La trampa de refinanciar sin crecer

Existe una paradoja incómoda en las finanzas mundiales: los países considerados más sólidos económicamente están enfrentando un problema que parecería exclusivo de naciones en desarrollo. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), durante 2025 aproximadamente el 80% de los fondos que sus miembros han conseguido a través de nuevos préstamos se destinó exclusivamente a pagar obligaciones que llegaban a su vencimiento.

Esta cifra debería encender alarmas. Cuando un gobierno toma dinero prestado principalmente para pagar deudas anteriores en lugar de invertir en infraestructura, educación o salud, está en una situación delicada. No está financiando crecimiento real; está jugando a mantener la ilusión de estabilidad.

¿Qué significa esto en tu bolsillo?

El impacto no es abstracto. Cuando los gobiernos desarrollados gastan recursos en servicio de deuda, tienen menos dinero para invertiones que generan empleo y bienestar. Esto puede traducirse en presión sobre tasas de interés globales, menores inversiones en tecnología e innovación, y eventualmente, políticas fiscales más restrictivas.

Para América Latina, esto es especialmente relevante. La región ha vivido durante décadas el ciclo de refinanciamiento de deuda. Cuando los mercados observan que incluso países como Alemania, Francia o Canadá enfrentan este desafío, revalúan su percepción del riesgo global. Los inversionistas se vuelven más conservadores, lo que significa tasas de interés más elevadas para todos los países emergentes que buscan financiamiento.

El contexto detrás de los números

Esta situación no surgió de la nada. La pandemia de COVID-19 obligó a gobiernos de todo el mundo a endeudarse masivamente para mantener a flote sus economías. Los bancos centrales mantuvieron tasas de interés históricamente bajas para facilitar el endeudamiento. Cuando finalmente comenzaron a subir las tasas, la deuda contraída a tasas bajas se volvió más cara de refinanciar.

Sumemos a esto el crecimiento económico moderado. Sin expansión económica robusta, el peso relativo de la deuda crece. Un país con crecimiento del 3% puede crecer más rápido que su deuda; uno con crecimiento del 0.5% está en aprietos.

Comparativa: desarrollados vs emergentes

Históricamente, esta situación ha sido asociada con economías emergentes. Brasil, Argentina, México y otros países latinoamericanos han experimentado durante años la angustia de refinanciar deuda bajo condiciones complicadas. La diferencia ahora es que los países ricos tienen más herramientas: pueden endeudarse en su propia moneda, tienen instituciones sólidas, y cuentan con mercados de capitales profundos.

Aun así, el principio es el mismo. Cuando el 80% de tus nuevos préstamos sirven para pagar lo anterior, no estás avanzando; estás corriendo en una cinta sin fin.

¿Cuál es la salida?

Teóricamente existen tres caminos. Primero: aumentar ingresos fiscales (impuestos), lo que es impopular. Segundo: reducir gastos, lo que genera presión política. Tercero: crecer económicamente más rápido que la deuda, lo que requiere inversión y productividad.

La mayoría de gobiernos intenta una combinación, pero ninguna opción es fácil ni indolora. En economías desarrolladas hay espacio político limitado para aumentar impuestos significativamente. Reducir gastos en servicios sociales es electoral dinamita. Y lograr crecimiento sostenido en un mundo de tasas de interés elevadas es desafiante.

La lección para la región

Para América Latina, estos movimientos en economías desarrolladas son una ventana de oportunidad y advertencia simultáneamente. Es oportunidad porque cuando inversionistas perciben debilidad en mercados ricos, algunos capital busca alternatives. Es advertencia porque muestra la importancia de no entrar en ciclos de deuda descontrolada. Una vez dentro, es extraordinariamente difícil salir.

Brasil, con su endeudamiento creciente, debe observar atentamente. México, con presiones fiscales reales, también. Colombia, Perú y otros países deben usar este momento para repensar sus modelos de financiamiento público antes de verse atrapados en el mismo carrusel.

El panorama adelante

Es improbable que los países ricos entren en crisis de deuda como Argentina. Sus instituciones son demasiado fuertes y flexibles. Pero esto no significa que puedan ignorar indefinidamente un problema donde la mayoría del financiamiento va al pasado en lugar del futuro.

Lo que sí es claro es que vivimos en un momento donde la deuda global es una realidad incómoda para casi todos. Desde Washington hasta Bogotá, los formuladores de política enfrentan verdades incómodas sobre promesas del pasado que deben cumplirse en un presente menos generoso.

Información basada en reportes de: El Financiero