El efectivo sigue dominando en México, pero a qué costo

Cada día, decenas de millones de mexicanos realizan transacciones en efectivo. Desde comprar el café matutino hasta pagar la renta, el dinero físico permanece como la forma de pago preferida en gran parte del país. Sin embargo, esta aparente normalidad esconde un problema financiero que afecta directamente el bolsillo de las familias y debilita las arcas públicas.

Para entender el impacto real, imaginemos a una familia promedio de la zona metropolitana. Cuando el padre cobra su salario quincenal, guarda una buena parte en efectivo dentro de casa. Parece seguro, controlable. Pero mientras el dinero descansa en un cajón o una alcancía, la inflación lo consume silenciosamente. Si la inflación anual ronda el 3-4%, ese ahorro pierde valor mes a mes sin que el dueño lo note inmediatamente.

Cómo el efectivo limita oportunidades reales

El problema va más allá de la erosión inflacionaria. Cuando una persona utiliza únicamente dinero en físico, prácticamente desaparece del radar del sistema financiero formal. Los bancos y las instituciones de crédito no tienen registro de sus transacciones, no conocen sus patrones de gasto ni pueden evaluar su capacidad de pago. Resultado: historial crediticio inexistente.

Este es el verdadero costo oculto. Años después, cuando esa misma familia necesita un crédito para reparar la casa, comprar un auto usado o invertir en un pequeño negocio, las puertas del crédito formal se cierran. Los bancos no tienen datos que demuestren confiabilidad. Las tasas de interés en el mercado informal se disparan, perpetuando un ciclo de exclusión financiera que afecta principalmente a los sectores de menores ingresos.

Estudios de organismos internacionales muestran que en América Latina, aproximadamente 55% de la población adulta carece de acceso al crédito formal, siendo la falta de historial crediticio una de las principales barreras. México no es excepción: más de 40 millones de personas viven fuera del sistema financiero formal.

El Estado también paga el precio

Mientras las familias sufren limitaciones, el gobierno enfrenta un dilema distinto pero igualmente grave. El dinero en efectivo es opaco por naturaleza. Las transacciones no quedan registradas, lo que dificulta el seguimiento del flujo de dinero en la economía. Para las autoridades fiscales, esto significa que una porción significativa de la actividad económica escapa a la tributación.

Cuando los pequeños comerciantes, los trabajadores independientes y los negocios informales operan mayoritariamente en efectivo, no declaran sus ingresos reales. La base gravable se reduce, disminuyendo la recaudación fiscal que podría financiar servicios públicos, educación y salud. Es un círculo vicioso: menos recaudación significa peores servicios públicos, lo que a su vez empuja más gente hacia la economía informal.

El trilema sin fácil solución

México enfrenta entonces un trilema: proteger la privacidad de los ciudadanos, formalizar la economía y aumentar la inclusión financiera. Lograr los tres objetivos simultáneamente es extremadamente difícil.

Algunos países han intentado soluciones. Suecia prácticamente ha eliminado el efectivo, pero enfrentó críticas sobre privacidad y exclusión de adultos mayores. India impulsó la digitalización agresivamente, con resultados mixtos. Brasil ha avanzado con billeteras digitales y transferencias instantáneas, logrando mayor inclusión con menor presión regulatoria.

En México, iniciativas como SPEI (Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios) y aplicaciones de transferencias han ganado terreno, especialmente post-pandemia. Pero el efectivo aún domina en zonas rurales y entre poblaciones de mayor edad.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos?

La solución no requiere eliminar el efectivo. Pequeños cambios tienen impacto real: utilizar tarjetas de débito para compras registrables, mantener una cuenta bancaria activa aunque sea con saldo mínimo, y realizar transferencias digitales cuando sea posible. Estos hábitos generan historial, permiten acceso a crédito y contribuyen a formalizar la economía.

Para el Estado, la clave está en incentivos, no prohibiciones. Programas de devolución de impuestos para pagos digitales, acceso gratuito a cuentas básicas y educación financiera pueden cambiar comportamientos sin coerción.

El efectivo seguirá siendo parte de México. Pero mientras más personas logren hacer la transición hacia instrumentos formales, más hogares escaparán de la trampa financiera y más ingresos fluirán hacia las arcas públicas. Es matemática simple, pero con impacto profundo en la calidad de vida de millones.

Información basada en reportes de: El Financiero