El precio que México paga por soñar en grande
Cuando hablamos de megaeventos deportivos, la conversación siempre gira alrededor de goles, récords y emociones. Pero existe otra dimensión, silenciosa pero contundente, que define el verdadero costo de estas ambiciones: la dimensión fiscal. México acaba de revelar un número que merece toda nuestra atención: 1 billón 671 mil 33 millones de pesos dejados de recaudar este año por distintos regímenes especiales vinculados, entre otros, con la organización del Mundial de fútbol.
Para dimensionar esta cifra en términos que realmente signifiquen algo: estamos hablando del 4.37 por ciento del Producto Interno Bruto nacional. Es decir, una cantidad de dinero equivalente a lo que genera la economía mexicana en aproximadamente tres semanas. Dinero que podría destinarse a hospitales, educación, infraestructura o seguridad, pero que en su lugar se sacrifica en el altar de las exenciones fiscales.
Los regímenes especiales: el corazón del debate
No se trata de un fenómeno nuevo ni exclusivamente mexicano. Los gobiernos latinoamericanos históricamente han otorgado tratamientos tributarios preferenciales para atraer megaproyectos deportivos. La lógica es seductora: si ofrecemos reducciones impositivas, las federaciones internacionales, los patrocinadores y los organizadores elegirán nuestro país. Y con ellos vendrán empleos, turismo, y esa intangible pero poderosa cosa llamada visibilidad global.
El problema es que esta ecuación casi nunca resulta como se promete. Los estudios académicos sobre los retornos reales de megaeventos deportivos en América Latina consistentemente muestran que los beneficios económicos prometidos rara vez materializan, mientras que los costos fiscales, de infraestructura y sociales sí lo hacen, sin excepción.
El Mundial como catalizador de cambios
México recibió la oportunidad de co-organizar la Copa del Mundo en 2026 junto con Estados Unidos y Canadá. Es una responsabilidad monumental y una oportunidad de proyección internacional. Pero también representa una prueba crucial: ¿podemos celebrar el deporte sin comprometer nuestras finanzas públicas?
La cifra de 1.6 billones no cayó del cielo. Detrás hay decisiones concretas: exenciones del Impuesto Sobre la Renta para trabajadores del evento, reducciones en el Impuesto al Valor Agregado para servicios relacionados, deducciones especiales para inversiones en infraestructura deportiva, y beneficios tributarios para patrocinadores y medios de comunicación.
Comparativa regional: ¿hacemos lo que otros hacen?
Brasil enfrentó crítica internacional en 2014 cuando gastó cerca de 15 mil millones de dólares en infraestructura para el Mundial mientras millones de ciudadanos carecían de servicios básicos. La pregunta entonces era inevitable: ¿cuál es la prioridad? Una década después, muchos estadios brasileños permanecen subutilizados y la deuda generada por el evento aún pesa en las finanzas del país.
Argentina, cuando organizó la Copa América 2021, adoptó un enfoque más medido, aunque también recurrió a exenciones tributarias para los entes organizadores. Chile, que canceló albergar la Copa del Mundo 2015 por presiones sociales internas, nos dejó una lección incómoda: hay momentos en que los ciudadanos reclaman prioridades distintas.
Las historias detrás del número
Lo que hace particularmente relevante este análisis es que no se trata solo de contabilidad abstracta. Esos 1.6 billones representan decisiones concretas sobre recursos limitados. Son empleos que no se generan en otros sectores, son medicinas sin subsidio, son becas educativas que no existen, son vías sin reparar.
Pero también es importante ser equitativo: el deporte tiene valor social real. Un Mundial genera entusiasmo, unidad nacional temporaria, inspiración para nuevas generaciones de atletas. El fútbol, especialmente en México y toda América Latina, es más que un juego: es identidad, es esperanza, es ese espacio donde comunidades enteras se sienten parte de algo mayor.
El dilema que persiste
La pregunta que debe hacerse México ahora es cómo balancear estas realidades. ¿Es posible organizar un Mundial exitoso sin renunciar a 1.6 billones en ingresos tributarios? ¿Existen modelos alternativos que otros países han explorado? ¿Deberían las federaciones internacionales de fútbol, que generan ganancias multimillonarias, asumir una mayor carga financiera?
Estas interrogantes no tienen respuestas simples. Pero sí exigen que, como sociedad, miremos más allá del marcador final y pensemos en el verdadero costo de nuestras ambiciones colectivas. El deporte es importante. Pero también lo es conocer exactamente qué precio estamos pagando por él.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx