La trampa fiscal detrás de los despidos tecnológicos

Cuando Meta anunció el despido de 10,000 empleados en 2022, Mark Zuckerberg lo justificó como un ajuste necesario hacia la «excelencia en la ejecución». Cuando Twitter eliminó la mitad de su plantilla bajo el nuevo mando de Elon Musk, se habló de eficiencia operativa. Amazon, Microsoft, Google: todas las grandes tecnológicas han despedido decenas de miles de trabajadores mientras sus ejecutivos argumentaban que era por productividad. Pero hay un detalle que ninguno mencionó: la realidad fiscal estadounidense cambió radicalmente en 2017, y ese cambio creó incentivos económicos perversos que recompensan los despidos masivos sobre la inversión en innovación.

La historia comienza en 1954, hace 70 años, cuando Estados Unidos estableció un mecanismo fiscal simple pero potente: las empresas podían deducir inmediatamente sus gastos en investigación y desarrollo del año fiscal en el que se realizaban. Esto significa que si una compañía gastaba 100 millones de dólares en I+D, podía restar esa cantidad completa de sus impuestos ese mismo año. La lógica detrás de esto era clara: si queremos que las empresas innoven, hagamos que sea rentable invertir en innovación.

Durante más de 60 años, este incentivo funcionó. Las corporaciones estadounidenses invirtieron en laboratorios, en personal científico, en proyectos de largo plazo. Hubo despilfarros, sin duda, pero también avances genuinos. El mecanismo alineaba los intereses de las empresas con los del país.

El cambio silencioso que nadie vio venir

En 2017, la administración Trump aprobó la «Tax Cuts and Jobs Act», una reforma fiscal masiva que dominó los titulares por su reducción en la tasa corporativa del 35% al 21%. Pero enterrada en los detalles técnicos, casi sin cobertura mediática, estaba un cambio tectónico: la eliminación de la deducción inmediata para gastos de I+D. De repente, las empresas no podían restar estos gastos en el año en que los hacían. Tenían que «capitalizarlos» y deducirlos lentamente durante cinco años.

¿Por qué importa esto? Porque convierte la inversión en innovación en algo fiscalmente ineficiente. Los dólares que antes valían el beneficio tributario completo ahora valen una fracción de ese beneficio, diluido en el tiempo. Simultáneamente, despedir empleados tiene consecuencias financieras inmediatas y tangibles: una empresa que reduce nómina ve resultados en su balance trimestral. Para los accionistas y ejecutivos que reciben bonos basados en ganancias trimestrales, el incentivo está claro.

Números que cuentan una historia diferente

Los defensores de los despidos hablan de «optimización» y «agilidad». Pero los datos sugieren otra narrativa. Las empresas tecnológicas estadounidenses que han despedido masivamente no han reducido significativamente sus presupuestos totales de operación. Lo que han hecho es reasignar recursos: menos investigadores, más publicidad; menos ingenieros junior, más consultores externos; menos inversión a largo plazo, más recompra de acciones.

En el contexto latinoamericano, esto importa porque nuestra región depende de la innovación que generan esas empresas estadounidenses. Cuando ellas dejan de invertir en investigación fundamental, nosotros recibimos las consecuencias: menos oportunidades para colaboración científica internacional, menos transferencia de tecnología, menos demanda para talento regional. Además, establece un patrón que eventualmente copia la industria tecnológica local.

La narrativa que no cuadra

Los CEOs insisten en que los despidos son sobre eficiencia operativa y ajustes de mercado. Pero ¿por qué entonces se despide a personas altamente productivas en divisiones rentables? ¿Por qué los ejecutivos reciben bonos récord mientras despiden al personal que genera los productos? Las respuestas están en incentivos que van más allá de la productividad real.

Lo fascinante es que esta dinámica fue construida accidentalmente por política fiscal, no por naturaleza de mercado. Significa que podría revertirse. Si Estados Unidos restaurara la deducción inmediata de I+D, o incluso ofreciera un supercrédito fiscal para inversión en investigación, los incentivos cambiarían de nuevo. Las empresas volvería a considerar la innovación como inversión estratégica rentable, no como costo a minimizar.

El silencio de los reguladores

Lo que permanece callado en esta historia es notable por su ausencia. Prácticamente ningún regulador o legislador ha conectado públicamente los cambios fiscales de 2017 con los patrones de despidos de 2022-2024. Es como si la reforma tributaria y sus consecuencias laborales ocurrieran en universos paralelos.

La lección para latinoamérica es clara: las políticas fiscales tienen consecuencias reales en empleos reales. Cuando diseñamos nuestros propios códigos tributarios y reformas, necesitamos pensar más allá de tasas de impuesto. Necesitamos preguntarnos: ¿qué comportamiento corporativo estamos incentivando? ¿Queremos empresas que innoven o que optimicen? ¿Que expandan o que se contraigan? Las respuestas están escritas no en los discursos de los ejecutivos, sino en las columnas de los códigos fiscales.

Información basada en reportes de: Xataka.com.mx