La ilusión se quiebra desde adentro
Hay un momento en la vida de todo proyecto político donde la realidad se impone sobre la narrativa. Morena está viviendo ese momento, y no es un simple tropiezo electoral ni una disputa de egos menores. Es la colisión inevitable entre la promesa fundacional y la práctica del poder.
Lo que comenzó como un movimiento antisistema hace una década, capaz de movilizar millones con discursos sobre honestidad y transformación, ahora enfrenta acusaciones internas de autoritarismo, imposición y traición a sus propios principios. Y esto no es una crítica externa. Viene de adentro, de quienes construyeron esa casa política ladrillo a ladrillo.
Cuando los fundadores se convierten en obstáculos
La pugna por el control en Sinaloa expone una paradoja incómoda: los gobiernadores morenistas, hombres y mujeres que llegaron al poder bajo la bandera del cambio, ahora luchan por mantenerse en posiciones de poder con las mismas tácticas que denunciaban en la oposición. El intento de recuperar una gubernatura, los desacuerdos sobre quién debe continuar en ciertos cargos, las versiones contradictorias sobre quién autoriza qué: todo esto suena familiar a cualquiera que haya estudiado la política latinoamericana.
No es novedad que los movimientos revolucionarios se coman a sus hijos. Desde la Revolución Francesa hasta las convulsiones de la izquierda latinoamericana en los sesenta, hemos visto este patrón una y otra vez. Lo que sí es preocupante es la velocidad y la crudeza con que está ocurriendo en México, apenas a mitad del sexenio.
El fantasma del caudillismo
Aquí toca nombrar lo que nadie quiere decir directamente: la concentración excesiva de poder en una sola persona nunca termina bien. Cuando las decisiones de una organización política dependen de la voluntad de un solo líder, incluso uno carismático y popular, se crea un vacío institucional que inevitablemente genera conflictos. Los segundos, los ambiciosos, los que creen que merecen más, terminan confrontándose no contra instituciones, sino contra una persona.
Esto explica las narrativas contradictorias sobre quién permitió o impidió ciertos movimientos políticos. Cuando no existen reglas claras, procedimientos transparentes ni límites definidos para el ejercicio del poder, la política se vuelve adivinanza. ¿Quién mandó? ¿Quién lo sabía? ¿Quién lo permitió? Son preguntas que deberían absurdas en un movimiento que prometía transparencia.
Lecciones de la región
América Latina ha aprendido a costa de sangre y lágrimas que los movimientos políticos sin instituciones robustas tienen fecha de vencimiento. Venezuela, Nicaragua, Bolivia en varios momentos: todos nos muestran el mismo guion. Liderazgo fuerte, movimiento cohesionado, promesas de cambio. Luego, la concentración del poder, las purgas internas, los enfrentamientos fratricidas. La diferencia es que México lleva apenas cinco años en este ciclo.
¿Qué está en juego?
No se trata simplemente de vanidades políticas o de quién ocupa qué cargo. Las fracturas en Morena tienen implicaciones profundas para la gobernanza nacional. Un movimiento dividido no puede implementar una agenda coherente. Un movimiento donde los conflictos se resuelven mediante imposición, no mediante instituciones, establece un peligroso precedente para la democracia mexicana.
La pregunta que debemos hacernos es incómoda: ¿se puede construir un proyecto político verdaderamente distinto manteniendo las mismas estructuras de poder personalista que criticamos? ¿O necesitamos algo más fundamentalmente diferente: instituciones que trasciendan a los individuos, reglas claras, límites al poder, espacios reales para la deliberación?
Reflexión final
Lo que está ocurriendo en Morena es más que un choque de personalidades. Es el primer gran test de si es posible transformar realmente las estructuras políticas en México, o si simplemente cambiamos el color del uniforme mientras mantenemos intactas las lógicas que siempre nos han gobernado. La respuesta a esa pregunta determinará mucho más que el futuro de un partido político. Determinará si el cambio en México fue profundo o solo superficial.
Información basada en reportes de: El Financiero