México en la encrucijada: ¿puede garantizar seguridad en una Copa Mundial?
Cuando un país se prepara para recibir al mundo, la seguridad deja de ser un asunto administrativo para convertirse en una cuestión de soberanía y credibilidad internacional. México enfrenta precisamente este dilema mientras planifica los operativos para la Copa del Mundo 2026, un evento que traerá a millones de visitantes a un territorio donde la violencia organizada sigue siendo una realidad incómoda que ningún discurso oficial puede disimular completamente.
El gobierno actual ha anunciado un protocolo de seguridad sin comparación con eventos anteriores. Esto no es casual. Las memorias de Brasil 2014 y Rusia 2018 están frescas en la mente de los planificadores globales. Sabemos que eventos de esta magnitud atraen no solo turismo legítimo, sino también delincuencia transnacional: tráfico de drogas, blanqueo de dinero, explotación sexual. No es paranoia; es historia documentada.
La ilusión del blindaje total
Aquí viene la verdad incómoda: no existe el blindaje perfecto. México, a pesar de sus recursos y capacidades institucionales genuinas, enfrenta una realidad estructural que ningún protocolo de inteligencia compartida puede resolver en cuatro años. El crimen organizado en Latinoamérica opera con sofisticación que trasciende fronteras nacionales. Las redes de narcotráfico que atraviesan México no respetan horarios de partidos de fútbol.
Cuando el gobierno menciona inteligencia compartida, habla de coordinación con organismos internacionales. Esto es positivo y necesario. Pero hay una pregunta que raramente se formula públicamente: ¿hasta dónde llega esa cooperación cuando toca intereses de potencias con presencia económica en la región? La historia de América Latina muestra que la seguridad compartida tiene límites políticos bien definidos.
El precedente incómodo: otros mundiales en tierra difícil
Sudáfrica 2010 demostró que es posible organizar un Mundial exitoso en un país con altos índices de criminalidad. Pero también mostró que la seguridad fue selectiva: protegió a los turistas ricos en las zonas adecuadas mientras barrios enteros fueron prácticamente sitiados. Brasil, con toda su experiencia, desplegó un Ejército de 85.000 elementos para 2014. El costo fue enorme, tanto económico como social.
México no puede (ni debe querer) replicar este modelo. Pero tampoco puede ignorar las lecciones. Un operativo de seguridad desproporcionado genera su propia violencia: militarización excesiva, abusos, desplazamiento de poblaciones. Hay un equilibrio imposible entre protección y libertad que los gobiernos latinoamericanos siempre enfrentan mal.
¿Neutralidad política en tiempos de polarización?
El comunicado oficial menciona neutralidad política como parte de la estrategia. En el México actual, esto suena casi ingenuo. La seguridad nunca es neutral cuando instituciones están atravesadas por corrupción, cuando gobiernos locales compiten por control territorial, cuando la desconfianza ciudadana en las fuerzas del orden es estructural. La neutralidad es un ideal que requiere instituciones que México aún está construyendo.
No es una crítica al gobierno actual específicamente. Es una observación sobre la complejidad de gobernar seguridad en un país donde el Estado comparte territorio con actores no estatales. Ningunear esto es irresponsable.
Lo que realmente importa
El éxito de México 2026 no se medirá únicamente en incidentes evitados. Se medirá en si el país logra mantener un evento global mientras sigue enfrentando sus problemas estructurales sin fingir que una Copa Mundial los resuelve. Requiere honestidad: explicar a los visitantes que viajaran a un país hermoso pero complejo, no a un parque temático aséptico.
Los recursos invertidos en seguridad del Mundial deberían ser también interrogados. ¿Podrían fortalecer instituciones policiales permanentemente? ¿Crearían capacidades que beneficien a ciudadanos mexicanos después de junio de 2026? O, como ha ocurrido en otras naciones, ¿desaparecerán con los últimos aficionados?
México tiene capacidad para organizar un Mundial seguro. Pero debe hacerlo con los ojos abiertos, sin promesas imposibles, con instituciones genuinamente fortalecidas. Eso es más honesto y, paradójicamente, más creíble que cualquier protocolo perfecto sobre el papel.
Información basada en reportes de: Perfil.com