Hace años que vivimos atrapados en una falsa dicotomía. Cada vez que surge una noticia sobre inteligencia artificial, los medios y los gurús de Silicon Valley nos presentan dos únicas opciones: miedo apocalíptico o entusiasmo sin matices. O la IA nos dejará desempleados a todos, o será la mayor revolución que conocerá la humanidad. En México, este debate lleva años reproduciendo el mismo patrón, sin que nadie se detenga a preguntarse si ambos extremos podrían estar equivocados.

La reflexión que plantea Yaiza Canosa, empresaria con experiencia en ecosistemas tecnológicos, apunta hacia algo incómodo que pocas voces tienen el coraje de mencionar: la concentración de talento y oportunidades en torno a la tecnología refleja una realidad mucho más compleja que la que nos vende el relato corporativo. Su observación sobre los plomeros y los desarrolladores no es una broma fácil, sino una radiografía de cómo funciona realmente el mercado laboral en una economía desigual.

¿Quién se beneficia realmente de la IA?

La narrativa dominante sobre inteligencia artificial tiende a presentarla como un fenómeno uniforme, como si su impacto fuera el mismo para un ejecutivo en la Ciudad de México que para un trabajador en Oaxaca. Esto es profundamente engañoso. La inteligencia artificial generativa, en su forma actual, requiere inversión significativa en infraestructura, conocimiento especializado y acceso a datos de calidad. En México, estas condiciones se concentran en un puñado de empresas y startups ubicadas en polos tecnológicos específicos.

El sector de servicios de IT, consultorías y desarrollo de software representa apenas una fracción del empleo nacional. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el sector tecnológico emplea a menos del 2% de la población económicamente activa del país. Esto significa que cuando se habla de «impacto en el empleo», se está principalmente hablando de impacto en una minoría privilegiada con acceso a educación de calidad y conexiones en mercados internacionales.

Mientras tanto, el grueso de la fuerza laboral mexicana sigue en sectores tradicionales: manufactura, comercio, servicios personales, construcción, agricultura. La inteligencia artificial, por ahora, tiene un impacto marginal en estas áreas. No porque la tecnología no sea capaz de automatizar tareas, sino porque la inversión en automatización sigue siendo costosa en comparación con los salarios locales. ¿Por qué invertir en robótica cuando puedes pagar sueldos bajos?

La pregunta que nadie quiere responder: desigualdad tecnológica

La observación de Canosa toca un nervio expuesto: la brecha entre quién construye tecnología y quién accede a ella es cada vez más profunda en Latinoamérica. En México, el crecimiento de programadores y desarrolladores no ha sido proporcional al crecimiento de la demanda internacional. Según reportes de plataformas de empleo, las vacantes en desarrolladores backend, especialistas en machine learning e ingenieros de datos superan significativamente a los candidatos disponibles.

Esto crea una paradoja perversa: mientras se habla de desempleo masivo causado por la IA, las empresas tecnológicas reportan escasez de talento. Los desarrolladores mexicanos que dominan estas herramientas tienen opciones de empleo remoto a nivel global, con salarios que pueden duplicar o triplicar lo que ganarían localmente. Es decir, la IA está produciendo una fuga de cerebros acelerada.

Por otro lado, los plomeros, electricistas, carpinteros y trabajadores de servicios que Canosa menciona representan un sector fundamental de la economía mexicana. Estos oficios siguen siendo difíciles de automatizar completamente, requieren presencia física y adaptación a contextos específicos. Sin embargo, su valor social sigue siendo subestimado. No aparecen en las estadísticas de «empleos de alto valor» que los gobiernos celebran. No generan titulares de innovación. Pero sostienen la infraestructura real del país.

¿Cómo impacta esto al mexicano promedio?

Para el ciudadano promedio en México, el debate sobre inteligencia artificial y desempleo es casi abstracto. Lo que sí es concreto es la falta de acceso a educación digital de calidad, la brecha de conectividad en zonas rurales, y la concentración de oportunidades de capacitación en grandes ciudades.

Si México quiere realmente prepararse para un futuro donde la IA juega un rol importante, necesita invertir masivamente en educación tecnológica desde primaria. Pero también necesita valorar y modernizar los sectores tradicionales, porque no desaparecerán en la próxima década. Un fontanero que conoce de electricidad y entiende sistemas inteligentes de agua es más valioso hoy que hace cinco años.

La inteligencia artificial generativa de 2026 no es un evento único que todo lo cambia mañana. Es una herramienta que amplifica las desigualdades existentes: quienes tienen acceso se benefician; quienes no, quedan rezagados. En México, donde la desigualdad es ya estructural, este proceso podría profundizar las brechas si no se planifica con cuidado.

Más allá del alarmismo: una conversación más honesta

Lo que hace valiosa la intervención de Canosa es que rechaza tanto el catastrofismo como la euforia ingenua. No dice «la IA destruirá el empleo mexicano»; tampoco dice «la IA resolverá todos nuestros problemas». Simplemente señala que la distribución del conocimiento tecnológico es altamente desigual, y que eso tiene consecuencias reales.

Una conversación honesta sobre inteligencia artificial en México debería reconocer varios hechos simultáneamente: sí, algunos empleos en servicios administrativos y análisis de datos se verán disruptados. No, esto no significará desempleo masivo inmediato. Sí, necesitamos invertir en educación digital. No, la educación digital por sí sola resolverá la desigualdad. Sí, hay oportunidades genuinas para empresas mexicanas. No, el mercado se encargará solo de distribuir esas oportunidades de forma justa.

La narrativa que divide a los mexicanos en «ganadores de la IA» y «perdedores de la IA» es simplista. Lo que realmente está en juego es si el país invertirá en la capacitación y la infraestructura necesarias para que la mayoría tenga oportunidades reales de adaptación, o si permitirá que la tecnología profundice las divisiones que ya existen.

Por ahora, mientras se llenan auditorios con presentaciones sobre transformación digital, hay muchos mexicanos que siguen en empleos precarios sin acceso básico a internet de calidad. Ese es el verdadero reto que la inteligencia artificial no resuelve, pero que debería estar en el centro de cualquier conversación seria sobre el futuro del trabajo en México.

Información basada en reportes de: Xataka.com.mx