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UNAM, UAM e IPN: cuando la ciencia se enfrenta a dilemas energéticos

Las principales universidades públicas mexicanas evalúan la viabilidad del fracking. Un debate que refleja tensiones entre necesidad energética e impactos ambientales.
UNAM, UAM e IPN: cuando la ciencia se enfrenta a dilemas energéticos

Las universidades mexicanas en la encrucijada del fracking

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo acaba de anunciar la conformación de un colectivo de análisis integrado por expertos de instituciones académicas de primer nivel, encargado de examinar la posibilidad de desarrollar técnicas de extracción de hidrocarburos mediante métodos no convencionales. Este movimiento coloca a la investigación universitaria mexicana en el centro de una discusión que trasciende lo técnico para convertirse en un dilema ético, ambiental y energético.

La composición del grupo —encabezado por la UNAM, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Instituto Politécnico Nacional— representa un reconocimiento implícito de que estas decisiones no pueden tomarse sin el rigor académico. Diecisiete investigadores de trayectoria consolidada se sumarán a este ejercicio de evaluación, lo que sugiere una apuesta por fundamentar políticas públicas en evidencia científica. Sin embargo, esta convocatoria también expone una realidad incómoda: México sigue buscando soluciones energéticas mientras lidia con una matriz de dependencias complejas.

Contexto energético y presiones de corto plazo

Para entender por qué esta iniciativa resulta relevante, es necesario recordar el contexto. México enfrenta desafíos persistentes en su sector energético: producción petrolera en declive desde hace más de una década, plantas de refinación con capacidad limitada y una demanda de electricidad en aumento. El fracking —o fracturación hidráulica— se presenta frecuentemente como una respuesta a estas tensiones, permitiendo acceder a reservas de gas y petróleo en formaciones geológicas donde los métodos tradicionales resultan inviables.

Pero esta aparente solución técnica entraña complejidades que rebasan el ámbito ingenieril. Desde hace años, estudios en Estados Unidos, Argentina y otros territorios han documentado preocupaciones sobre contaminación de acuíferos, consumo intensivo de agua, incremento en la actividad sísmica y emisiones de gases de efecto invernadero. América Latina, en particular, ha visto cómo proyectos extractivistas prometedores generaron conflictividades sociales y daños ambientales subestimados inicialmente.

El rol crítico de las universidades públicas

La participación de estas tres instituciones mexicanas no es meramente simbólica. La UNAM, la UAM y el IPN cuentan con capacidades investigativas reconocidas globalmente en campos como geociencias, ingeniería, ecología y estudios socioambientales. Si realmente van a conducir una evaluación rigurosa de la viabilidad del fracking, tienen la responsabilidad de hacerlo sin sesgos operacionales previos.

Esto significa examinar no solo la factibilidad técnica, sino también: ¿cuáles serían los costos ambientales reales? ¿Qué impactos tendría en comunidades locales, especialmente en zonas donde la agricultura y el agua son recursos vitales? ¿Existe alternancia con inversiones en energías renovables? ¿Qué marcos regulatorios y de monitoreo serían necesarios para mitigar riesgos?

Innovación versus precaución

Es esperanzador que México apueste por evaluar tecnologías mediante el análisis científico serio. Pero también es crítico que este proceso no se convierta en una validación anticipada de decisiones ya tomadas en otros niveles de gobierno. Las universidades públicas tienen la misión histórica de pensar en el largo plazo, en los intereses colectivos que trascienden ciclos políticos.

La educación y la investigación de calidad son, en sí mismas, estrategias de futuro más seguras que la depender de extracciones aceleradas de recursos finitos. Mientras el mundo avanza hacia transiciones energéticas, México tiene la oportunidad de reflexionar sobre qué legado quiere construir. Las respuestas que estos expertos formulen no deberían ser solo técnicas, sino propositivas: orientadas hacia modelos que reconcilien necesidades presentes con responsabilidades futuras.

Transparencia y participación ciudadana pendiente

Un aspecto fundamental aún sin claridad es cómo se socializarán estos hallazgos y cómo participarán las comunidades potencialmente afectadas en el debate. La ciencia sin diálogo con la sociedad corre el riesgo de ser percibida como legitimación de arriba hacia abajo. México merece un proceso donde evidencia académica, voces locales y valores ciudadanos confluyan en construcción genuina de consenso.

La decisión sobre el fracking no es un asunto técnico puro: es una pregunta sobre qué tipo de desarrollo queremos. Las universidades públicas están en posición de iluminar esa conversación de manera integral.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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