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Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

A un siglo de Amauta, la revista que desafió a occidente desde Lima, recordamos por qué el pensador peruano sigue siendo incómodo para las izquierdas dogmáticas.
Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

Hay momentos en la historia intelectual latinoamericana donde un nombre, una publicación, un proyecto se convierte en punto de quiebre. José Carlos Mariátegui y su revista Amauta representan exactamente eso: la negativa a aceptar que el pensamiento revolucionario debía llegar empacado desde Europa, con instrucciones en idiomas que nuestros pueblos apenas comprendían.

Hace un siglo, cuando en Lima comenzó a circular aquella revista de portadas audaces y contenido incendiario, el marxismo en América Latina aún gateaba. Era una importación, generalmente mal digerida, donde los intelectuales de izquierda repetían fórmulas soviéticas sin preguntarse si esas fórmulas tenían sentido en tierras donde los campesinos hablaban quechua, donde la explotación tenía rostros indígenas, donde la historia no seguía los guiones que Marx había escrito para la industrialización europea.

Mariátegui fue diferente, y eso lo hace peligroso todavía. No rechazó el marxismo—lo asimiló, lo metabolizó, lo reinventó. Entendió que un socialismo auténticamente peruano no podría ignorar la realidad andina, la persistencia de la comunidad indígena, las formas de organización que habían sobrevivido siglos de colonialismo. Mientras otros marxistas latinoamericanos buscaban proletarios en fábricas que apenas existían, Mariátegui miraba hacia el campo, hacia el ayllu, hacia las estructuras comunitarias que podían ser semillas de una revolución genuina.

Lo revolucionario de Amauta no fue solo lo que decía, sino cómo lo decía. Era una revista para pensar, no para predicar. Publicaba a escritores, artistas, intelectuales de distintas corrientes. Combinaba análisis político riguroso con creación cultural. Entendía—y aquí está el punto—que no puede haber transformación social sin transformación cultural, sin que los pueblos reconozcan su propia dignidad en las ideas que los convocan a la lucha.

En nuestros días, cuando celebramos cien años de Amauta, vale la pena preguntarse qué quedó de esa lección. Las izquierdas latinoamericanas, fragmentadas y frecuentemente domesticadas, ¿recuerdan aún que el marxismo debe ser herramienta de liberación concreta, no catecismo importado? ¿O hemos terminado repitiendo los errores que Mariátegui criticaba: importar soluciones, ignorar particularidades, confundir la repetición de consignas con el pensamiento crítico?

El legado de Mariátegui es incómodo precisamente porque nos obliga a pensar. No nos permite la comodidad de los dogmas, ya sean de derecha o de izquierda. Nos dice que cualquier proyecto emancipatorio debe nacer del conocimiento profundo de la realidad que pretende transformar, que la tradición puede ser revolucionaria si la reinterpretamos con honestidad, que la cultura no es decoración sino fundamento.

Mientras el marxismo eurocéntrico se debilitaba en el viejo continente, Mariátegui demostraba que en América Latina podía adquirir una vitalidad distinta. No porque fuera «menos marxista», sino porque entendía que el verdadero universalismo del pensamiento crítico reside en su capacidad de arraigarse en lo particular, de hablar desde la sangre y la tierra de cada pueblo.

Cien años después, Amauta sigue siendo una revista para releer. Y Mariátegui, un pensador para seguir estudiando—no como monumento, sino como provocación intelectual. Su pregunta central permanece vigente: ¿cómo construimos un proyecto de liberación que sea genuinamente nuestro, que no traicione nuestras raíces ni renuncie a la universalidad de las aspiraciones humanas? En tiempos de confusión ideológica, esa es una pregunta que vale la pena seguir haciendo.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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