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Paz proclamada, conflicto perpetuado: el paradójico legado de una administración

Mientras se promueven discursos de reconciliación, las acciones políticas revelan una lógica contradictoria que profundiza tensiones internacionales y afecta la estabilidad global.
Paz proclamada, conflicto perpetuado: el paradójico legado de una administración

La brecha entre el discurso pacifista y la política de confrontación

En los últimos años, hemos presenciado un fenómeno desconcertante en la política internacional: líderes que se presentan públicamente como defensores de la paz mientras sus acciones generan escaladas de tensión en diferentes regiones del mundo. Este contraste entre lo que se dice y lo que se hace representa una de las paradojas más preocupantes de nuestro tiempo, especialmente cuando afecta a millones de personas en Oriente Medio y repercute en la estabilidad global que nos impacta a todos.

La retórica de la paz es poderosa. Promete esperanza, estabilidad y prosperidad. Sin embargo, cuando esta narrativa no se acompaña de políticas coherentes, se convierte en un instrumento de manipulación política que confunde a la opinión pública y debilita la credibilidad de quienes la pronuncian. En América Latina, donde hemos vivido décadas de conflictos armados, sabemos bien que la verdadera paz no se construye con discursos vacíos, sino con acciones concretas, diálogos genuinos y políticas que disminuyan la violencia.

La reorganización del poder alrededor del miedo

Cuando una administración reorganiza sus estructuras de poder priorizando el orden coercitivo sobre el diálogo, el mensaje que envía es claro: la dominación prevalece sobre la comprensión. Este enfoque es particularmente preocupante en un contexto de tensiones geopolíticas, donde cualquier malinterpretación o escalada puede derivar en consecuencias catastróficas para millones de personas inocentes.

El establecimiento de instituciones ostensiblemente dedicadas a la paz, mientras simultáneamente se fortalecen mecanismos de represión y control, es una estrategia que históricamente ha demostrado ser contraproducente. En nuestras comunidades latinoamericanas, hemos visto cómo las políticas de mano dura sin acompañamiento social generan más violencia, no menos. El miedo como herramienta de gobierno no produce paz duradera; produce resentimiento, desigualdad y ciclos de violencia intergeneracional.

Las premisas contradictorias de una visión política

La búsqueda de reconocimiento internacional—simbolizada en la mención a los galardones por paz—sugiere una desconexión fundamental entre la autoimagen y la realidad de las acciones. Este divorcio entre lo que se cree merecer y lo que se hace efectivamente es un indicador de una política desconectada de sus consecuencias reales.

Para quienes vivimos en países que han sufrido guerras, invasiones e intervenciones externas, esta desconexión es especialmente frustrante. México ha experimentado décadas de violencia vinculada a dinámicas geopolíticas complejas. Sabemos lo que significa cuando las grandes potencias actúan movidas por intereses de poder disfrazados de principios morales. Sabemos el costo humano de las guerras justificadas por narraciones engañosas.

El desorden como herramienta política

La perpetuación deliberada del desorden es un mecanismo que mantiene a las poblaciones vulnerables en estado de incertidumbre permanente. Irán, como muchos otros países en Oriente Medio, ha enfrentado décadas de inestabilidad. Sus ciudadanos merecen seguridad y la posibilidad de construir vidas dignas, no ser utilizados como peones en juegos geopolíticos.

El desorden también facilita la consolidación del poder interno. Cuando existe caos, miedo y amenaza externa, las poblaciones tendentes a aceptar restricciones a sus libertades en nombre de la seguridad. Este patrón es reconocible en múltiples contextos, incluyendo nuestras propias experiencias latinoamericanas con autoritarismo disfrazado de orden.

Una perspectiva desde nuestras realidades

En México y América Latina, entendemos profundamente que la paz verdadera requiere justicia, inclusión económica y respeto a los derechos humanos. Las instituciones dedicadas a la paz sin cambios estructurales en las dinámicas de poder son meros gestos cosmético que insultan a quienes sufren las consecuencias reales de los conflictos.

La comunidad internacional, y especialmente aquellos de nosotros en regiones que hemos pagado un precio alto por los conflictos, tenemos la responsabilidad de exigir coherencia. Debemos cuestionar narrativas que no coinciden con acciones, desmantelar discursos que ocultan intenciones hegemónicas y construir espacios de diálogo genuino basados en principios de soberanía, autodeterminación y respeto mutuo.

La paz no es un trofeo para ganar o un reconocimiento para recibir. Es un proceso cotidiano de construcción conjunta, donde las acciones hablan más fuerte que cualquier institución ceremonial. Mientras el mundo observe estas contradicciones políticas, millones de personas ordinarias seguirán esperando por la paz que se promete pero se niega constantemente.

Información basada en reportes de: El Financiero

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