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La pantalla como territorio: el cine de mujeres reclama su espacio

México impulsa un ciclo especial para visibilizar las múltiples voces de directoras. Una oportunidad para redescubrir cómo la mirada femenina transforma la narrativa audiovisual.
La pantalla como territorio: el cine de mujeres reclama su espacio

La pantalla como territorio: el cine de mujeres reclama su espacio

Existe un momento en la historia del cine cuando la cámara deja de ser un instrumento neutral y se convierte en un acto político. Cuando quien la sostiene, quien decide qué se ve y qué permanece en sombras, es una mujer, la película adquiere una dimensión que va más allá de la técnica o la trama. Es una afirmación de presencia, una forma de decir: aquí estamos, así vemos el mundo, esto nos importa.

En este contexto, las instituciones mexicanas encargadas de preservar y difundir la cinematografía nacional han decidido dedicar una programación especial para explorar precisamente eso: las múltiples maneras en que las directoras han moldeado la pantalla grande en México. Seis perspectivas distintas, seis formas de narrar, seis universos visuales que merecen ser vistos más allá de un calendario conmemorativo, aunque sea la cercanía del Día Internacional de la Mujer la que catalizó esta iniciativa.

Una deuda histórica con otras miradas

No es secreto que la industria cinematográfica ha sido, durante décadas, un espacio predominantemente masculino. Las cifras son elocuentes: mientras hombres han dirigido la abrumadora mayoría de largometrajes, las mujeres han debido luchar por cada centímetro de visibilidad, cada presupuesto, cada oportunidad de contar sus historias. Latinoamérica no es la excepción; es casi la regla.

Sin embargo, cuando finalmente llegan a la dirección, lo que emerge en pantalla es una riqueza narrativa que enriquece el patrimonio cultural. Hay algo en la experiencia de ser mujer en sociedades como la nuestra que genera historias con una textura particular: la capacidad de nombrar lo invisible, de encontrar poesía en lo cotidiano, de cuestionar estructuras que otros consideran naturales.

Seis lentes, seis universos

El ciclo propuesto no pretende ser una antología monolítica. Al contrario, su valor radica precisamente en la diversidad. Cada directora ha construido su propio lenguaje visual, sus propias obsesiones temáticas. Algunas quizás se acercan al drama íntimo, otras al cine de género, algunas exploran la vanguardia formal, mientras que otras se anclan en el realismo social. Lo importante es que cada una de estas voces representa una posibilidad diferente de lo que el cine puede ser.

Esta multiplicidad es crucial. Porque cuando hablamos de «cine hecho por mujeres» no podemos caer en la trampa de homogeneizarlo, como si existiera una única perspectiva femenina. Las mujeres no son un monolito. Somos tan diversas como los hombres, tan contradictorias, tan ricas en matices. Una directora indígena ve el mundo de manera distinta a una mujer urbana; una cineasta de treinta años tiene otras preocupaciones que una de sesenta. El ciclo que se presenta reconoce justamente esa pluralidad.

Espacios de diálogo que trascienden la pantalla

Lo verdaderamente relevante de esta iniciativa es que no se limita a la proyección pasiva. La propuesta incluye espacios para el diálogo, para la reflexión colectiva. Porque ver cine no es solo un acto individual; es un acto social, especialmente cuando esas películas hablan de experiencias que han sido históricamente silenciadas o marginalizadas.

Estos espacios de conversación son donde ocurre la verdadera transformación. Cuando una mujer sale de la sala de cine y puede conversar con otras sobre lo que vio, lo que sintió, lo que reconoció de sí misma en la pantalla, algo cambia. La cultura no es solo un producto, es un proceso, una construcción colectiva en la que todos participamos.

Un paso necesario en una conversación más amplia

Conviene recordar que iniciativas como esta no nacen del vacío. Son resultado de años de lucha, de insistencia, de mujeres cineastas que continuaron haciendo su trabajo a pesar de las limitaciones estructurales. Son también resultado de cambios sociales más amplios, de una sociedad que lentamente reconoce la urgencia de redistribuir poder y visibilidad.

Pero también es importante ser honesto: una programación especial, por valiosa que sea, no resuelve los problemas estructurales. Lo ideal sería un cine donde la género de quien dirige la película fuera irrelevante porque la igualdad fuera la norma, no la excepción. Mientras tanto, estas iniciativas son necesarias. Son recordatorios públicos de que existen otras miradas, otras historias, otros modos de ver y entender el mundo.

El cine, en su mejor expresión, es un espacio para la empatía y la imaginación. Cuando ampliamos quién puede contar historias desde la pantalla, ampliamos también nuestra capacidad colectiva de entender la complejidad del ser humano. Eso es lo que está en juego en ciclos como este: no solo visibilidad para las mujeres cineastas, sino un enriquecimiento del patrimonio cultural para todos.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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