Cuando un evento mundial expone las fragilidades de una ciudad
México vuelve a ser centro de atención global. En 2026, cuando el país sea anfitrión de la Copa Mundial de Fútbol junto con Canadá y Estados Unidos, la Ciudad de México enfrentará uno de sus mayores retos logísticos en décadas. Las autoridades capitalinas ya advierten sobre colapsos potenciales en movilidad, servicios básicos y saturación urbana. Su respuesta provisional: suspender actividades educativas y promover trabajo remoto. Una medida que genera más preguntas que respuestas sobre la preparación real de la capital.
La propuesta no es anodina. Tocar el calendario escolar mexicano implica cuestionar la continuidad de un sistema educativo que ya enfrenta rezagos históricos. En un país donde aproximadamente 5.2 millones de menores están fuera de la escuela, según datos del INEGI, cualquier interrupción adicional del ciclo lectivo representa un retroceso que, irónicamente, pretende evitar un caos que aún no ocurre.
Antecedentes: las grandes citas y sus consecuencias no planeadas
No es la primera vez que México intenta organizarse para un evento de envergadura internacional. En 1968, los Juegos Olímpicos en la CDMX dejaron un legado urbano importante pero también masacres estudiantiles apenas diez días antes de la inauguración. En 1986, el Mundial fue manejado con mayor estabilidad, aunque sin las presiones de movilidad actuales.
Lo que ha cambiado dramáticamente es la ciudad misma. Con más de 21 millones de habitantes en su zona metropolitana, la CDMX es una megalópolis donde el caos de tráfico no es una posibilidad sino una condición cotidiana. Los estudios de movilidad muestran que un ciudadano capitalino pierde en promedio 59 horas anuales en congestionamientos. Multiplicar eso por un evento que atraerá a cientos de miles de visitantes internacionales no es especulación: es matemática urbana.
La educación como variable de ajuste
Lo preocupante es que el gobierno considere las aulas como una variable de ajuste fácil. Suspender clases presenciales durante semanas o meses—supuestamente para liberar espacios viales y servicios—normaliza la idea de que la educación es un lujo flexible cuando surgen emergencias.
Durante la pandemia, México sufrió el cierre escolar más prolongado de América Latina. Estudiantes de primaria y secundaria perdieron casi dos años de educación presencial. Los efectos son aún medibles: pérdida de aprendizajes, abandono escolar acelerado, incremento de violencia contra menores. Recuperarnos de eso sigue siendo una prioridad nacional pendiente. Plantear nuevas suspensiones, aunque sean puntuales, entra en contradicción con la urgencia de fortalecer la presencialidad.
¿Falta de planeación o realidad inexorable?
Cabe preguntar: ¿es esta medida evidencia de que las autoridades no han planificado adecuadamente la infraestructura para 2026? ¿O es una aceptación realista de que una ciudad de 21 millones de personas simplemente no puede funcionar normalmente cuando recibe a cientos de miles de visitantes simultáneamente?
La respuesta probablemente es: ambas. México ha invertido en infraestructura—ampliación de líneas del Metro, mejoras viales—pero insuficientemente para un evento de esta magnitud. Al mismo tiempo, ninguna ciudad del mundo de dimensiones comparables mantiene normalidad total durante un Mundial. Sin embargo, el problema radica en que el costo de esa anormalidad se transfiera al sistema educativo en lugar de a sectores menos vulnerables.
Una invitación a replantear prioridades
Este momento debería motivar un debate más profundo: ¿qué tipo de ciudad queremos ser después de 2026? ¿Una que cierra escuelas cuando surgen problemas, o una que invierte en movilidad, espacios públicos y servicios con visión de largo plazo?
Existen alternativas. Calendarios escolares flexibles en zonas específicas, refuerzo de transporte público, restricciones selectivas a circulación privada, aprovechamiento de la educación remota de forma complementaria (no restitutiva). Nada de esto es simple, pero nada es imposible si existe voluntad política real.
México tiene la oportunidad de mostrar al mundo que puede organizar un evento de tal magnitud sin sacrificar servicios esenciales como la educación. O confirmará, una vez más, que cuando la presión llega, los derechos de los niños y adolescentes son siempre los primeros en negociarse.
El desafío que viene
Faltan menos de dos años para 2026. Es tiempo de planificación ejecutiva, no de soluciones de parche. La CDMX tiene la capacidad, los recursos y el talento para demostrar que es posible ser sede de un evento global sin claudicar en educación. Eso sería un legado verdadero. Lo contrario sería apenas una suspensión más en una larga lista de interrupciones que nuestros estudiantes ya han padecido.
Información basada en reportes de: Xataka.com.mx