Cuando el acceso a la educación superior se convierte en batalla política

La educación superior en México enfrenta un dilema estructural que trasciende las administraciones: millones de jóvenes aspiran cada año a ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, pero solo una fracción lo logra. Ante este cuello de botella, la presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado públicamente su oferta de garantizar lugares en la Universidad Nacional Rosario Castellanos para quienes no superen el examen de admisión de la UNAM, reafirmando una estrategia que busca democratizar el acceso a la educación de nivel superior.

Esta iniciativa representa más que una promesa electoral: es una respuesta directa a una crisis de capacidad que aqueja a las instituciones públicas de educación superior en todo el país. Cada ciclo de admisiones, decenas de miles de bachilleres califican académicamente pero no encuentran lugar en sus universidades preferidas, obligados a recurrir a instituciones privadas que sus familias frecuentemente no pueden costear, o a abandonar sus estudios profesionales.

El contexto de una demanda insatisfecha

La UNAM, como máxima casa de estudios del país, concentra una presión monumental. Su capacidad instalada contrasta drásticamente con el número de solicitantes. Mientras que la universidad recibe aproximadamente 200,000 aspirantes anuales, solo logra admitir alrededor del 10 por ciento. Esta brecha no es exclusiva de México; universidades públicas en toda América Latina enfrentan problemas similares de saturación y acceso desigual.

La propuesta de canalizar a estudiantes hacia la Universidad Rosario Castellanos intenta diversificar la oferta de educación superior pública y gratuita. Sin embargo, surgen preguntas legítimas sobre la equiparación de recursos, calidad académica y reconocimiento social de una institución emergente frente al prestigio secular de la UNAM.

Una estrategia con luces y sombras

El compromiso de universalizar el acceso gratuito es loable y alineado con derechos establecidos en la constitución mexicana. Ampliar la cobertura de educación superior pública responde a una demanda histórica de sectores populares que históricamente han sido excluidos de la educación terciaria. Desde esta perspectiva, cualquier mecanismo que garantice lugares a estudiantes de bajo recursos representa progreso.

No obstante, la solución requiere interrogantes profundas: ¿Es suficiente crear más universidades o necesitamos transformar la preparatoria? ¿Cómo se asegura que la nueva institución tenga docentes, laboratorios e infraestructura equivalente a la UNAM? ¿Reconocerá el mercado laboral los títulos de esta alternativa con igual valor?

Lecciones regionales que deberían considerarse

En Argentina, Brasil y Chile, gobiernos han enfrentado dilemas similares. Brasil creó el sistema de universidades federales descentralizadas; Argentina fortaleció universidades en provincias. Los resultados son mixtos: amplió cobertura pero generó nuevas desigualdades entre instituciones de prestigio variable.

Lo que falta en la conversación

Mientras se debate sobre dónde estudien los rechazados, persiste un problema raíz invisible: la calidad desigual de la educación media superior. Estudiantes de escuelas públicas rurales o periféricas llegan debilitados en competencias matemáticas y de lectura. Ofrecer un lugar universitario a quien no está plenamente preparado es un parche, no una cura.

También está ausente el fortalecimiento de institutos tecnológicos superiores como opciones valiosas y diferenciadas. No todos necesitan una licenciatura tradicional; muchos prospararían con formación técnica de excelencia.

El camino propositivo

La apuesta de Sheinbaum es un paso en la dirección correcta, pero debe complementarse con: inversión simultánea en educación media superior, equipamiento real de nuevas instituciones, reconocimiento laboral y académico interinstitucional, y flexibilidad curricular para que la educación superior sirva a diversos perfiles de estudiantes.

México no necesita elegir entre UNAM y Rosario Castellanos. Necesita un ecosistema robusto donde múltiples instituciones públicas de calidad ofrezcan caminos diversos hacia el desarrollo profesional. Eso sí sería transformador.

Información basada en reportes de: El Financiero