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¿Receta mágica o espejismo? El plan económico que promete transformar México

Un empresario mexicano plantea reducir impuestos y despedir funcionarios públicos. ¿Realismo o populismo económico? Analizamos la propuesta.
¿Receta mágica o espejismo? El plan económico que promete transformar México

La promesa del empresario: menos Estado, más mercado

En la política mexicana, cada cierto tiempo emerge una voz que promete soluciones radicales a los problemas económicos del país. Esta vez, proviene del sector empresarial. Durante una conversación pública, el magnate mexicano Ricardo Salinas Pliego presentó su visión de un México presidido por él: una reducción significativa del gasto público y una disminución drástica de la burocracia federal.

La propuesta suena seductora para ciertos sectores. En un país donde la percepción de corrupción estatal es generalizada y la ineficiencia administrativa es palpable, la idea de eliminar capas completas de funcionarios resuena como una solución de sentido común. Menos gobierno, menos robo, menos desperdicio. La lógica parece irrefutable en la superficie.

El atractivo del argumento simplista

Debemos reconocer algo incómodo: la crítica al exceso burocrático no es infundada. México tiene un Estado hinchado en algunos sectores e ineficiente en muchos. Las historias de dependencias fantasma, plazas heredadas y funcionarios que no justifican su existencia son reales y exasperan a ciudadanos que pagan impuestos. Ahí radica el poder de esta narrativa.

Sin embargo, aquí comienza lo complicado. Gobernar una nación de más de 128 millones de habitantes requiere infraestructura estatal. Educación, salud, seguridad, infraestructura vial, regulación ambiental, justicia: ninguna de estas funciones esenciales opera sin personas, sin presupuesto, sin coordinación. La pregunta real no es si existen burócratas innecesarios —probablemente los hay—, sino qué sucede cuando desmantelamos servicios públicos sin una estrategia de sustitución.

La lección de otros países

Latinoamérica tiene experiencias instructivas sobre este tema. En los años noventa, varios países de la región implementaron políticas de austeridad radical: recortes de personal estatal, privatizaciones aceleradas, minimización del gasto público. Los resultados fueron mixtos. Mientras algunos indicadores macroeconómicos mejoraron temporalmente, el costo social fue severo: degradación de servicios públicos, desigualdad creciente, y en varios casos, inestabilidad política posterior.

El problema fundamental de reducir drásticamente impuestos mientras se despide masivamente a funcionarios es que ambas medidas reducen simultáneamente tanto la capacidad estatal como la demanda interna. Los despedidos dejan de consumir. Las empresas pierden clientes. El desempleo sube. La informalidad se expande. Es un círculo regresivo que requiere años para revertirse.

La pregunta sobre la implementación

¿Cuál sería el mecanismo exacto? ¿Despedir a maestros de escuelas rurales? ¿Reducir efectivos policiales? ¿Eliminar inspectores ambientales o sanitarios? Estas preguntas parecen técnicas, pero son políticas. Cada corte tiene consecuencias reales para personas específicas y para la provisión de servicios que otros ciudadanos dependen.

Además, la rebaja de impuestos sin una estrategia de ampliación de base tributaria genera un agujero fiscal que no desaparece por decreto. O se asume deuda adicional, o se recortan más servicios aún, o se ajustan impuestos de otra manera. La aritmética pública es implacable.

Lo que merece reflexión

No es ingenuo argumentar que el Estado mexicano necesita eficiencia. Pero la eficiencia estatal no se logra únicamente con despidos masivos. Requiere reforma administrativa profunda, modernización tecnológica, rendición de cuentas, y sí, tal vez reducción de personal en algunas áreas específicas mientras se fortalece en otras.

El verdadero desafío —el que no se puede resolver con eslóganes— es diseñar un Estado más pequeño que sea simultáneamente más efectivo. Eso es complicado. Requiere diagnósticos precisos, no generalizaciones. Exige negociación política, no proclamas desde el sector empresarial.

Cuando alguien promete transformaciones mediante fórmulas simples —bajar impuestos, despedir burócratas—, merece una pregunta clara: ¿cuál es exactamente el plan, más allá de la retórica?

En política económica, como en medicina, los remedios universales suelen ser peligrosos.

Información basada en reportes de: Xataka.com.mx

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