Late el corazón, o un latte en el corazón

Calaverita dulce

Por: JAIME ESPEJEL

LATE EL corazón. O, en México, un latte en el corazón: grande, con jarabe de caramelo, crema batida y tres sobres de azúcar, porque la vida ya es amarga y el sistema de salud también.

Es noviembre y el país entero se pone cursi con la muerte. Barremos el panteón, picamos papel, compramos cempasúchil, y la Catrina, a la que durante el año nadie invita a nada, de pronto es la estrella de la fiesta. Le escribimos versos, le ponemos un mezcal, nos reímos con ella. Es nuestra manera, muy mexicana y muy hermosa, de decirle que no le tenemos miedo.

Pero este año la Catrina llegó con el informe del INEGI bajo el brazo, y hay que decirlo con cariño y sin sutileza: nos está tomando el pelo. A la muerte no le tenemos miedo, pero al chequeo médico, que es mucho más barato, le tenemos pavor.

Un altar que ya no cabe en la sala

Hace veinticinco años murieron en México 437,667 personas. En 2024 fueron 819,672. La población creció, es cierto, pero no al ritmo de las tumbas: el país sumó un tercio más de gente y casi el doble de muertos. Es como si el altar que antes cabía en una mesita ahora ocupara la sala, el pasillo y parte del patio, y siguiera pidiendo espacio.

No, no es solo que nos hayamos puesto viejos, aunque también. Lo que más pesa en ese altar lleva años pidiéndonos atención. El corazón, que pasó de 68,716 muertes a 192,563, y la diabetes, que ya aparece entre las principales causas de muerte a los 25 años, edad en la que uno todavía cree que el azúcar es un problema de los abuelos.

Y sin embargo hay luz en medio del cempasúchil. Las muertes de bebés menores de un año bajaron más de dos terceras partes en el mismo periodo. Cuando el Estado decide ocuparse de algo en serio, con vacunas, hidratación y partos atendidos, la Catrina se queda sin chamba. Lo que se puede lograr con los bebés también se puede lograr con los adultos, solo que nos da flojera.

El latte, el pan y el chequeo que nunca llegó

Según la ENSANUT, tres de cada cuatro adultos mexicanos tienen sobrepeso u obesidad. Cuarenta millones viven con la presión alta, y la mayoría ni se ha enterado. Es el pan de muerto más grande de la historia, y lo estamos horneando entre todos, con ayuda de cada refresco, cada frappé y cada «solo hoy» que se repite trescientos sesenta y cinco días.

Mientras tanto, el chequeo preventivo se nos murió sin hacer ruido. En 2012 se hacía la prueba de diabetes poco más de uno de cada cuatro adultos; en 2022, apenas uno de cada ocho. Descanse en paz, sin flores, porque nadie se acordó de ponerle una veladora.

La salud pública, por su parte, pidió el 6% del PIB que recomienda la OMS y recibió un 2.4% con un échale ganas. Y cuando el infarto te alcanza en un hospital público, 28 de cada 100 pacientes no la cuentan, la cifra más alta de la OCDE. Lo curioso es que el propio IMSS ya demostró, con su protocolo Código Infarto, que esa cifra puede bajar a 7.7%. O sea: ya sabemos cómo salvar vidas. Lo que nos falta es la costumbre de hacerlo para todos.

Como en noviembre toca, ahí van dos calaveritas:

Decía el corazón: «Yo aguanto, soy músculo, no me rindo». Pero el frappé de temporada ya lo tiene medio hundido.

Pidió la salud pública lo que dice la OMS: seis; le dieron dos punto cuatro y un «échale ganas, ¿ves?».

Lo que la calavera quiere decirte

Pasada la risa, el mensaje es sencillo y no es nuevo: la muerte es inevitable, pero la muerte prematura no. Podemos morir a los noventa, con las nietas alrededor y un pan de muerto en la mano, o podemos morir a los cincuenta, de un infarto que se vio venir en una receta que nunca se pidió. La diferencia casi nunca es el destino. Casi siempre es un chequeo, un presupuesto y una decisión.

Y la culpa, para ser justos, no es solo del que se toma el latte ni solo del gobierno que no vigila el menú. Hay hábitos que son nuestros, hay precios, publicidad y hospitales que no lo son, y pasarnos la pelota unos a otros es la forma más cómoda de que nada cambie. Pedir una cita, medirse la presión y exigir que el primer nivel de atención sea algo más que un cartel en la pared es, a su manera, la ofrenda más bonita que podemos poner.

Epitafio

Esta noche pondremos pan, flores y la foto de quienes ya se fueron. Pongamos también algo más útil: una cita médica en el calendario.

Aquí yace el chequeo anual, murió joven y sin dolor; lo mató el «ahorita voy» y el «a mí no me da, señor».

Que la Catrina llegue tarde, y de puro viejo. Que lata el corazón, y que el latte, por favor, sea sin azúcar.