Cuando un medio de comunicación decide que las historias de las personas más marginadas merecen ser contadas con dignidad, está haciendo un acto político. No porque sea partidario, sino porque está decidiendo cuáles vidas importan en el espacio público. Eso es lo que reconoce la Abogacía Española al distinguir el trabajo de Gabriela Sánchez, periodista de elDiario.es, con el premio Nacho de la Mata, un galardón que visibiliza una forma de hacer periodismo de derechos humanos que, desde México, resulta profundamente necesaria.
En un contexto donde el ruido mediático privilegia las historias de los poderosos, este tipo de reconocimiento adquiere una importancia particular para quienes trabajamos en periodismo social. La distinción no es por un reportaje espectacular o una investigación que haya generado titulares masivos. Es, precisamente, por lo opuesto: por la constancia en amplificar voces que el sistema intenta dejar sin ser escuchadas. Por documentar las realidades de quienes, por su origen o su situación administrativa, son considerados prescindibles en los discursos públicos dominantes.
¿Por qué importa este periodismo de derechos humanos?
En México, como en muchas partes de Latinoamérica, esta pregunta no es académica. Vivimos en contextos donde la infancia migrante, las familias sin documentos, las personas en condición de calle y otros sectores vulnerables enfrentan un doble abandono: el del Estado y el de los medios de comunicación. Cuando no se cuenta una historia, esa historia se convierte en invisibilidad. Y la invisibilidad es el primer paso hacia la desprotección.
El periodismo de derechos humanos, como el que desarrolla Gabriela Sánchez, reconoce que el trabajo de un comunicador no es neutral. Que elegir sobre qué escribir es elegir qué realidades existen en el imaginario colectivo. Que reportear la historia de un niño sin acceso a educación por su condición migratoria, o de una niña en riesgo de trata, es un acto de justicia informativa. Es recordar que estas vidas no son cifras estadísticas, sino personas con nombres, anhelos y derechos inalienables.
Un modelo de periodismo necesario en Latinoamérica
México enfrenta desafíos similares a los que aborda el periodismo de derechos humanos en España. Tenemos cifras alarmantes de menores en situación de calle, de niños y niñas trabajadores, de jóvenes desaparecidos, de migrantes centroamericanos que cruzan nuestro territorio con historias de precariedades extremas. Sin embargo, gran parte de nuestro ecosistema mediático sigue privilegiando narrativas de seguridad, política electoral o espectáculo sobre estas realidades.
El reconocimiento a Gabriela Sánchez es un recordatorio de que existe una alternativa. Que el periodismo puede ser una herramienta para la dignidad. Que documentar las violaciones de derechos, amplificar petitorios de justicia, contar historias de resistencia y visibilizar a los sectores más excluidos, es una forma legítima y urgente de hacer comunicación.
La protección de la infancia como eje transversal
Uno de los elementos centrales del reconocimiento es la mención explícita a la protección de niños y niñas. La justificación del premio subraya que «ningún niño o niña debe quedar desprotegido por su origen o situación administrativa». Esta afirmación tiene un peso enorme en contextos latinoamericanos donde la discriminación por estatus migratorio, etnia, idioma o pobreza determina quién accede a derechos fundamentales y quién no.
En México, reportear sobre infancia en situación de vulnerabilidad exige coraje. Exige estar dispuesto a documentar historias incómodas para gobiernos locales y federales. Exige trabajar sabiendo que muchas instituciones querrán silenciar esas narrativas. El premio a Gabriela Sánchez es un reconocimiento a esa valentía, a esa constancia de llevar historias hasta espacios públicos donde alguien tiene que escucharlas.
¿Qué significa esto para el periodismo mexicano?
En En Línea y en otras plataformas comprometidas con periodismo social, este tipo de distinciones internacionales nos inspiran y nos responsabilizan. Nos recuerdan por qué elegimos contar historias de comunidades indígenas, de trabajadores precarizados, de mujeres en contextos de violencia, de poblaciones que el periodismo convencional considera «noticiables» solo cuando mueren o generan conflicto.
El periodismo de derechos humanos es una opción editorial. No es imparcialidad, pero es integridad. Es decidir que nuestro trabajo comunicativo se pone al servicio de la democracia real, no de la que aparece en declaraciones de funcionarios. Es reconocer que hay desigualdades estructurales y que documentarlas, visibilizarlas y exigir su transformación, es parte de nuestra responsabilidad como periodistas.
El premio Nacho de la Mata a Gabriela Sánchez llega en un momento en que el periodismo global enfrenta crisis de financiamiento, desconfianza pública y presiones políticas. Pero también llega como un recordatorio: que las historias que más importan son frecuentemente las más invisibles. Que amplificar esas voces, proteger a quienes están más expuestos, contar con precisión y humanidad, sigue siendo una razón válida para ejercer el periodismo.
Para quienes trabajamos en México en contextos similares, el mensaje es claro: el periodismo de derechos humanos no solo es posible, es necesario. Y cuando lo hacemos bien, cuando lo hacemos con rigor y sensibilidad, eventualmente alguien lo ve. Alguien lo reconoce. Y eso importa, no porque buscamos premios, sino porque significa que nuestro trabajo está llegando, que está creando conciencia, que está contribuyendo a que las historias de los más vulnerables dejen de ser invisible.
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Información basada en reportes de: Eldiario.es


