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Sheinbaum cierra la puerta al fracking: ambientalistas ven victoria en compromiso presidencial

La mandataria mexicana reafirma su promesa de campaña de prohibir la explotación mediante fractura hidráulica, un método que genera controversia ambiental en todo el continente.
Sheinbaum cierra la puerta al fracking: ambientalistas ven victoria en compromiso presidencial

El fracking en la mira: México apuesta por frenar una industria extractiva controvertida

En los pasillos del poder ejecutivo mexicano resuena un compromiso que miles de activistas ambientales esperaban escuchar: la prohibición del fracking en territorio nacional. La presidenta Claudia Sheinbaum, durante su primer trimestre de gobierno, reafirmó públicamente que la explotación de hidrocarburos mediante fractura hidráulica no tendrá lugar en México, rescatando así una de las promesas centrales de su campaña electoral.

Esta decisión representa más que una simple declaración política. Para organizaciones dedicadas a la defensa del medio ambiente, constituye un paso fundamental en la construcción de un modelo energético que no dependa de las lógicas del «capitalismo fósil», como lo han denominado críticos del sistema extractivista que ha dominado la región durante décadas.

¿Qué es el fracking y por qué genera tanta resistencia?

La fractura hidráulica, conocida coloquialmente como fracking, es una técnica de extracción de petróleo y gas natural que implica inyectar grandes volúmenes de agua, arena y químicos a alta presión en las capas profundas del subsuelo. El objetivo es crear fisuras en las rocas para liberar los hidrocarburos atrapados.

Desde el punto de vista de quienes la promueven, el fracking ha revolucionado la industria energética mundial, permitiendo acceder a reservas antes consideradas inviables. Sin embargo, para comunidades locales, investigadores ambientales y movimientos sociales, esta técnica representa una amenaza multidimensional: contamina acuíferos, consume cantidades enormes de agua dulce en regiones áridas, genera sismos y produce emisiones de gases de efecto invernadero.

En México, país donde millones de personas dependen de agua subterránea para beber y cultivar, estos riesgos adquieren particular relevancia. Regiones como Coahuila, donde existen yacimientos potenciales, han sido escenarios de movilización ciudadana en contra de proyectos extractivistas.

Un compromiso que resuena en Latinoamérica

La posición de México no es aislada en el continente. Países como Argentina enfrentan debates intensos sobre el desarrollo del yacimiento de Vaca Muerta, uno de los depósitos de gas de esquisto más grandes del mundo. En Chile, el gobierno ha enfrentado presión de movimientos ambientales para limitar la expansión extractiva. Colombia, por su parte, ha visto multiplicarse las movilizaciones contra nuevos proyectos petroleros.

En este contexto, la reafirmación mexicana de una prohibición al fracking envía una señal importante: existen gobiernos dispuestos a cuestionar el modelo desarrollista basado en la explotación intensiva de recursos naturales, aunque esto implique tensiones con sectores empresariales e intereses geopolíticos.

Las voces de los ambientalistas: victorias parciales en una lucha de largo aliento

Organizaciones ambientales han celebrado públicamente este compromiso, viéndolo como validación de años de trabajo de base, investigación y cabildeo. Sin embargo, también advierten que la prohibición del fracking no resuelve de fondo los desafíos energéticos de México ni la dependencia del país respecto a combustibles fósiles.

«No se trata solo de decir ‘no’ a una técnica específica», señalan analistas del sector. «Es necesario acompañar esta decisión con inversión real en energías renovables, en investigación científica propia, en empleos alternativos para trabajadores del sector energético».

El desafío de la transición energética

México enfrenta una encrucijada. Por un lado, posee potencial significativo en energía solar y eólica, especialmente en el norte del país y en zonas costeras. Por otro lado, sectores industriales, comunidades rurales y trabajadores han dependido históricamente de la cadena de hidrocarburos.

La prohibición del fracking, entonces, no es un punto final sino un punto de partida. Requiere diseño de políticas públicas que acompañen a trabajadores en transición laboral, que inviertan en infraestructura verde, que fortalezcan investigación científica nacional, y que garanticen que las decisiones energéticas se tomen con participación real de las comunidades afectadas.

Una apuesta por otro modelo posible

Lo que está en juego en esta definición no es solo una técnica extractiva, sino un modelo de relación entre el Estado, la naturaleza y las comunidades. La decisión de Sheinbaum responde a décadas de movilización social que ha cuestionado la idea de que el progreso económico debe necesariamente estar atado a la depredación de recursos naturales.

Millones de mexicanos enfrentan diariamente los costos invisibles del modelo extractivista: agua contaminada, aire enrarecido, tierra infértil. La prohibición del fracking es, en este sentido, un acto de justicia ambiental que reconoce que el derecho a un medio ambiente sano es tan fundamental como el derecho al trabajo o a la educación.

Sin embargo, la historia ha demostrado que los compromisos políticos requieren vigilancia ciudadana constante, presupuesto adecuado y gobernanza participativa para convertirse en realidad tangible. En los próximos meses y años, la tarea de los movimientos ambientales será asegurar que esta prohibición no quede en la letra de una promesa, sino que se traduzca en protecciones concretas para territorios, aguas y comunidades.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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