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La voz silenciada: pueblos originarios exigen reconocimiento en la escena del rock

Músicos indígenas denuncian discriminación sistemática que los excluye de la narrativa oficial del rock mexicano, reclamando visibilidad y legitimidad histórica.
La voz silenciada: pueblos originarios exigen reconocimiento en la escena del rock

La voz silenciada: pueblos originarios exigen reconocimiento en la escena del rock

En los últimos años, mientras la industria musical mexicana celebra sus iconos y consagra legados, existe una historia paralela que permanece invisible en los libros de texto y las grandes plataformas: la del rock originario, esa música que surge desde comunidades indígenas y que desafía, tanto musicalmente como socialmente, las narrativas hegemónicas del género.

Damián Martínez, fundador de Sak Tzevul, una banda emblemática que fusiona ritmos del rock con influencias de la cultura maya, levantó recientemente la voz para denunciar una realidad incómoda: existe un clasismo profundo en la forma en que se documenta, se valida y se celebra la música rock en México. «Los roqueros indígenas queremos ser parte de la historia del rock mexicano», expresó, resumiendo en una frase la frustración de múltiples artistas que crean desde sus territorios, con sus propias perspectivas y cosmogonías.

Un silencio histórico persistente

La exclusión de propuestas musicales originarias del compendio oficial del rock nacional no es un accidente; es el resultado de estructuras de poder que han operado históricamente en la industria cultural mexicana. Durante décadas, las narrativas dominantes sobre qué es «auténtico» rock, qué merece circulación en medios y qué será recordado en la historia, han sido construidas desde centros urbanos y élites culturales que reproducen prejuicios clasistas y raciales.

Este fenómeno no es exclusivo de México. En toda Latinoamérica, comunidades indígenas que producen música de resistencia, de identidad y de creatividad moderna encuentran puertas cerradas en las estructuras de promoción y reconocimiento. Desde Perú hasta Guatemala, bandas de pueblos originarios crean desde la periferia, sin acceso a los recursos de distribución, marketing y legitimación que reciben sus contrapartes urbanas.

Rock con raíces, música con territorio

Lo que caracteriza al rock originario no es simplemente una etiqueta folclórica aplicada a guitarras eléctricas. Se trata de una fusión genuina donde los músicos incorporan elementos sonoros, líricos y conceptuales de sus propias tradiciones. El resultado es una propuesta artística que mantiene vigencia contemporánea mientras reafirma identidades culturales frecuentemente atacadas o marginalizadas por el Estado y la sociedad mayoritaria.

Sak Tzevul, cuyo nombre significa «Flor Blanca» en maya, ejemplifica esta síntesis. Sus integrantes no están «tradicionales con guitarras», sino creando genuinamente desde su ser indígena en el siglo XXI. Existe una diferencia fundamental entre la apropiación folclórica y la creación desde la identidad. La primera exotiza; la segunda enraíza.

Las barreras estructurales del reconocimiento

Las razones de esta exclusión son múltiples y entrecruzadas. Primero, está la cuestión de acceso: comunidades originarias enfrentan mayores obstáculos para acceder a equipamiento, espacios de ensayo, conexiones con medios de comunicación y plataformas de distribución digital. Segundo, existe un prejuicio estético donde lo «auténtico» indígena debe verse de ciertas formas, sonar de ciertos modos, no desafiar las expectativas coloniales sobre cómo «deben ser» los pueblos originarios.

Tercero, y quizás más estructural, los curadores, críticos y periodistas que escriben la historia oficial del rock en México reflejan las propias exclusiones de una sociedad racista. Si los espacios de poder mediático están ocupados por personas de élites urbanas, las narrativas que construyen tenderán naturalmente a reproducir sus perspectivas y a invisibilizar lo que ocurre fuera de sus círculos.

Un reclamo de justicia histórica

La demanda de Damián Martínez y artistas como él no es un pedido de caridad o de cuotas de representación. Es un reclamo de justicia: que la historia se escriba de manera más honesta, que se reconozca la existencia y valor de contribuciones que siempre han estado ahí, y que se cuestione quién tiene el poder de decidir qué entra en el canon.

Este reconocimiento importa materialmente. Cuando una banda es incluida en compendios, antologías y narrativas históricas, accede a mayores posibilidades de giras, patrocinios, enseñanza en instituciones académicas y transmisión intergeneracional de su legado. Es decir, la invisibilidad en la historia tiene consecuencias económicas y de sustentabilidad artística.

Hacia una escena más inclusiva

El camino adelante requiere de acciones concretas. Medios de comunicación deben ampliar sus coberturas más allá de circuitos mainstream. Instituciones académicas y museos deben revisar sus colecciones y narrativas con perspectiva crítica. Festivales y espacios de presentación deben garantizar participación diversa. Pero también requiere un cambio más profundo: que la sociedad mexicana reconozca el clasismo y racismo que opera en la cultura, y que esté dispuesta a desafiarlo.

La música de los pueblos originarios no necesita ser legitimada por instituciones hegemónicas. Existe con o sin reconocimiento oficial. Pero existe una diferencia importante entre ignorar algo y reconocer su valor. Esa diferencia es la que Sak Tzevul y otros músicos originarios están exigiendo: que su presencia sea visible, documentada y celebrada como parte integral de la historia cultural de México.

Es hora de que el rock mexicano, en toda su riqueza, sea escrito desde todas las voces que lo crean.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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