Un paso hacia la medicina intercultural en México
La Secretaría de Salud ha tomado una decisión significativa al modificar la estructura del recientemente constituido Comité Nacional de Partería, abriendo espacios para que parteras y parteros tradicionales de comunidades indígenas y afromexicanas participen formalmente en las decisiones sobre atención materna en el país.
Este cambio representa un reconocimiento institucional a prácticas que han acompañado el embarazo y parto en México durante siglos, mucho antes de la medicina moderna occidental. Según especialistas en salud intercultural, la inclusión de estos saberes no es un retroceso, sino una estrategia de complementariedad que responde a realidades sanitarias específicas de territorios donde el acceso a hospitales es limitado.
Contexto: La partería en América Latina
En toda Latinoamérica, millones de mujeres recurren a parteras tradicionales. Datos de la Organización Panamericana de la Salud indican que en varios países de la región, entre 20% y 40% de los partos ocurren bajo asistencia de parteras no formalizadas. Lejos de ser cifras de atraso, reflejan una realidad: donde hay escasez de hospitales, las parteras son frecuentemente la única opción disponible.
Guatemala, Perú y Bolivia han avanzado en modelos de cooperación entre parteras tradicionales y sistemas de salud oficial. En estos países, la capacitación conjunta y el fortalecimiento de redes ha mejorado indicadores de mortalidad materna, especialmente en áreas rurales. México, con aproximadamente 7.8 millones de indígenas, había estado rezagado en este enfoque.
¿Por qué esta modificación es importante?
Durante décadas, el sistema de salud mexicano ignoró o criminalizó la partería tradicional. Esto generó que muchas mujeres indígenas enfrentaran dilemas: recurrir a prácticas ancestrales de confianza cultural o acceder a hospitales distantes donde no hablaban español y sentían discriminación.
La inclusión formal de parteras tradicionales en estructuras como el Comité Nacional permite varios beneficios. Primero, establece diálogos donde ambos sistemas sanitarios pueden comunicarse. Segundo, abre posibilidades para capacitación técnica—como reconocimiento de complicaciones obstétricas que requieren hospitalización—sin reemplazar el conocimiento tradicional. Tercero, visibiliza y valida el trabajo de mujeres que históricamente han sido invisibilizadas.
Un modelo de integración, no sustitución
Es crucial aclarar que reconocer a parteras tradicionales no significa abandonar infraestructura médica o formación profesional. Se trata de arquitectura sanitaria complementaria. Una partera tradicional capacitada en signos de alarma puede derivar oportunamente una emergencia. Un hospital que respeta protocolos culturales (permitir acompañamiento, usar idioma materno, respetar rituales) retiene la confianza de las comunidades.
Estudios del Instituto Nacional de Salud Pública mexicano y de instituciones como el Colegio de México han documentado que este enfoque mejora cobertura, satisfacción de usuarias y resultados perinatales en territorios indígenas.
Desafíos pendientes
La creación del Comité es apenas un paso. Quedan preguntas sobre financiamiento, capacitación continua, mecanismos de referencia y cómo se compensará el trabajo de parteras tradicionales. También será fundamental garantizar que su participación no sea meramente simbólica, sino con poder real en decisiones.
Además, la diversidad importa: no todas las comunidades indígenas practican partería de la misma manera. Tlaxcaltecas, mayas, nahuas y pueblos afromexicanos tienen conocimientos propios que merecen ser escuchados específicamente.
Perspectiva: Reconocimiento tardío pero bienvenido
Este reconocimiento llega cuando México enfrenta una crisis de mortalidad materna. Entre 2020 y 2022, murieron más de 5 mil mujeres embarazadas o en el puerperio, según datos de la Secretaría de Salud. Las tasas más altas se concentran precisamente en estados con mayor población indígena.
La pregunta no es si la partería tradicional es válida—claramente lo es—sino cómo construir sistemas donde todas las formas legítimas de cuidado materno trabajen juntas, priorizando siempre la vida y autonomía de las mujeres.
Con esta modificación, México se alinea lentamente con estándares internacionales de salud intercultural. Pero la tarea real apenas comienza: traducir esta decisión institucional en cambios concretos en comunidades, hospitales y vidas de mujeres embarazadas.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx