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Tecnología e inclusión: el debate que México no puede perder en la ONU

Mientras la ONU discute población y tecnología, América Latina enfrenta el reto de garantizar que la innovación no deje atrás a las comunidades más vulnerables.
Tecnología e inclusión: el debate que México no puede perder en la ONU

Tecnología e inclusión: el debate que México no puede perder en la ONU

Esta semana, mientras Nueva York acoge los debates de la Comisión de Población y Desarrollo de Naciones Unidas, México y América Latina enfrentan una encrucijada crítica. No se trata solo de adoptar avances tecnológicos o invertir en investigación, sino de preguntarse para quién y por quién se desarrollan estas herramientas. La pregunta es incómoda, urgente y completamente ignorada en demasiadas mesas de decisión.

El encuentro internacional coincide con un momento en el que nuestro país experimenta transformaciones digitales aceleradas, pero profundamente desigual. Mientras algunas ciudades y sectores se benefician de tecnologías de punta, millones de mexicanos carecen de conectividad básica. En 2024, según datos del INEGI, casi el 25% de la población aún no tiene acceso a internet, una brecha que se ahonda en zonas rurales e indígenas. Esto no es una cifra más en un reporte; es la evidencia de que nuestro modelo de desarrollo tecnológico ha fallado a sus propios ciudadanos.

Lo que hace particularmente relevante esta sesión de la ONU es que coloca sobre la mesa una verdad incómoda: la tecnología no es neutral. Detrás de cada algoritmo hay decisiones humanas, sesgos culturales, intereses económicos. Y en América Latina, históricos receptores de tecnología importada, tenemos responsabilidad de cuestionarnos: ¿estamos adaptando estas herramientas a nuestras realidades, o estamos adaptando nuestras realidades a herramientas diseñadas en otros contextos?

Voces silenciadas en espacios de poder

La presencia de voces diversas, incluidas las de comunidades marginadas, en espacios como la ONU es fundamental pero insuficiente. Que representantes de comunidades muxes y otros colectivos históricamente excluidos participen en debates sobre población y desarrollo es un avance que celebrar. Pero celebrar sin exigir es caer en la complacencia.

La pregunta real es si esas voces tienen poder decisorio o simplemente están siendo escuchadas en performances diplomáticas. En México, sabemos cómo funcionan estas dinámicas. Consultamos, incluimos, escuchamos… y luego decidimos exactamente lo que ya habíamos planeado. Los espacios LGBTQ+, las comunidades indígenas, las mujeres rurales, los jóvenes sin oportunidades educativas: todos tienen perspectivas cruciales sobre cómo la tecnología y la investigación pueden transformar sus vidas. ¿Las estamos integrando realmente en el diseño de políticas, o solo en su ratificación?

El desafío mexicano: investigación sin aplicabilidad social

México destaca en América Latina por su inversión en investigación científica, pero enfrenta un problema estructural: el divorcio entre la producción de conocimiento y su aplicación social. Tenemos universidades excelentes generando investigación de nivel mundial, pero esa investigación con frecuencia no dialoga con las necesidades reales de poblaciones vulnerables.

Las universidades públicas mexicanas producen conocimiento valioso sobre tecnologías educativas, salud digital, agricultura de precisión. Pero cuando estos descubrimientos podrían transformar vidas en comunidades marginadas, el camino es largo, burocrático y con escaso financiamiento. Mientras tanto, corporaciones multinacionales llegan a esas mismas comunidades con soluciones tecnológicas diseñadas para maximizar ganancias, no para maximizar bienestar.

Oportunidades y caminos posibles

El debate que convoca la ONU esta semana representa una oportunidad para reposicionar la narrativa. No se trata solo de cuánta tecnología implementar, sino de qué tipo de futuro queremos construir. Algunas propuestas viables para México y la región:

Primero, crear incentivos para que investigadores mexicanos dirijan sus proyectos hacia problemáticas locales concretas: educación en zonas rurales, salud digital accesible, innovación en agricultura familiar. Segundo, fortalecer programas que lleven tecnología educativa a estudiantes de escuelas públicas, cerrando brechas desde la primaria. Tercero, garantizar que en cada decisión sobre políticas tecnológicas participen, con poder decisorio real, representantes de comunidades LGBTQ+, indígenas, mujeres y jóvenes marginados.

Cuarto, exigir a las corporaciones tecnológicas que operan en México una contribución social mensurable, no filantrópica. Y quinto, construir soberanía tecnológica que no signifique rechazar innovación, sino adaptarla a nuestros valores, nuestras necesidades, nuestras realidades.

El espejo de Nueva York

Mientras diplomáticos discuten en las Naciones Unidas, en México miles de estudiantes de primarias rurales no tienen siquiera un libro actualizado. Decenas de comunidades indígenas carecen de infraestructura de internet. Mujeres jóvenes sin acceso a educación técnica ven cerradas las puertas a empleos del futuro. Activistas LGBTQ+ enfrentan violencia digital sin leyes que les protejan.

El verdadero debate no ocurre en salones de conferencias. Ocurre en las decisiones que tomaremos después, en cómo traducimos palabras en presupuestos, en cómo transformamos compromisos internacionales en realidades cotidianas para quienes más lo necesitan.

México tiene el potencial, la capacidad investigativa y las mentes brillantes. Lo que falta es coherencia: alinear nuestros discursos internacionales de inclusión y desarrollo tecnológico con acciones concretas, medibles y radicalmente enfocadas en quienes han sido históricamente dejados atrás. Eso es esperanzador no porque sea fácil, sino porque es posible. Y es urgente porque cada día que no lo hacemos, las brechas se profundizan.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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