. Definir y formular el problema
Una vez detectados los problemas, clarifique la naturaleza específica de cada uno. Responda: ¿Quién está implicado? ¿Qué sucede exactamente? ¿Dónde ocurre? ¿Cuándo? ¿Cómo es mi respuesta habitual? ¿Qué siento? ¿Qué quiero que cambie?

3. Generar el mayor número posible de alternativas
Este es considerado el paso más importante. Su tarea es generar la más amplia gama de respuestas y estrategias posibles ante la conducta problemática. Por ejemplo, si el problema es «no hace las tareas escolares», enumere al menos cinco soluciones: buscar ayuda extraescolar, inscribir en un programa de hábitos de estudio, estudiar junto a él, organizar un grupo de estudio, establecer una hora mínima diaria de estudio.

4. Evaluar alternativas y tomar una decisión
Para cada solución generada, prediga las posibles consecuencias. Analice sus ventajas e inconvenientes a corto y largo plazo. Compare los resultados esperados con la meta deseada y seleccione las alternativas más adecuadas.

5. Ejecutar y verificar
Ponga en práctica la solución elegida y valore los resultados. Este es el paso crucial donde la teoría se convierte en acción real.

Practica diaria: desde decisiones pequeñas hasta grandes cambios

Una vez que adquiera este conocimiento, debe prepararse para enfocar todas las situaciones problemáticas con esta estrategia. La buena noticia es que tendrá innumerables ocasiones para practicar.

Piense en la cantidad de decisiones que toma cada día: desde insignificantes («le diré que deje de ver televisión y se acueste»), pasando por decisiones algo más importantes («¿debo reñir a mi hijo por llegar tarde?»), hasta otras posiblemente decisivas («¿debo influir en su elección de estudios para el próximo curso?»).

Cada una de estas decisiones cotidianas es una oportunidad para practicar lo aprendido.

La esperanza en dos conclusiones clave

Primero, la conducta humana está sujeta a elementos sobre los que tenemos cierto control. Tanto la conducta de nuestro hijo como la nuestra pueden modificarse. La adolescencia es un período de búsqueda de identidad que requiere comunicación asertiva, tacto y tolerancia ante los cambios naturales.

Segundo, ante los problemas y conflictos diarios con nuestros hijos, podemos utilizar una estrategia general de trabajo: una metodología de acción basada en la resolución de problemas que nos permitirá disponer de un número mayor de soluciones.

La clave está en entender que no se trata de un problema sin solución, sino de un problema que aún no ha encontrado la solución adecuada. Con las herramientas correctas y la disposición de aprender, los padres pueden recuperar la confianza en su capacidad educativa y construir relaciones más saludables con sus hijos adolescentes.