El sueño del dinero desaparecido en las carreteras mexicanas
Hace años que los gobiernos latinoamericanos juegan con la idea de las ciudades inteligentes, los pagos digitales, la automatización total. En México, la Agencia de Transformación Digital anunció recientemente una fecha concreta para prohibir el efectivo en las casetas de peaje. Suena bien en un comunicado de prensa. Suena como el futuro. Pero quien haya intentado pagar con tarjeta en una gasolinera rural o actualizar un trámite en una dependencia pública sabe que entre el anuncio y la realidad hay un abismo.
¿Por qué esto importa más de lo que parece?
El sistema de casetas de peaje no es solo infraestructura vial. Es un termómetro de la inclusión digital de un país. Aproximadamente 37 millones de mexicanos aún no tienen acceso a una cuenta bancaria formal. Millones más tienen celulares pero dependen del efectivo porque desconfían de sistemas digitales, porque no tienen cobertura confiable, o simplemente porque es lo que siempre han hecho. Cuando un gobierno anuncia «cero efectivo» en un servicio de transporte fundamental, está haciendo una apuesta: que el ciudadano promedio tiene las herramientas tecnológicas para funcionar en esta nueva realidad.
Brasil intentó algo similar con sus servicios públicos. Argentina aceleró la digitalización durante la pandemia. Los resultados fueron mixtos. Algunos usuarios prosperaron en el nuevo sistema. Otros quedaron excluidos temporalmente. Las pequeñas empresas de transporte se quejaron de comisiones bancarias. Los adultos mayores necesitaron capacitación.
La brecha entre promesa y entrega
El resumen de la noticia toca un punto incómodo que los gobiernos prefieren evitar: la ejecución. Es trivialmente fácil establecer una meta digital ambiciosa. Las presentaciones en PowerPoint lucen impecables. Los titulares generan expectativa. Pero ejecutar a escala nacional, en un país donde la conectividad aún es desigual, donde existen miles de puntos de venta operados por pequeños empresarios con limitados recursos tecnológicos, donde la burocracia mueve con inercia… eso es otra historia.
¿Habrá suficientes puntos de recarga de saldo digital antes de la fecha límite? ¿Qué pasará con los conductores que no tienen acceso a servicios financieros? ¿Cuándo fue la última vez que una transformación digital en México se implementó sin retrasos significativos?
El verdadero test: inclusión o exclusión
Lo que realmente está en juego aquí no es la tecnología —esa existe y funciona en otros países—. Es la pregunta incómoda sobre quién gana y quién pierde en una transición así. Los conductores urbanos con tarjeta de crédito y acceso a apps de pago verán esto como una modernización bienvenida. Los transportistas rurales, los informales, quienes dependen del efectivo, podrían enfrentar barreras reales.
Una transformación digital responsable requiere más que una fecha en el calendario. Requiere infraestructura duplicada durante meses de transición. Requiere educación pública genuina. Requiere fondos para que pequeños operadores actualicen sus sistemas. Requiere un plan para quienes queden rezagados, no un abandono de facto.
Lecciones del continente
Colombia comenzó su transición a pagos digitales hace una década. Hoy reporta que más del 70% de transacciones son sin efectivo, pero tomó tiempo, inversión y paciencia. Chile modernizó su sistema de transportes, pero enfrentó protestas cuando dejó fuera a poblaciones vulnerables. Perú avanzó lentamente, reconociendo que no todos tienen igual capacidad de adaptación.
¿Entonces? La realidad entre el optimismo y el escepticismo
No se trata de ser anticuado rechazando la modernidad. La digitalización es inevitable y, correctamente implementada, genera eficiencias reales. El efectivo en casetas sí es ineficiente, más lento, más caro de manejar. El problema es que en México, como en buena parte de Latinoamérica, los gobiernos histórico anuncian transformaciones como si fueran inevitables leyes de la física, cuando en realidad son cambios sociales complejos que requieren planificación, recursos y, honestamente, humildad.
La pregunta que debería hacerse no es cuándo desaparece el efectivo. Es: ¿para cuándo está listo el país? Y esa respuesta, basada en datos reales de inclusión financiera, sigue siendo incómoda.
Información basada en reportes de: El Financiero