México avanza en la transición hacia una aviación más limpia
La industria aeroportuaria mexicana enfrenta un desafío mayúsculo: reducir su huella de carbono en un sector que representa aproximadamente el 2-3% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. En este contexto, Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA), empresa estatal que gestiona las principales terminales del país, ha posicionado el desarrollo de combustibles sostenibles de aviación (SAF, por sus siglas en inglés) como eje central de su estrategia de descarbonización.
Esta iniciativa responde a una presión creciente tanto a nivel internacional como doméstico. México, como signatario del Acuerdo de París, se comprometió a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 35% para 2030 respecto a los niveles de 2000. El sector del transporte aéreo, particularmente relevante para una nación con una geografía dispersa que depende enormemente de la conectividad aérea, no puede quedar al margen de esta transformación.
¿Qué son los combustibles sostenibles de aviación?
Los SAF representan una alternativa a los combustibles fósiles tradicionales, derivándose de fuentes renovables como biomasa, residuos agrícolas, aceites usados y otras materias primas de bajo valor. A diferencia de lo que algunos creen, estos combustibles no son un concepto futurista: ya están certificados internacionalmente y en uso parcial en varias aerolíneas globales, generalmente en mezclas de hasta 50% con queroseno convencional.
Para Latinoamérica, esta transición cobra especial importancia. La región alberga ecosistemas únicos como la Amazonía y el Cerrado brasileño, cuya conservación es crucial para la regulación climática global. Un sector aéreo más limpio puede contribuir indirectamente a proteger estos espacios al reducir la presión económica que impulsa su degradación.
Contexto latinoamericano: oportunidades y desafíos
Mientras países como Brasil ya exploran la producción de SAF a partir de caña de azúcar, y Colombia avanza en iniciativas similares, México posee ventajas comparativas significativas. Su disponibilidad de biomasa residual, capacidad agroindustrial y localización geográfica como hub de conectividad aérea regional la posicionan estratégicamente. Sin embargo, desarrollar esta cadena de suministro requiere inversiones sustanciales y coordinación entre gobierno, sector privado y academia.
Retos de implementación en el contexto nacional
La producción de SAF a escala comercial aún enfrenta costos superiores a los combustibles convencionales. Mientras el queroseno de aviación ronda los 0.70-0.85 dólares por litro, los combustibles sostenibles pueden costar dos o tres veces más. Esto genera un dilema: ¿quién absorbe estos costos adicionales? Las aerolíneas y los pasajeros son reluctantes a aumentar tarifas, pero sin incentivos económicos o regulatorios, la transición se ralentiza.
La experiencia de otras regiones sugiere que políticas como subsidios temporales, exenciones fiscales o mandatos regulatorios que obliguen a las aerolíneas a usar porcentajes mínimos de SAF son efectivos. La Unión Europea ya implementa esquemas de este tipo, mientras que en América Latina aún predominan los compromisos voluntarios.
¿Qué significa esto para México y la región?
El liderazgo de ASA en esta materia podría generar efectos multiplicadores. Si los principales aeropuertos mexicanos —como los de Ciudad de México, Cancún y Monterrey— establecen infraestructura para SAF, incentivará a aerolíneas a aumentar su uso. Esto, a su vez, podría estimular inversiones en producción local, creando empleos en sectores de biotecnología y química verde.
Para pasajeros y ciudadanos, la relevancia es directa: cada tonelada de CO2 evitada contribuye a mitigar cambios climáticos que ya impactan a México con sequías prolongadas, huracanes más intensos e inundaciones. La aviación sostenible es una pieza del puzzle, no la solución total, pero su importancia es innegable.
El camino por recorrer
La apuesta de ASA es ambiciosa pero alcanzable. Lo crucial ahora es traducir estos compromisos en metas cuantificables, cronogramas claros y alianzas sólidas con proveedores de combustible, investigadores y aerolíneas. América Latina tiene la oportunidad de ser protagonista en esta transición energética, no solo espectadora. México, con su posición geoestratégica y capacidades industriales, puede liderar un cambio que beneficie tanto al planeta como a su propia economía.
Información basada en reportes de: Milenio