La cara más cruda del poder: cuando el Estado abandona la negociación
En las últimas décadas, hemos visto cómo los territorios latinoamericanos —especialmente en México— se transforman en escenarios de confrontación directa entre comunidades y aparatos estatales. No se trata solo de conflictividad social, sino de un cambio fundamental en la forma en que se ejerce el poder político y económico en nuestras regiones.
Analistas y académicos advierten sobre una transformación en la estrategia de dominación capitalista. Mientras que en décadas anteriores existían canales de negociación, intermediación y ciertos pactos entre sectores, hoy asistimos a la ruptura de esos acuerdos implícitos. El Estado, en su expresión más militarizada, aparece no como árbitro sino como actor directo en la disputa por el control territorial.
Militarización: la nueva geografía del poder
Desde pueblos originarios que defienden sus recursos naturales hasta comunidades urbanas que resisten desplazamientos forzados, los mexicanos enfrentan cotidianamente una presencia militar sin precedentes en tiempos de paz formal. Carreteras, puertos, zonas de producción agrícola e industrias extractivas se han convertido en espacios vigilados por fuerzas armadas.
Este fenómeno no es exclusivo de México. En Colombia, Perú, Brasil y Guatemala vemos patrones similares: territorios indígenas y afrodescendientes bajo presión; comunidades campesinas entre el fuego cruzado de grupos paramilitares y fuerzas del orden; ciudades donde la seguridad privada y los militares sustituyen funciones de policía comunitaria.
¿Recolonización del siglo XXI?
Los académicos contemporáneos utilizan términos provocadores como «recolonización» para describir este proceso. La similitud es inquietante: así como en siglos pasados potencias extranjeras ocupaban territorios para extraer recursos, hoy corporaciones multinacionales y gobiernos locales utilizan la fuerza militar para garantizar el acceso a minerales, agua, tierras agrícolas y energía.
Las comunidades que se oponen a proyectos mineros en sus tierras, que resisten la instalación de represas hidroeléctricas, que defienden semillas ancestrales frente a transgénicos corporativos, encuentran como respuesta no el diálogo sino el despliegue de uniformados.
El abandono de las mediaciones: cuando desaparece el espacio para negociar
Académicos especializados en conflictividad social señalan que el capitalismo contemporáneo ha dejado de lado las formas «blandas» de imposición que caracterizaron décadas anteriores. En los años 70 y 80, existían sindicatos fuertes que podían negociar; movimientos campesinos que lograban acuerdos; gobiernos con capacidad de redistribución que absorbían parte de las demandas populares.
Hoy, ese tejido institucional se ha desgarrado. Los sindicatos están debilitados, los movimientos campesinos fragmentados, la capacidad redistributiva del Estado erosionada por décadas de ajustes neoliberales. En su lugar, la respuesta ante la resistencia es la represión directa.
Violencia sistémica y contradiciones visibles
Lo que antes se ocultaba tras discursos de modernización y progreso, ahora emerge sin disimulos. La violencia del sistema capitalista, las contradicciones insolubles entre acumulación y sustentabilidad, entre ganancias corporativas y derechos humanos, aparecen en su forma más cruda: en las enfrentamientos en comunidades, en los desaparecidos, en los territorios ocupados militarmente.
Para millones de mexicanos, esta realidad no es abstracta. Es el helicóptero que sobrevuela la comunidad, es el retén militar en la carretera, es el miedo que acompaña a defensores ambientales y activistas de derechos humanos.
¿Hacia dónde vamos?
La pregunta que lanzan voces críticas es incómoda pero necesaria: ¿es posible revertir esta tendencia? ¿Pueden las comunidades, la sociedad civil, los gobiernos progresistas encontrar alternativas a este modelo de control territorial basado en la fuerza?
Mientras tanto, en pueblos y ciudades mexicanas, la resistencia continúa. Comunidades organizadas siguen defendiendo sus territorios, su agua, sus derechos. No sin costos —muchas veces altísimos—, pero persisten. Porque saben que el silencio equivale a la desaparición.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx


