Un legado de caridad que transformó Tlalmanalco en el siglo XVIII
TLALMANALCO, Méx.- Religiosos de la Orden de Belém, llegados desde Guatemala, construyeron la primera escuela y hospital en Tlalmanalco durante el siglo XVIII. Esta institución fue el único nosocomio de la época en toda la zona oriente del actual Estado de México, marcando un hito en la historia sanitaria regional.
Hoy, el edificio que albergó estas instalaciones es sede de los poderes del ayuntamiento municipal, pero su importancia histórica trasciende sus muros. Detrás de su construcción existe una historia de necesidad, solidaridad y visión comunitaria que vale la pena recuperar.
La carencia que motivó una solución
Antes de la llegada de los religiosos bethlemitas, existía un hospital llamado La Concepción, administrado por franciscanos, pero ya había desaparecido. En 1722, cuando se solicitó autorización para construir un nuevo nosocomio, la documentación histórica reflejaba una realidad desgarradora: los habitantes de Tlalmanalco no tenían «en 12 leguas a la redonda ningún recurso ni alivio en sus enfermedades, pues destituidos del necesario abrigo, médico y medicinas, alimento apropiado y los demás necesarios para la sanidad, rinden la vida no tanto por lo grave del achaque cuánto a la imposibilidad del remedio».
Esta descripción, consignada en documentos coloniales sobre hospitales de la Nueva España, evidencia la urgencia sanitaria que enfrentaba la población local.
El presbítero que cambió el destino de un pueblo
El impulso decisivo para construir el hospital vino de un acto de generosidad: Miguel Morales Sánchez, presbítero, vecino y labrador de Tlalmanalco, legó la tercera parte de su fortuna para que se edificara un «Hospital de curación y beneficio de todo el vecindario de españoles e indios». Su celo, amor y caridad hacia los pobres quedaron plasmados en este gesto que transformaría la vida comunitaria.
Se estima que el legado ocurrió alrededor de 1722. Tres años después, en 1727, el Prefecto de la Orden Belém, Fray Bartolomé de la Cruz, obtuvo del Virrey Marqués de Casafuerte el permiso para tomar posesión del legado y tramitar la autorización real para la fundación.
La construcción con ayuda de la comunidad
El cabildo y alcalde de Tlalmanalco donaron la mitad de la plaza pública para que los tres frailes bethlemitas iniciaran las obras. Este espacio, «por estar fabricada a mano de los antiguos, comprendía en sí mucha piedra», material que los religiosos utilizaron inmediatamente para levantar las oficinas del hospital.
El apoyo económico fue crucial. La abuela del fundador, Doña María de Acevedo, contribuyó con 3,000 pesos, una suma considerable para la época. Además, otros donantes proporcionaron lienzos de pintura para adornar las instalaciones, reflejando el compromiso colectivo con la obra.
Primero la escuela, después el hospital
Curiosamente, la «escuelita de juventud» fue la primera en funcionar. A través del tiempo, tanto los hijos de españoles como los originarios del lugar recibieron educación en estas aulas. Con el paso de los años, la matrícula creció significativamente.
El hospital se terminó de construir el 1 de octubre de 1770. Pese a los altibajos propios de cualquier construcción de la época, fue nombrado oficialmente «El Hospital de Nuestra Señora de Guadalupe». En sus inicios, la escuela contaba con 175 alumnos.
Un cuadro como testimonio de devoción
La historia religiosa de la institución quedó documentada en una obra artística. En 1774, Don Gabriel del Varrio y Lara, natural de Castilla la Vieja, donó un cuadro del Descendimiento de Nuestro Redentor para adornar la escuela y hospitalidad de los religiosos bethlemitas. Esta pintura, aún guardada en los registros históricos, es testimonio de la devoción que inspiraba esta obra de caridad.
Un legado que permanece
Aunque el hospital y la escuela de los bethlemitas ya no funcionan con su propósito original, su edificio permanece como símbolo del compromiso histórico con la salud y educación pública. Hoy alberga la administración municipal, manteniendo viva la tradición de servir al pueblo que iniciaron aquellos religiosos guatemaltecos hace más de 250 años.