El espectáculo y la verdad incómoda
Cada cuatro años, el fútbol mundial nos reúne alrededor de una competencia que trasciende lo deportivo. Este año, con la Copa América desarrollándose en el continente americano, hemos presenciado nuevamente el fenómeno: activistas, medios y políticos utilizando el evento como tribuna para advertencias climáticas que, según algunos, rayan en lo sensacionalista.
Hay algo válido en cuestionarse el tono. Es cierto que existe una tendencia a dramatizar cada fenómeno meteorológico como evidencia apocalíptica. Pero aquí enfrentamos un problema más profundo que simplemente discernir entre alarma legítima y exageración. El verdadero riesgo está en que, al rechazar el «alarmismo», terminemos ignorando hechos incómodos que merecen atención seria.
El agotamiento de la credibilidad
Latinoamérica conoce bien este dilema. Somos la región que produce la narrativa climática para el mundo —la Amazonia, los glaciares andinos, los arrecifes caribeños— pero que paradójicamente sufre el mayor escepticismo sobre estas historias. Cuando un activista grita que el fútbol es incompatible con la emergencia climática, muchos ciudadanos con razón se preguntan: ¿por qué se detiene aquí el discurso? ¿Por qué los grandes eventos deportivos son el símbolo de la crisis, pero no lo son las políticas de deforestación, los subsidios a combustibles fósiles o la industrialización sin regulación?
El problema del alarmismo no es que mienta completamente. Es que selecciona cuáles verdades valen la pena comunicar, creando una jerarquía arbitraria que confunde más que ilumina. Un torneo deportivo genera emisiones. Cierto. Pero también genera empleos, inversión en infraestructura y, sí, también momentos de cohesión social que en nuestros países fragmentados no son triviales.
La trampa de la pureza imposible
Exigir que grandes eventos deportivos sean «climáticamente neutros» es como pedir que la medicina moderna sea totalmente libre de efectos secundarios. Es un estándar imposible que, cuando se aplica selectivamente, revela menos preocupación genuina y más una necesidad de tener razón.
Aquí en América Latina, vemos cómo estas críticas muchas veces vienen de actores externos que parecen desconocer nuestro contexto. Nuestros países necesitan desarrollo económico urgentemente. Rechazar inversiones y eventos porque no alcanzan estándares de sostenibilidad que ni siquiera las naciones ricas cumplen plenamente es, en realidad, un acto de paternalismo.
Hacia una conversación más honesta
Lo que necesitamos no es menos crítica climática, sino más crítica honesta. Una que reconozca que vivimos en un mundo donde los tradeoffs son reales. Donde los eventos deportivos tienen impactos ambientales, pero también efectos económicos y sociales que no pueden ignorarse.
La pregunta correcta no es si la Copa América debería existir. Es cómo hacemos que eventos de esta magnitud sean genuinamente más responsables, sin usar ese objetivo para crear discursos paralizantes que, al final, benefician a quienes prefieren no hacer nada.
Cuando el activismo climático se convierte en purismo, pierde su poder de transformación. Y cuando el escepticismo hacia el alarmismo se convierte en negación de hechos, también. En algún punto del camino, tenemos que ser lo suficientemente adultos para vivir con ambas cosas: reconocer que hay exageración retórica y que, simultáneamente, los cambios ambientales son reales.
El fútbol seguirá siendo jugado. Las emisiones de carbono seguirán siendo un problema. Y nosotros, como sociedad latinoamericana, seguiremos buscando el equilibrio entre el desarrollo que necesitamos y la sostenibilidad que prometemos. Ese equilibrio no se encuentra en los titulares de alarmismo, ni en la comodidad de la negación. Está en la incómoda verdad del medio.
Información basada en reportes de: Expansion.com