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Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

A cien años de Amauta, la revista que desafió al dogmatismo europeo. Mariátegui nos recuerda que las ideas revolucionarias deben enraizarse en la tierra que pisan.
Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

Mariátegui: cuando el marxismo aprendió a hablar en quechua

Hay momentos en la historia intelectual latinoamericana que merecen más que un recuerdo académico. El centenario de la revista Amauta, fundada por José Carlos Mariátegui en 1926, es uno de ellos. No porque sea una efeméride más en nuestro calendario de conmemoraciones olvidadas, sino porque representa algo que hoy, con urgencia, necesitamos recordar: que las ideas universales solo tienen sentido cuando aprenden el idioma de su tierra.

Mariátegui cometió un acto de rebeldía intelectual que sus contemporáneos apenas comprendieron. En una época en que la izquierda latinoamericana copiaba mecánicamente los esquemas soviéticos, este periodista y pensador peruano se atrevió a plantear una pregunta incómoda: ¿por qué el socialismo europeo debería ser nuestro modelo si nuestras realidades son radicalmente distintas? Más aún: ¿qué tenemos nosotros para aportar a la teoría revolucionaria mundial?

La revista Amauta, nombrada así en honor al sabio inca, no fue simplemente una publicación de izquierda más. Fue un acto de descolonización del pensamiento. Mientras el marxismo ortodoxo hablaba de obreros industriales y clase trabajadora urbana, Mariátegui miraba hacia las comunidades indígenas, hacia las formas ancestrales de organización comunitaria, hacia la realidad multiétnica del continente. Reconocía en el ayllu andino no una reliquia del pasado, sino una estructura viva con capacidad revolucionaria propia.

Esto no era romanticismo ingenuo. Era materialismo histórico aplicado con honestidad intelectual. Mariátegui entendía que cualquier proyecto socialista en el Perú y en América Latina debía resolver la cuestión indígena, no como un problema secundario o folklórico, sino como la contradicción fundamental de nuestras sociedades. El latifundio, la explotación, la exclusión política: todos estos problemas tenían raíces que se hundían en la conquista y la colonización.

Lo que hace vigente a Mariátegui no es que haya acertado en todo—sus análisis tienen limitaciones comprensibles para su época—sino que formuló la pregunta correcta: ¿cómo construir una emancipación que no sea una imitación, sino una creación auténtica? En pleno siglo XXI, cuando vemos movimientos indígenas redefining la política en Bolivia, Ecuador y Perú, cuando vemos gobiernos que reconocen cosmovisiones no occidentales, cuando debatimos sobre la plurinacionalidad, Mariátegui sigue siendo profético.

Su marxismo era heterodoxo, y eso lo hizo potente. No era un marxista que rechazaba la tradición; era alguien que insistía en que el marxismo mismo era incompleto si no se enraizaba en tradiciones que los europeos desdeñaban. La revista Amauta convocó a artistas, intelectuales y activistas no para recitar catecismo revolucionario, sino para pensar colectivamente cómo sería un socialismo peruano, indoamericano, auténtico.

Hoy enfrentamos un dilema similar al de Mariátegui, aunque con diferentes coordenadas. En tiempos de crisis climática, estamos descubriendo que la sabiduría indígena sobre la relación con la naturaleza no es decorativa sino vital. En tiempos de fragmentación política, vemos que los pueblos originarios mantienen formas de democracia deliberativa que la Occidente «moderno» ha olvidado. En tiempos de desigualdad extrema, sus análisis sobre explotación siguen siendo pertinentes.

No se trata de idealizar a Mariátegui ni de pretender que tiene todas las respuestas. Se trata de recuperar su método: el rigor intelectual combinado con la humildad de aprender de las realidades concretas, el internacionalismo que no borra lo local, la convicción de que otra forma de pensar es posible cuando se atiende a lo que efectivamente existe en el terreno.

A cien años de Amauta, la pregunta sigue siendo la misma, pero más urgente: ¿Somos capaces de pensar con cabeza propia? ¿De construir proyectos políticos y sociales que sean nuestros, que dialoguen con la tradición universal pero que no sean copias? Mariátegui nos invita a dejar de ser intelectualmente colonizados. La tarea pendiente sigue siendo nuestra.

Información basada en reportes de: Elespectador.com

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