El eterno retorno de la política local
La política en los municipios enfrenta un dilema persistente: los actores políticos, tanto morenistas como de la oposición, prometen cambios que nunca llegan. Mientras candidatos y autoridades perpetúan esquemas de poder heredados, la sociedad sigue esperando respuestas efectivas a problemas concretos como abandono, inoperancia administrativa y falta de gestión real.
Dos bandos, un mismo problema
Los políticos morenistas —los «puros» y los «impuros»— enfrentan una contradicción fundamental: intentan llegar a espacios de poder sin trastocar los intereses establecidos, tanto a nivel local como en las líneas de mando que los gobiernan desde otras latitudes. Quienes lo intentan son, en muchos casos, los mismos personajes que fueron relegados, aquellos que ya demostraron tener intereses personales ligados a la ambición antes que al cambio sustancial.
Si realmente quisieran transformar las cosas, ya lo hubieran hecho. El hecho de que no lo hayan hecho es indicativo de sus verdaderas intenciones. Por eso la sociedad no los mira como alternativa seria, sino como «más de lo mismo». Ante esta realidad, muchos ciudadanos piensan que es mejor «malo conocido que bueno por conocer».
Caciquismos con nuevas caras
En municipios donde no existen cuadros confiables ni personas capaces de hacer la diferencia, los esquemas de poder simplemente cambian de forma sin cambiar de fondo. Ya no habrá herederos directos que dejen sus mandos a hijos o hermanos, pero llegarán otros con la intención de ser títeres de nuevos patrinos. Algunos incluso han colocado a sus allegados en nóminas municipales sin que estos generen valor alguno para la población.
Lo que importa a la sociedad no es quién anda con quién, sino que trabajen de verdad a favor de la población y ejecuten bien lo que les encargaron. Esa es la historia de siempre, y parece seguir la misma ruta.
La oposición también es cómplice
Los aspirantes que buscan arrebatar el poder a los caciques políticos locales no han sido capaces de señalar con claridad qué está mal en sus comunidades. La oposición, simplemente, no existe como tal. Han sido cómplices silenciosos de la inoperancia, asumiendo que lo que se hace es suficiente y correcto, cuando no es así.
Tanto autoridades como opositores han perdido contacto con la sociedad y ese poder de convocatoria que alguna vez tuvieron. Esta situación deja sin espacio de acción a una población ávida de cambios reales y respuestas efectivas.
Las reelecciones: el poder perpetuado
Las autoridades municipales seguirán pegadas al poder mientras la ley se lo permita. Un claro ejemplo son las reelecciones: ya son 14 los alcaldes actuales que buscan continuar en sus cargos. Las encuestas que avalan estas candidaturas son, en realidad, una manipulación aberrante de resultados.
Si estos presidentes municipales buscaron la reelección es porque las cosas ya están platicadas y acordadas. Los diputados locales y federales están de acuerdo, y todos continuarán en lo mismo bajo diferentes etiquetas.
La trampa de los aspirantes internos
Quienes pugnan por cargos dentro del mismo partido, de entrada no tienen alternativas reales. Les faltan recursos para competir en una contienda abierta y genuina. Para quienes ya están en el poder, estas candidaturas internas no representan amenaza alguna, especialmente si provienen de la misma militancia morenista que promete hacer «contra» a quienes gobiernan.
Desafortunadamente, ese no es el camino. Están condenados a perder y a desintegrarse. Lo único que alcanzarán serán posiciones internas —cuando mucho, alguna regiduría—, y la diferencia para la sociedad será nula.
Engaños que ya no funcionan
Con reuniones internas y promesas de candidatos, los políticos solo se engañan a sí mismos. La sociedad ya no se deja dormir. Porque, en esencia, son lo mismo. ¿Quién apostará a más de lo mismo?
Los intereses estatales también cuentan
El actual gobierno estatal cuenta con respaldo del Congreso local para aprobar iniciativas y presupuestos sin mayores observaciones. Mientras mantenga esa mayoría, ¿por qué cambiarla? Es más seguro políticamente mantener lo que existe que apostar a cosas nuevas, especialmente cuando los intereses están a tope en un periodo que coincide con elecciones federales.
Las promesas de candidatos «elegidos» son eso: promesas del poder, de algo que no cambiará a menos que se le arrebate con acciones reales y no con discursos vacíos.
Para la reflexión
«Un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable». John Galsworthy


