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La trampa de la incertidumbre: por qué México no despega

Sin reglas claras y predecibles, los inversionistas huyen. México tiene potencial, pero le falta el contrato social que el capital demanda.
La trampa de la incertidumbre: por qué México no despega

La trampa de la incertidumbre: por qué México no despega

Hace poco, un directivo del sector financiero señaló algo que parece obvio pero que México sigue sin resolver: los inversionistas necesitan saber a qué atenerse. No es capricho empresarial. Es supervivencia económica.

Cuando alguien arriesga capital —dinero que podría quedarse en casa, invertido en bonos seguros o en cualquier otro lugar del mundo— necesita tener claridad sobre las reglas del juego. No certeza absoluta, que eso no existe. Claridad: instituciones que cumplen lo que prometen, regulaciones que no cambian cada seis meses, un sistema legal que funciona sin negociaciones en pasillos oscuros.

México lleva décadas prometiendo ser el próximo tigre económico. Tenemos población joven, ubicación estratégica, acceso a mercados de talla mundial y recursos naturales considerables. En teoría, deberíamos estar entre los gigantes económicos de Latinoamérica con mucho más músculo que el que mostramos. Pero la teoría choca contra una realidad incómoda: nuestra economía crece a un ritmo que haría sonrojar a cualquier proyecto de inversión serio.

La pregunta incómoda es: ¿por qué? La respuesta no es una, son varias, y todas se conectan con esa palabra maldita que los inversionistas repiten como mantra: incertidumbre.

El costo invisible de la volatilidad institucional

En América Latina, México no está solo en este dilema. Brasil enfrenta cambios políticos constantes que generan nerviosismo. Colombia lidia con conflictividad social estructural. Argentina sufre ciclos de crisis que parecen interminables. Pero cada uno ha enfrentado estos desafíos de maneras distintas, con resultados variados.

Lo que diferencia a los países que logran atraer inversión de los que no es justamente la capacidad de mantener reglas consistentes incluso cuando hay cambios de gobierno. Singapore lo aprendió hace décadas: el capital es cobarde y celoso. Si percibe que las instituciones son débiles, que los derechos de propiedad no están garantizados o que las políticas cambiarán drásticamente cada administración, se va a donde haya más confianza.

En México, la incertidumbre viene de múltiples frentes. Reformas judiciales que generan dudas sobre la independencia del poder judicial. Cambios regulatorios en sectores clave como la energía que desalientan nuevas inversiones. Una percepción de que el diálogo entre gobierno y sector privado es más confundido que constructivo. Todo esto suma.

El dilema del crecimiento sin confianza

Aquí viene lo paradójico: México necesita crecer económicamente para crear empleos, reducir pobreza y financiar servicios públicos. Pero para crecer necesita inversión. Y la inversión no llega sin confianza. No es un bucle vicioso por mala suerte, sino por diseño deficiente.

Otros países han mostrado que es posible salir de esta trampa. Chile, durante décadas, construyó una reputación de instituciones predecibles. Uruguay hizo algo similar. No son paraísos —ambos enfrentan sus propios desafíos sociales y políticos— pero lograron algo fundamental: separar la política de corto plazo de las reglas económicas de largo plazo. Los gobiernos cambian, pero las instituciones permanecen.

Eso no significa congelamiento. Significa que los cambios se hacen con consensos amplios, con participación de distintos sectores, con transiciones claras y no mediante decretos sorpresivos que dejan a los inversionistas preguntándose qué será lo próximo.

El reto de la credibilidad reconstruida

Lo más difícil no es crear instituciones fuertes. Es reconstruir la confianza una vez que se ha erosionado. México ha tenido períodos de relativa estabilidad institucional que permitieron crecimientos respetables. Pero también ha tenido períodos donde la volatilidad política y regulatoria asustó a los capitales.

La pregunta no es si México puede crecer. Claramente puede. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio de construir instituciones que trasciendan gobiernos. Eso requiere humildad política, diálogo genuino y la aceptación de que a veces lo correcto no es lo que quiere el poder en turno, sino lo que requiere la economía para prosperar.

Sin eso, México seguirá atrapado en un crecimiento mediocre, culpando al contexto internacional cuando la verdad es más incómoda: no nos falta potencial. Nos falta el compromiso de construir las reglas que permitan aprovecharlo.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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