De mal en peor: el colapso del proyecto morenista
Las reuniones que realizan los morenistas en defensa de la soberanía no son más que una farsa para posicionar aspirantes a cargos de elección popular. Muchos de ellos son arribistas de otros partidos que simplemente cambiaron de color político sin transformar sus prácticas. El guinda no les queda bien porque sus formas siguen siendo las mismas de siempre.
Lo que ha sucedido en los últimos años representa una decepción monumental para la sociedad. El proyecto liderado por el «Señor Oscuro» levantó expectativas sin precedentes, prometiendo una transformación radical de la política mexicana. Pero la realidad demostró ser radicalmente diferente.
Corrupción en todos los niveles
La decepción permea todos los estratos de poder. Secretarios, legisladores federales y locales, presidentes municipales: todos aprovecharon sus posiciones para enriquecerse personalmente. Muchos alcaldes, que nunca soñaron estar donde están, se enquistaron en sus cargos como parásitos del presupuesto público, convirtiéndose en exactamente aquello que la sociedad se había cansado de combatir.
Estos funcionarios descubrieron que la única forma que conocen es la de pegarse a las «ubres gubernamentales», olvidando completamente los principios del movimiento que los llevó al poder. El tiempo de estos personajes es cada vez más corto, pero no por cambios reales, sino porque la población finalmente se cansa.
Una sociedad más informada y desencantada
La ciudadanía actual es más abierta, más informada y, por lo tanto, más difícil de engañar. Las supuestas reuniones de defensa de la soberanía demuestran únicamente la pobreza de ideas y la falta de poder de convocatoria de unos líderes que ya están «quemados» ante la población. El chapulineo político ha cansado a la gente.
Sin embargo, la oposición sigue siendo prácticamente inexistente. Permanece en el oscurantismo, esperando ingenuamente que la sociedad se canse de los morenistas para poder emerger como alternativa. Pero cuando llega el momento de las elecciones, muchos municipios carecen de nuevos rostros con propuestas genuinas.
La trampa del «menos peor»
Los jóvenes políticos con potencial no se animan a entrarle de lleno porque conocen el costo de enfrentarse a estructuras de poder enquistadas. Prefieren esperar un padrinazgo político que nunca llegará, en lugar de confiar en que sus propuestas pueden ser escuchadas y apoyadas por una ciudadanía hambrienta de alternativas reales.
El problema se repite en todos los ámbitos. Así como los ciudadanos pagan puntualmente impuestos, agua y predial, pero reciben un servicio deficiente —agua sucia, amarillenta, con olor, intomable— sin exigir mejoras, en política sucede lo mismo. Al no quejarse, la gente sigue apostando al «viejo conocido», aunque sea un chapulín político, un gandalla.
Cuando llega el momento de votar, los electores se encuentran frente a una boleta vacía de opciones reales. Al no existir verdadera competencia, votan por el «menos peor». Así, la población queda atrapada en un círculo vicioso donde no hay alternativas genuinas, y los mismos de siempre regresan al poder bajo diferentes siglas.
El futuro: incertidumbre y conformismo
Los que hoy se pintan de guinda seguirán siendo lo que siempre han sido. Quizás lo único que les resta es intentar ser «los menos peores» en las próximas evaluaciones rumbo a las elecciones del año que viene. La última palabra la tendrá la población, pero una población atrapada, sin opciones reales, sin verdadera oposición.
Esta es la realidad política actual: un conjunto de malos options que competirán por ser el menos malo. La soberanía que defienden en esas reuniones vacías no será más que una promesa incumplida, mientras la ciudadanía sigue pagando por servicios deficientes y conformándose con lo que recibe.
Para la reflexión, las palabras del pensador Henry Louis Mencken resultan proféticas: «¿Qué es una campaña política sino un esfuerzo concentrado para quitar a un grupo de políticos que son malos, y poner a otros que se cree que son mejores? La primera conclusión, creo que siempre es atinada; la segunda, es ciertamente falsa».