El ascenso incómodo de México en la carrera digital
México acaba de mejorar su posición en el Índice Global de Conectividad de DHL, ubicándose en el lugar 78 entre 180 economías. A primera vista, parece una noticia celebrable. El país sube en los rankings, las inversiones en infraestructura digital avanzan, y hay más acceso a internet que hace cinco años. Pero aquí viene el pero: mientras México mejora su conectividad interna, su apertura comercial internacional permanece prácticamente congelada en el tiempo. Es como tener la carretera mejor pavimentada pero seguir conduciendo solo hacia el mismo vecindario.
Este fenómeno revela una tensión fundamental en el modelo económico mexicano que pocas veces se discute con claridad. La conectividad digital no es solo hardware y fibra óptica. Es también la capacidad de una economía para diversificar sus relaciones comerciales, atraer inversión desde diferentes regiones y no depender de un único mercado de destino. En el caso de México, esa dependencia es abrumadora: Norteamérica—léase principalmente Estados Unidos—concentra la mayor parte del comercio exterior del país.
¿Qué significa realmente estar en el lugar 78?
Cuando hablamos del ranking de conectividad de DHL, estamos hablando de un índice que mide cómo los países están integrados en las redes globales de comercio, logística e infraestructura digital. México mejorando posiciones suena positivo, pero hay que preguntarse: ¿conectividad hacia dónde?
La respuesta es incómoda. México tiene excelente conectividad con sus socios del Tratado de Libre Comercio. Los puertos mexicanos, los centros logísticos, las rutas de transporte: todo está optimizado para flujos norte-sur. Pero cuando intentas ver hacia otras regiones—Asia, Europa, América del Sur, África—la infraestructura se ve diferente. No porque no exista, sino porque históricamente no ha sido la prioridad.
Esto no es un problema puramente de cables y servidores. Es un problema geopolítico disfrazado de indicadores técnicos. Mientras México invierte en digitalización y conectividad regional, sigue siendo principalmente un corredor comercial para productos que se dirigen a Estados Unidos, no un hub verdaderamente diversificado.
El espejismo de la modernización sin diversificación
Aquí es donde la perspectiva crítica se vuelve esencial. Un país puede tener fibra óptica de última generación, centros de datos de clase mundial y velocidades de internet competitivas, pero si su economía sigue dependiendo de un único socio comercial, ¿realmente está mejor conectado globalmente?
La pregunta que debería hacerse es: ¿para quién funciona esta conectividad? Para las empresas multinacionales que necesitan mover productos desde fabricación mexicana hacia mercados norteamericanos, funciona perfectamente. Para los emprendedores locales que quieren exportar a Europa, Asia o África, la historia es diferente. Los costos de logística internacional siguen siendo altos, las conexiones comerciales menos desarrolladas, y las oportunidades menos visibles.
Este patrón no es exclusivo de México. Gran parte de América Latina enfrenta dilemas similares. Brasil domina en su región, pero también permanece relativamente aislado de mercados distantes. Colombia, Perú y Chile tienen iniciativas de conectividad digital, pero sus patrones comerciales siguen siendo desequilibrados. La diferencia es que México, por su proximidad con Estados Unidos, ha profundizado más esta concentración.
¿Qué se necesitaría para una verdadera integración global?
Mejorar en rankings de conectividad es necesario, pero insuficiente. Lo que México realmente necesita es una estrategia deliberada de diversificación comercial que acompañe a la infraestructura digital. Esto significa:
Primero, invertir en corredores comerciales hacia otras regiones. Las rutas marítimas hacia Asia, los acuerdos logísticos con Sudamérica, las conexiones digitales con Europa: todo esto requiere inversión pública y privada coordinada. Segundo, desarrollar sectores de valor agregado que no dependan de la proximidad geográfica con Estados Unidos. La manufactura de componentes electrónicos, el software, los servicios digitales: estos sí pueden prosperar con conectividad global, pero necesitan ecosistemas que los apoyen. Tercero, apoyar a las pequeñas y medianas empresas mexicanas para que accedan a mercados internacionales más allá de Norteamérica.
La lección incómoda
México está mejorando. Los números de conectividad lo demuestran. Pero hay una diferencia crucial entre estar conectado y estar verdaderamente integrado. El país puede subir 10 posiciones más en cualquier ranking, pero mientras el 80% de su comercio dependa de Norteamérica, esa mejora será más cosmética que estructural.
La narrativa corporativa y gubernamental tiende a celebrar estos avances en infraestructura digital como si fueran un fin en sí mismo. Pero la pregunta incómoda que pocos hacen es: ¿conectados para hacer qué? ¿Para profundizar una dependencia existente o para construir una economía más resiliente y diversificada?
Hasta que México no responda esa pregunta de manera integral, los rankings de conectividad seguirán siendo lo que son: números que suben, mientras la realidad económica permanece fundamentalmente igual.
Información basada en reportes de: El Financiero