Cuando la geopolítica golpea el bolsillo de los latinoamericanos
Mientras millones de personas en América Latina llenan sus tanques de gasolina o pagan facturas de servicios, una pregunta inquieta a economistas y analistas: ¿estamos ante un alza temporal de precios energéticos o ante un nuevo punto de equilibrio más elevado en los mercados mundiales?
La respuesta no es académica. Impacta directamente en lo que pagamos por transporte, alimentos y electricidad. Y aunque los conflictos ocurren a miles de kilómetros, sus ondas expansivas llegan hasta nuestras ciudades.
El efecto dominó que comienza en Oriente Medio
Las tensiones en Medio Oriente han generado volatilidad en los precios del crudo desde hace varios meses. Cuando aumenta la incertidumbre sobre el suministro global de petróleo, los mercados reaccionan inmediatamente. No es especulación pura; es la lógica de un producto que mueve la economía mundial.
En términos concretos: si el barril Brent se mantiene en rangos superiores a los 80-85 dólares estadounidenses por período prolongado, la gasolina en las estaciones se encarecerá. Un incremento de 10 dólares por barril puede traducirse en aumentos de 5 a 8 centavos por litro en nuestras economías, dependiendo de impuestos y márgenes locales.
Para un conductor promedio en México que gasta 1,500 pesos mensuales en combustible, esto significa 75 a 120 pesos adicionales cada mes. Para una familia argentina o chilena que depende del transporte público, el impacto es multiplicado por toda la cadena de costos logísticos.
¿Pánico de corta duración o cambio estructural?
Los analistas se dividen en dos campos. Algunos argumentan que cualquier resolución del conflicto podría devolver los precios a sus niveles previos en cuestión de semanas. Otros señalan que la fragilidad crónica del suministro global de petróleo—combinada con la transición energética en curso—podría mantener precios elevados de manera sostenida.
Esta segunda visión gana terreno. Las refinerías mundiales enfrentan limitaciones de capacidad. Las inversiones en nuevos campos petrolíferos se han ralentizado debido a presiones ambientales y financieras. Y la demanda de economías emergentes, incluidas varias latinoamericanas, sigue creciendo.
El dilema latinoamericano: ganadores y perdedores
No todos en la región sufren por igual. Para países como Colombia, México y Brasil—grandes productores petroleros—un barril más caro es beneficioso a corto plazo. Los ingresos fiscales aumentan, lo que en teoría debería mejorar espacios fiscales para educación o infraestructura. Colombia, por ejemplo, depende del petróleo para casi el 40% de sus ingresos de exportación.
Sin embargo, incluso estos países importadores netos de energía enfrentan presiones inflacionarias. Cuando sube el petróleo, suben también fertilizantes, plásticos y productos químicos derivados. El costo de producir alimentos se incrementa, afectando a millones de consumidores pobres para quienes la comida representa más del 50% del gasto.
Para países importadores netos como Perú, Uruguay o Centroamérica, el impacto es más directo y perjudicial. Pagan más por energía sin beneficios de producción local. Sus déficits comerciales se amplían y sus bancos centrales enfrentan presiones inflacionarias.
¿Qué pueden hacer los gobiernos?
Las opciones son limitadas pero existen. Algunos países han implementado subsidios temporales a combustibles, transfiriendo costos al presupuesto público. Otros han utilizado reservas de petróleo estratégico. Chile, por ejemplo, cuenta con fondos soberano que en momentos anteriores ha movilizado para estabilizar precios internos.
A mediano plazo, la respuesta es acelerar transiciones energéticas. Mayor generación solar, eólica e hidroeléctrica reduce exposición a volatilidades de petróleo. Pero estas transformaciones requieren años y inversiones que no siempre están disponibles.
El escenario probable para los próximos meses
Lo más probable es un escenario intermedio: volatilidad persistente sin colapso. Los precios podrían fluctuar entre 75 y 95 dólares el barril durante 2024-2025, por encima del promedio histórico de 60-70 dólares de la década anterior, pero sin alcanzar máximos de crisis (más de 120 dólares).
Para las familias latinoamericanas, esto significa ajustes graduales en presupuestos de transporte y servicios. Para los gobiernos, requiere políticas fiscales cuidadosas que protejan a poblaciones vulnerables sin generar déficits insostenibles.
La lección es clara: en un mundo integrado, la geografía económica importa menos que la interdependencia energética. Mientras Medio Oriente permanezca inestable, todos vivimos bajo la sombra de sus conflictos—incluso si están a 10,000 kilómetros de distancia.
Información basada en reportes de: El Financiero