La trampa del proteccionismo: cuando las potencias evitan enfrentarse
Existe una paradoja incómoda en la política comercial contemporánea que pocos se atreven a nombrar directamente: las grandes potencias, dotadas de recursos formidables para confrontar directamente sus intereses, frecuentemente optan por métodos indirectos que afectan a terceros. Es como si dos boxeadores profesionales, en lugar de pelear en el ring, decidieran golpear a los árbitros y a los espectadores.
Esto es exactamente lo que ocurre en la actual pugna entre Washington y Pekín. Ambas potencias poseen herramientas sofisticadas de presión económica: aranceles selectivos, restricciones tecnológicas, sanciones financieras. Sin embargo, en lugar de utilizarlas de manera frontal y transparente, recurren a estrategias que distorsionan las rutas comerciales globales, generando turbulencias en mercados que nada tienen que ver con sus disputas.
Para Latinoamérica, esta dinámica es particularmente problemática. Nuestra región ha visto cómo los esfuerzos de competencia entre potencias se traducen en volatilidad de precios de commodities, restricciones a las exportaciones, y una presión constante para alinearse con uno u otro bando. No se trata de una elección genuina, sino de una imposición disfrazada de oportunidad.
¿Por qué la confrontación directa resulta incómoda?
La respuesta es más compleja que simplemente hablar de cobardía. Un enfrentamiento comercial abierto entre EE.UU. y China tendría costos políticos domésticos significativos. Ambas economías están entrelazadas de maneras que una generación anterior consideraba imposible: cadenas de suministro interdependientes, inversiones cruzadas, consumo mutuo de productos.
Una escalada frontal requeriría que Washington y Pekín estén dispuestos a asumir el daño a sus propias poblaciones. Los precios internos subirían. El desempleo aumentaría. Las ganancias corporativas se erosionarían. Por eso, inconscientemente quizás, ambos gobiernos han optado por una estrategia de transferencia de costos: hacer que terceros países absorban el impacto.
Esto revela algo más profundo sobre el sistema comercial actual: no es tan multilateral como pretende ser. Es fundamentalmente un sistema donde los más fuertes pueden externalizar sus conflictos.
El costo para los intermediarios
Los países medianos y en desarrollo enfrentamos una realidad perversa. Cuando China amplía sus restricciones tecnológicas contra firmas estadounidenses, estas buscan alternativas en otros mercados. Cuando Washington impone nuevas regulaciones, las corporaciones buscan evasión a través de terceras jurisdicciones. Nosotros nos convertimos en los amortiguadores de una contienda ajena.
Brasil, México, Colombia, Chile: todas nuestras economías han sentido los efectos de decisiones tomadas en Washington y Pekín sin nuestro consentimiento. Los aranceles a la soja brasileña, las restricciones a las exportaciones tecnológicas mexicanas, la volatilidad del cobre chileno. Nada de esto es coincidencia. Es el resultado de una competencia que se niega a sí misma siendo lo que realmente es: una guerra económica con reglas de juego amañadas.
¿Qué debería suceder?
Si las potencias actuaran con verdadera honestidad, deberían negociar sus diferencias de manera explícita, con transparencia total, asumiendo sus propios costos. Una confrontación justa es aquella donde quienes la provocan son quienes la sufren, no aquellos que simplemente están tratando de hacer negocios.
Para nuestra región, la lección es clara: necesitamos dejar de comportarnos como peones en tableros que no controlamos. Esto no significa aislacionismo, sino una diplomacia mucho más sofisticada que reconozca que el verdadero poder no solo se ejerce a través de la alineación, sino a través de la negociación desde nuestra propia fortaleza.
La pregunta no debería ser si EE.UU. es cobarde o no. Debería ser: ¿hasta cuándo permitiremos que otros definan las reglas del juego que todos jugamos?
Información basada en reportes de: RT