Un grito que se apaga en los Altos de Chiapas
La madrugada volvió a traer malas noticias a las comunidades tzotziles de Chiapas. Reynaldo Pérez, un hombre dedicado a acompañar a familias desplazadas y mujeres en situación de vulnerabilidad, fue asesinado cuando se dirigía a su domicilio. Los indicios sugieren que fue víctima de una emboscada, aunque las circunstancias exactas aún se investigan en un contexto donde la violencia ha aprendido a moverse en las sombras.
La muerte de Pérez no es un número más en las estadísticas de violencia que México acumula cada día. Es la pérdida de una voz que se atrevía a hablar por quienes menos tienen, en una región donde ser activista comunitario se ha convertido en un acto de valentía casi suicida.
Acompañante de los sin voz
Reynaldo Pérez trabajaba en silencio, sin las cámaras ni los reflectores que otros activistas buscan. Su labor consistía en algo tan esencial como invisible para muchos: estar presente. Acompañar a personas desplazadas de sus tierras, mujeres víctimas de violencia, niños que crecen entre la incertidumbre. En Chiapas, donde conflictividades históricas siguen sin resolverse, este tipo de trabajo comunitario se convierte en un acto político de resistencia.
Las comunidades tzotziles han vivido décadas de marginación, acceso limitado a justicia y servicios básicos. Los desplazamientos forzados, frecuentemente vinculados a conflictos territoriales y pugnas de poder entre grupos armados, han fracturado el tejido social de municipios enteros. En este contexto, personas como Reynaldo Pérez funcionaban como puentes: documentaban situaciones, conectaban a víctimas con recursos limitados, ofrecían lo que podían: presencia, dignidad, la promesa de que alguien las recordaría.
La vulnerabilidad de defender vulnerabilidades
México vive una crisis de defensores de derechos humanos. Organizaciones internacionales han documentado cómo activistas comunitarios, periodistas, defensores ambientales y de derechos indígenas enfrentan amenazas, hostigamiento y muerte. Chiapas, particularmente, concentra una violencia compleja donde convergen actores estatales, criminales y grupos irregulares, creando un laberinto en el cual la justicia es un lujo distante.
El asesinato de Pérez refleja un patrón inquietante: quienes trabajan con poblaciones víctimas de violencia frecuentemente terminan convirtiéndose en víctimas también. Es como si el sistema castigara la solidaridad, como si el Estado —incapaz de proteger a sus ciudadanos más vulnerables— tampoco fuera capaz de proteger a quienes intentan hacerlo.
Las mujeres, doblemente vulnerables
Parte del trabajo de Reynaldo Pérez se enfocaba en acompañar a mujeres indígenas. En Chiapas, las mujeres tzotziles, tzeltales y otras etnias enfrentan violencias interseccionales: discriminación por género, por etnia, por pobreza. El acceso a justicia es casi nulo. Los protocolos de investigación frecuentemente ignoran contextos culturales. Las autoridades, en muchos casos, revictimizan a las afectadas.
Activistas como Pérez representaban para estas mujeres lo que falta sistemáticamente: escucha atenta, reconocimiento de su dignidad, documentación de sus historias. Su muerte es un silenciamiento que afecta a todas aquellas que perdieron un acompañante en la oscuridad.
Un contexto regional de crisis humanitaria
Chiapas no está sola en esta tragedia. En toda América Latina, defensores de derechos humanos enfrentan riesgos similares. Colombia, Honduras, Guatemala, El Salvador: el mapa de violencia contra activistas es alarmante. Sin embargo, en México, la impunidad que rodea estos asesinatos es particularmente profunda. Pocos casos llegan a sentencia. Muchas investigaciones quedan estancadas.
La desaparición de Reynaldo Pérez se suma a una larga cadena de actividades inconclusas, de perpetradores nunca identificados, de dolor que se acumula en comunidades ya cansadas de llorar.
Lo que queda sin decir
La muerte de este defensor tzotzil debería generar preguntas incómodas a todas las instituciones: ¿Por qué un hombre dedicado a defender derechos no pudo ser defendido? ¿Cuál es la responsabilidad del Estado en crear las condiciones que hacen posible esta violencia? ¿Qué ocurrirá con el trabajo que Reynaldo dejó sin terminar?
En En Línea, creemos que contar estas historias es un deber. No para sensacionalizar, sino para recordar que detrás de cada víctima hay un proyecto de vida que se truncó, una comunidad que se empobrece, una lucha que alguien más tendrá que continuar. Reynaldo Pérez merece ser recordado no como un número más, sino como lo que fue: un hermano de la causa, un compañero de los sin compañía, un grito que ahora debemos amplificar nosotros.
Información basada en reportes de: El Financiero


