Martes, 8 de septiembre de 2026 Edición Impresa
Recientes
El nuevo intermediario invisible: cómo las IA compran por nosotrosMéxico apuesta por su propia inteligencia artificial: un plan para gobernar mejorJóvenes latinoamericanos: salud mental y seguridad, las urgencias de una generaciónUruguay exporta innovación: nueva tecnología contra el tinnitus llega a mercados globalesGobernadora de Nuevo México rechaza propuesta de Trump de cambiar nombre estatalLa incertidumbre de Banxico: ¿Qué esperar si la FED sube tasas?América Latina necesita actuar ahora: por qué la prevención es más barata que la crisisLa frontera sur de México: replanteando su futuro económico en la era TrumpEl nuevo intermediario invisible: cómo las IA compran por nosotrosMéxico apuesta por su propia inteligencia artificial: un plan para gobernar mejorJóvenes latinoamericanos: salud mental y seguridad, las urgencias de una generaciónUruguay exporta innovación: nueva tecnología contra el tinnitus llega a mercados globalesGobernadora de Nuevo México rechaza propuesta de Trump de cambiar nombre estatalLa incertidumbre de Banxico: ¿Qué esperar si la FED sube tasas?América Latina necesita actuar ahora: por qué la prevención es más barata que la crisisLa frontera sur de México: replanteando su futuro económico en la era Trump

Los cementerios reinventan su rol: entre lo sagrado y lo comercial

Buenos Aires debate qué lugar ocupan los espacios funerarios en la ciudad contemporánea mientras México muestra otros caminos posibles.
Los cementerios reinventan su rol: entre lo sagrado y lo comercial

Cuando los muertos se vuelven protagonistas de la vida urbana

Los cementerios han sido siempre lugares de silencio obligatorio, espacios donde la ciudad parece detenerse y donde los vivos acuden en procesión solemne a mantener vivos los recuerdos. Pero en las últimas décadas, estos territorios han comenzado a transformarse. Ya no son solo depósitos de memorias; se están convirtiendo en lugares de encuentro, aprendizaje, incluso de esparcimiento. Esta metamorfosis plantea preguntas incómodas sobre qué es apropiado hacer en un cementerio y qué significa el respeto en contextos cada vez más plurales.

La propuesta del gobierno porteño de licitar una antigua bóveda en el Recoleta para instalar un comercio con venta de alimentos y bebidas ha abierto una grieta en la conversación pública. El anuncio no es menor: toca el corazón de la identidad necrológica de Buenos Aires, ese cementerio que alberga a presidentes, escritores, músicos y personajes que conforman la mitología local. Convertir parte de ese espacio en un emprendimiento mercantil suena, para muchos, como una profanación. Para otros, es una oportunidad de reimaginar espacios infrautilizados.

Un mapa de posibilidades

Lo interesante es que Buenos Aires no está inventando el agua tibia. En distintos rincones del mundo hispanohablante, los cementerios ya experimentan con nuevas funciones. Las caminatas temáticas que recorren las tumbas de personajes icónicos han proliferado en ciudades como México, Madrid y la propia Buenos Aires. Son recorridos que funcionan como clases al aire libre de historia, literatura y cultura popular. Los participantes descubren historias que los libros escolares omiten, conectan con patrimonio que está literalmente bajo sus pies.

Las visitas nocturnas representan otra vertiente. Algo en la oscuridad y la quietud de la madrugada invita a la reflexión. Estos paseos atraen a personas que buscan experiencias contemplativas, que quieren enfrentarse de manera menos tradicional con la mortalidad, que necesitan espacios donde la muerte no sea un tabú sino un tema de conversación genuina. No es morbosidad —o no solo eso—; es una búsqueda de sentido en tiempos donde la muerte ha desaparecido de nuestras vidas cotidianas.

Los talleres de escultura de lápidas y creatividad funeraria abren otro horizonte. Transforman cementerios en espacios de creación artística. Cuando alguien aprende a tallar una piedra o a diseñar un monumento, está participando en un oficio ancestral que conecta con la dignidad del recuerdo. Es una democratización de algo que antes era privilegio de especialistas.

La lección mexicana

México ofrece quizás el modelo más elocuente de cómo pueden coexistir la irreverencia y la solemnidad en espacios cementeriales. El Día de Muertos transforma los panteones en territorios vivos, coloridos, llenos de música y comida. No es falta de respeto; es una filosofía distinta sobre cómo la comunidad se relaciona con sus difuntos. Los muertos no están separados sino integrados en la celebración. Esta cosmovisión precolombina, que sobrevivió a siglos de evangelización, nos recuerda que existen otras maneras de estar en estos lugares.

La pregunta de fondo

El verdadero debate no es si vender café en un cementerio es de mal gusto. Es más profundo: ¿qué significan estos espacios para una ciudad que ha perdido referencias comunitarias? ¿Cómo honramos a nuestros muertos en una sociedad donde incluso el duelo se ha vuelto privado? ¿Puede un espacio ser simultáneamente memorial, educativo y funcional?

Buenos Aires, con su obsesión por la arquitectura funeraria y su culto a personajes enterrados en el Recoleta, tiene la oportunidad de pensar esto con inteligencia. No se trata de elegir entre la solemnidad y la vida, sino de reconocer que los cementerios siempre han sido espacios donde ambas coexisten. Lo que cambia es que ahora queremos hacerlo más visible, más accesible, menos clandestino.

Quizás el verdadero respeto no es mantener estos lugares como mausoleos inmóviles del pasado, sino permitir que sigan siendo territorios donde los vivos siguen buscando respuestas sobre cómo vivir.

Información basada en reportes de: La Nacion

🗞️
Edición Impresa Leer ahora →