¿Resiliencia o ilusión? La apuesta de Wall Street en tiempos de incertidumbre
Los grandes centros financieros mundiales tienen una característica peculiar: desde sus torres de vidrio, tienden a ver el mundo de manera muy distinta a como lo experimentan quienes viven en sus márgenes. Esta semana, una destacada estratega de JPMorgan Asset Management ha expresado confianza en la capacidad de la economía global para absorber los impactos derivados de la escalada de tensiones en Medio Oriente, argumentando que una vez superado ese capítulo, los mercados seguirán su trayectoria alcista.
El mensaje es seductor: sí, hay turbulencia, pero es manejable. Los fundamentos del sistema son sólidos. La resiliencia prevalecerá. Es el tipo de narrativa que tranquiliza a inversores institucionales y que, en tiempos de volatilidad, tiene valor psicológico innegable. Pero ¿qué tan válido es este diagnóstico cuando lo observamos desde perspectivas geográficas diferentes?
La visión desde Nueva York versus la realidad latinoamericana
Aquí está el punto crucial: cuando analistas de grandes fondos globales hablan de resiliencia económica, casi siempre se refieren a economías desarrolladas con mercados profundos, instituciones fuertes y acceso diversificado a financiamiento. Estados Unidos, Europa, Japón. Países donde una crisis de Medio Oriente se traduce principalmente en fluctuaciones de precios de energía que, aunque importantes, no desmoronan el sistema.
Latinoamérica, en cambio, vive una realidad más frágil. Nuestras economías son más sensibles a shocks externos porque tienen menos amortiguadores. Una subida en precios de petróleo o gas afecta directamente la inflación doméstica. La incertidumbre geopolítica hace que inversionistas extranjeros reconsideren posiciones en activos de mercados emergentes. El dólar se fortalece, nuestras deudas en moneda extranjera pesan más, y el acceso a crédito se encarece.
El optimismo sobre una economía global «suficientemente resiliente» es, en gran medida, optimismo sobre Estados Unidos y sus aliados más cercanos. No es optimismo transferible automáticamente a nuestra región.
Los supuestos frágiles detrás de la confianza
Hay otro problema conceptual en esta visión tranquilizadora: asume que los conflictos geopolíticos se comportan de manera predecible, que hay un punto de inflexión después del cual todo vuelve a la normalidad. La historia geopolítica sugiere que esto es, con frecuencia, una ilusión peligrosa.
Las crisis de Medio Oriente tienden a evolucionar de manera impredecible. Lo que comienza como un episodio localizado puede expandirse, pueden surgir actores inesperados, los cálculos políticos pueden cambiar drásticamente. Asumir que será «superado» es hacer una apuesta sobre el futuro que, aunque posible, está lejos de ser garantizada.
Además, los mercados globales no son monolíticos. Mientras algunos sectores se benefician de ciertas perturbaciones (tecnología defensiva, energías alternativas, defensa), otros sufren severamente. Y una recuperación en términos agregados no significa que todos los actores económicos la experimenten por igual.
Lo que sí parece correcto en este análisis
No se trata de rechazar completamente la visión de optimismo. Hay elementos válidos. Los mercados financieros globales han demostrado, históricamente, capacidad para adaptarse a shocks. Los bancos centrales tienen herramientas. Las empresas multinacionales tienen diversificación. Hasta ahora, las sanciones y perturbaciones no han desencadenado una crisis sistémica como la de 2008.
Lo problemático es extrapolar esa resiliencia a contextos donde los supuestos son diferentes. Una cosa es que Wall Street se mantenga estable; otra es que esa estabilidad automáticamente beneficie o proteja a economías periféricas.
La pregunta que no se formula
Lo que raramente escuchamos de estos análisis de grandes fondos es una pregunta incómoda: ¿resiliencia para quién? ¿Para qué actores? Porque mientras los mercados agregados absorben shocks, trabajadores perden empleos, pequeñas empresas cierran, gobiernos recortan gastos sociales intentando estabilizar finanzas.
En Latinoamérica conocemos bien este patrón. Nos dicen que la economía es resiliente, que los fundamentales son sólidos, que pronto retomaremos el crecimiento. Mientras tanto, la desigualdad se profundiza y la clase media se erosiona.
Una conclusión incómoda
La resiliencia que describe JPMorgan Asset Management es probablemente real, pero limitada geográficamente. Es resiliencia de centros financieros, no de periferias. Es resiliencia de portafolios diversificados, no de trabajadores individuales o pequeños empresarios.
Quizá el verdadero aprendizaje no sea confiar en que los choques externos serán «manejables», sino reconocer que vivimos en un mundo donde esos choques son cada vez más frecuentes y donde el costo de absorberlos sigue siendo distribuido inequitativamente.
Para Latinoamérica, la pregunta real no es si la economía global es resiliente. Es cómo construimos nuestras propias estructuras de resiliencia, menos dependientes de pronunciamientos optimistas desde Nueva York y más ancladas en nuestras propias capacidades institucionales y productivas.
Eso sí sería noticia.
Información basada en reportes de: Www.df.cl