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Lucero González: tres décadas de rebeldía visual en la lente

La fotógrafa mexicana presenta una retrospectiva que resume su búsqueda obsesiva por la libertad estética y la autenticidad en la imagen.
Lucero González: tres décadas de rebeldía visual en la lente

Cuando la cámara se convierte en acto de libertad

Hay fotógrafas que documentan el mundo. Hay otras que lo cuestionan, lo desafían, lo reinventan cada vez que presionan el obturador. Lucero González pertenece a esta segunda categoría, a esa estirpe de artistas visuales que entienden la fotografía no como registro pasivo sino como declaración de principios. Después de treinta y cinco años frente a la lente, la artista mexicana se permite ahora una pausa reflexiva: la exhibición que lleva por título Llama en los ojos funciona como síntesis, como conversación íntima con quienes deseen asomarse a su universo visual.

«Siempre he buscado la libertad en el sentido más amplio posible», afirma González en declaraciones que revelan la filosofía que ha guiado su obra. No se trata de una libertad meramente técnica o estética, sino existencial. Es aquella libertad que permite a una creadora hacer exactamente aquello que su intuición le dicta, sin genuflexiones ante modas efímeras ni presiones del mercado. En Latinoamérica, donde la fotografía ha sido históricamente un medium de denuncia social y testimonio político, elegir la libertad creativa sin concesiones es un acto revolucionario en sí mismo.

Tres décadas de búsqueda visual

La trayectoria de González coincide con transformaciones profundas en México y en la región. Comenzó su trabajo cuando la fotografía analógica dominaba, cuando cada disparo requería cálculo, cuando la imagen era preciosa antes de ser capturada. Luego vio la llegada de la era digital, la democratización de las cámaras, la explosión de contenido visual. A lo largo de estas décadas, ha mantenido algo constante: esa mirada propia que no busca agradar sino comunicar, que prefiere la verdad incómoda a la belleza confortante.

Lo interesante de una retrospectiva como esta no es solo ver cómo ha evolucionado la técnica, sino rastrear cómo una sensibilidad artística permanece fiel a sí misma incluso mientras todo cambia alrededor. Esto requiere un coraje peculiar. En un mundo donde la imagen se consume a velocidad vertiginosa, mantener una postura autoral clara es casi un acto de resistencia.

La metáfora de la llama

El título elegido, Llama en los ojos, es revelador. No habla de la fotografía como técnica fría sino como pasión, como intensidad. La llama sugiere combustión, energía, algo vivo. Ubicarla en los ojos—ese órgano que es tanto instrumento como ventana del alma—subraya que la fotografía, para esta artista, es fundamentalmente un acto de ver consciente, de mirada política e íntima simultáneamente.

En la tradición fotográfica latinoamericana encontramos precedentes de esta actitud. Desde las imágenes testimoniales de Magdalena Herrera hasta la poesía visual de Flor Garduño, existe una línea de creadoras que han usado la fotografía como forma de conocimiento y como gesto libertario. González se inscribe en esta genealogía, aunque con su propia voz inconfundible.

Una muestra, varias lecturas

Lo que promete ser «una probadita» del trabajo de González es, paradójicamente, una invitación a profundizar. Las retrospectivas selectivas tienen esta capacidad: al elegir algunos trabajos sobre otros, revelan tanto lo que incluyen como lo que excluyen. Funcionan como confesiones editadas, como autobiografías visuales donde cada imagen cuenta además de mostrar.

Para quienes siguen la fotografía contemporánea en México y Latinoamérica, esta exhibición representa una oportunidad de diálogo con una obra que ha permanecido, quizás, menos visible en los circuitos institucionales de lo que merece. Porque aunque la fotografía se ha democratizado en plataformas digitales, las miradas verdaderamente autorales—aquellas que no buscan validación sino conversación—se vuelven cada vez más necesarias.

El legado de hacer lo que se quiere

En su declaración de principios, González menciona que ha hecho «lo que se me ha dado la gana». Leído en clave actual, esto significa resistencia contra la homogenización, rechazo a las fórmulas de éxito fácil, insistencia en la coherencia personal por encima de la rentabilidad. No es egoísmo caprichoso; es disciplina de la autenticidad.

Cuando una artista que ha trabajado tres décadas se atreve a presentar su obra de manera retrospectiva, está ofreciendo algo raro: una vida entera pensada a través de imágenes. Llama en los ojos no es solo una muestra. Es un manifiesto visual sobre qué significa crear en libertad, sobre cómo la fotografía puede ser simultaneamente acto estético y acto político, sobre cómo la visión personal, cuando es verdadera, nunca deja de ser también universal.

La invitación está hecha. Queda ver quién se atreve a mirar directo a esa llama.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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