El espejismo democrático que se desmorona

Hace apenas quince años, América Latina parecía haber encontrado un consenso fundamental. La mayoría abrumadora de sus ciudadanos había asumido que, a pesar de sus defectos y limitaciones, la democracia era el sistema de gobierno más deseable. Esa certidumbre compartida funcionaba como andamiaje invisible: permitía que las instituciones respiraran, que los gobiernos transitaran, que los conflictos se procesaran dentro de cauces establecidos.

Hoy ese consenso se ha evaporado. Los datos más recientes muestran una erosión que no podemos permitirnos ignorar. Mientras que en 2010 seis de cada diez latinoamericanos preferían la democracia, en la actualidad apenas cinco de cada diez mantienen esa posición. No es un descenso marginal; es una grieta profunda que atraviesa el tejido político de nuestras sociedades.

¿Qué ocurrió en el camino?

La respuesta exige honestidad. La democracia que promovimos no entregó. No es suficiente tener elecciones cada cierto tiempo si los ciudadanos no ven mejoras tangibles en sus vidas. No es suficiente celebrar la alternancia en el poder si la corrupción persiste como un virus sistémico. No es suficiente tener libertad de expresión si la inseguridad económica paraliza las familias.

La región experimentó transformaciones brutales en estas décadas. Crisis económicas que devoraron ahorros de generaciones. Sistemas de salud y educación que no garantizaban lo mínimo. Violencia que no cedía. Y por encima de todo, una sensación creciente de que los gobiernos democráticos eran incapaces o desinteresados en resolver lo fundamental.

Cuando la democracia no resuelve, algo más promete hacerlo. Surge entonces el atractivo seductor de quienes ofrecen soluciones rápidas, sin debates parlamentarios, sin la lentitud de los procedimientos democráticos. Es el caldo de cultivo perfecto para el autoritarismo.

El peligro de confundir síntomas con causas

Aquí reside uno de nuestros errores analíticos más peligrosos: culpar a la ciudadanía por su «preferencia autoritaria» sin examinar qué tipo de democracia les ofrecimos. No es lo mismo elegir contra la democracia que elegir a favor de un resultado distinto. Millones de latinoamericanos no rechazan la idea de gobierno democrático; rechazan la realidad de gobiernos que no gobiernan, que permiten que la corrupción prospere, que no protegen a los vulnerables.

La pregunta que deberíamos formular no es «¿por qué la gente abandona la democracia?» sino «¿por qué nuestras democracias no están cumpliendo su función básica?». Porque la diferencia es decisiva. Una cosa es que los ciudadanos desconfíen de un sistema fallido; otra es que prefieran estructuralmente un régimen autoritario.

El riesgo inmediato

Este descenso en el respaldo democrático no es académico. Tiene consecuencias políticas concretas. Erosiona la resistencia colectiva frente a tentaciones autoritarias. Debilita a instituciones que dependen de cierto nivel de legitimidad social para funcionar. Crea un espacio donde figuras fuertes encuentran audiencia receptiva. Y empodera a militares, tecócratas y empresarios que visualizan el autoritarismo como solución ordenadora.

Lo hemos visto ensayado en múltiples ocasiones. El patrón es reconocible: promesas de eficiencia, represión de opositores presentada como «mano dura», restricción de libertades bajo la excusa de la emergencia.

Hacia adelante: lo que debe cambiar

No hay retorno posible mediante la nostalgia por democracias que no funcionaban. La solución requiere reformas profundas: sistemas de justicia que persigan realmente la corrupción, instituciones que protejan a los más vulnerables, economías que generen oportunidades reales, gobiernos que rindan cuentas cotidianamente.

La democracia no es un lujo para tiempos de bonanza. Es un instrumento para que las sociedades resuelvan conflictos sin destruirse. Pero ese instrumento solo funciona si la gente siente que le sirve. Si no lo siente, las advertencias sobre peligros autoritarios suenan como predicaciones de quienes se benefician del sistema existente.

La cifra que debería desvelarnos no es el 52 por ciento que respalda democracia, sino preguntarnos cuántos de esos ciudadanos lo hacen por convicción real y cuántos por falta de alternativas visibles. Porque la diferencia determina si lo que tenemos es consenso o solo un frágil armisticio antes de la próxima tormenta.

Información basada en reportes de: El Financiero